—Mira aquí —dijo, rodeando con un círculo el puño de la camisa del hombre en la pantalla—. Cuando Dani Soto entró, su manga tenía un desgaste muy sutil al que estaba acostumbrado, una marca de su última misión. Le daba pereza cambiarla. Pero el hombre que salió tiene los puños impecables y nuevos.
La imagen se amplió y cambió al instante en que el hombre bajaba la cabeza para subir al auto.
—Y mira detrás de la oreja —la voz de Fabio se volvió helada—. Dani tiene un pequeño lunar castaño claro cerca de la línea del cabello. Este infeliz no lo tiene.
La evidencia era irrefutable.
¡El hombre que había salido de la oficina presidencial no era Dani Soto!
—Héctor... Lozano.
Melisa Serrano pronunció el nombre sílaba por sílaba. Su habitual fachada de frialdad se hizo añicos, revelando un infierno de furia y unas ganas de matar capaces de reducir el mundo a cenizas.
—Bien, perfecto —susurró, con un tono que helaba la sangre—. Ya que tanto te importa esa silla, te aseguro que nunca más saldrás de ese palacio.
Bajo sus dos identidades, como Médico Milagro y como el Señor X, emitió una orden de cacería global y una recompensa masiva en la Dark Web.
Melisa ofreció el armamento más avanzado de su isla como pago para quien encontrara el paradero de su esposo.
Además, por la cabeza del presidente Héctor Lozano, puso sobre la mesa mil millones de dólares y el mítico Medallón de Indulto del Médico Milagro. Quien poseyera ese medallón tendría su vida garantizada; sin importar la enfermedad o la herida, el Médico Milagro acudiría en persona a salvarlo.
En cuanto la noticia explotó en la Dark Web, el bajo mundo tembló. Todos sabían lo arrogante y escurridiza que era la doctora; jamás había hecho algo tan mediático ni se había metido en política. Era un evento sin precedentes.
Y como si fuera poco, la reputación del Señor X ya era legendaria. Tras absorber las fábricas de armas del Grupo Aris y reclutar al imperio caído de Tanu, se había convertido en la traficante de armas más grande del planeta. Tenía el monopolio absoluto. Su recompensa atrajo a todos los mercenarios y sicarios de la red.
Por otro lado, los Núñez también movieron sus fichas.
Incluso el vocalista de la famosa banda Apex y la mismísima Susana Villafañe expresaron su apoyo público. Diseñadores de moda, exfuncionarios jubilados a los que Melisa había salvado la vida y magnates de la gastronomía salieron a defender a los Soto.
Eran personas intocables, con un poder de influencia masivo. Por más que el equipo de Héctor borraba publicaciones, no daban abasto.
Las quejas, los insultos y las amenazas llovían sobre el Palacio San Martín.
Hubo incluso quienes se atrevieron a lanzar huevos podridos a las puertas del palacio. Aunque la seguridad los arrestaba, gritaban a todo pulmón:
—¡Eres un traidor malagradecido! ¡Renuncia de una maldita vez!
Héctor sabía que la decisión tendría un costo político y había preparado un plan de contingencia. Pensaba que la gente se dejaba llevar por el viento, que su furia sería temporal. Estaba dispuesto a aguantar las críticas si con eso aseguraba su poder absoluto.
Pero nunca imaginó que sus planes de contingencia no servirían para nada.

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