El hombre tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, con el cuello de la camisa todavía húmedo por el agua fría. El agudo dolor de cabeza se había disipado considerablemente gracias al caramelo que se derretía en su boca.
Estela se acercó, apoyó una rodilla en el sofá y se inclinó sobre su pecho. Viéndolo tan vulnerable y atractivo, no pudo evitar acariciarle el cuello.
—¿Me vas a ignorar?
—Una antigua socia de negocios —Dani le apartó la mano con frialdad, su voz aún ronca—. No la conozco bien. Le dije que se largara.
Un brillo de satisfacción cruzó los ojos de Estela. Se inclinó, intentando besar esos labios delgados, pero el hombre giró el rostro, esquivándola.
—Estoy cansado.
La sonrisa de Estela se congeló.
De inmediato, él la apartó con suavidad y se puso de pie, masajeándose las sienes.
—Me duele mucho la cabeza.
Estela pensó que tal vez su cerebro aún no asimilaba la cirugía del chip y por eso la rechazaba. Podía esperar. Suavizó su tono.
—Ven, te acompaño a la habitación para que descanses.
—No es necesario. Tienes muchos invitados esperándote —respondió Dani—. Ve a atenderlos por mí.
...
En los días siguientes, Melisa decidió quedarse en La Federación. Su hermano Orfeo había sido invitado a dar un concierto privado, organizado por una de las duquesas de la región.
Orfeo le entregó una de las invitaciones doradas.
—El evento será en el Museo Mundial del Piano. Deberías ir a distraerte un rato. Me dijeron que subastarán piezas increíbles. Si ves algo que te guste, usa mi tarjeta sin dudarlo.
Se rumoreaba que esa galería albergaba las reliquias más antiguas del mundo musical y obras maestras hechas a mano por leyendas de la acústica.
Eso le hizo recordar el piano que ella misma había construido y afinado pieza por pieza años atrás. Se había aburrido de él rápido y dejó que lo vendieran. Pensaba que ahora estaría acumulando polvo en la bodega de algún millonario.
Apenas llegó a la entrada del museo, una silueta que le resultó extrañamente familiar se plantó frente a ella.
—¡Señorita Melisa! —la saludó la mujer con profunda reverencia.
Melisa tardó un segundo en ubicarla.
—¿Emilia?
La chica levantó el rostro, con los ojos brillando de emoción.
—¡No puedo creer que se acuerde de mí!

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