Los técnicos de ciberseguridad trabajaban turnos dobles intentando borrar los ataques y el acoso masivo en línea, pero era inútil. Incluso cuando lograban tumbar una página, decenas de hackers se unían para restaurarla.
El ambiente en el departamento de seguridad era de pura desesperación. Algunos empleados simplemente dejaron de ir. ¿No les autorizaban las vacaciones? ¡Renunciaban! Si seguían a ese ritmo, terminarían muertos de un infarto.
Con cada línea de defensa colapsando, la aparente calma de Héctor Lozano se hizo pedazos en la mañana del décimo día.
Estaba de pie detrás del cristal blindado de su oficina presidencial, mirando hacia la plaza que había sido acordonada bajo estrictas medidas de seguridad.
Frente a sus propios ojos, un hombre vestido con uniforme de mantenimiento que intentaba acercarse al conducto de ventilación del ala lateral, fue impactado por una bala de francotirador disparada desde al menos ochocientos metros de distancia. Le voló la cabeza con una precisión quirúrgica.
La sangre manchó la pálida luz de la mañana como una grotesca flor reventando en el concreto. El cuerpo ni siquiera había tocado el suelo cuando un equipo táctico disfrazado de jardineros lo arrastró fuera de la vista. Segundos después, las mangueras de alta presión limpiaron el lugar, dejándolo como si nada hubiera pasado.
Era el octavo atentado en lo que iba de la semana.
Y las muertes eran variadas: envenenamiento, accidentes de tránsito, objetos cayendo desde las alturas y francotiradores.
El objetivo era clarísimo: exterminar a cualquier miembro del personal de Héctor que intentara entrar o salir del recinto para misiones no oficiales.
Incluso cuando el propio presidente intentó salir usando a su doble en el auto blindado presidencial, el vehículo voló en mil pedazos por una bomba antes de avanzar quinientos metros.
El mensaje era contundente: cualquiera que trabajara para él y cruzara las puertas del palacio, estaba condenado a morir.
Esto provocó que, a pesar de su inmenso poder, nadie estuviera dispuesto a arriesgar el pellejo por él.
El Palacio San Martín, el máximo símbolo del poder de la nación, se había convertido en la jaula de oro más vigilada del mundo.
Y la carcelera no era otra que la esposa del hombre al que él mismo había mandado a "enterrar".
—Está demente... ¡Completamente demente! —tartamudeó Roberto, el asesor de seguridad nacional. Llevaba la cabeza vendada tras sobrevivir a una bomba que volcó su camioneta el día anterior. Su voz temblaba, llena de un pánico incontrolable—. La organización del Señor X cortó al menos tres de nuestras redes de inteligencia en el extranjero. ¡La recompensa del Médico Milagro tiene a todos los mercenarios y sicarios del mundo babeando por su cabeza! Y a nivel nacional, los Núñez y todas esas celebridades no solo están presionando... ¡están destruyendo su mandato, señor!
Héctor, de espaldas a él, no dijo una palabra.
Su rostro estaba pálido, casi gris. En la pantalla frente a él, las encuestas de popularidad caían en picada, mostrando una línea roja alarmante.
Su aprobación había llegado al nivel más bajo de toda su carrera política y seguía hundiéndose.
En el pasado, podía manipular a las masas con discursos, promesas políticas y sobornos.

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