Ella llevaba un sencillo vestido negro tejido, el cabello largo y suelto. Sostenía una copa en la mano y sonreía levemente mientras escuchaba a Dani hablar.
Sin saber de qué conversaban, Dani se puso de pie, se quitó su saco y se lo colocó sobre los hombros a la mujer con absoluta ternura. Luego, le tomó la mano, se inclinó y tomó con los labios un caramelo que ella apenas estaba desenvolviendo.
Esa mirada llena de intimidad, devoción y amor, era algo que Dani jamás le había mostrado a Estela.
Las pupilas de Hansel se dilataron al instante.
Se puso de pie de un salto. El alcohol se apoderó de él y el último hilo de su cordura se rompió por completo.
—¡Señor! —exclamó Dulce, intentando detenerlo, pero él la apartó bruscamente.
Hansel caminó a zancadas hacia el reservado y en cuestión de segundos estaba frente a ellos.
—¡Dani Soto!
Apoyó ambas manos sobre la mesa, respirando agitadamente. Clavó la mirada en Dani y luego en la mujer que lo acompañaba.
—¡¿Qué diablos haces aquí?!
Dani levantó la vista. Lo miró con la misma frialdad con la que miraría a un insecto irrelevante.
—Director Salgado —dijo Dani, con el caramelo en la boca y la mano descansando protectoramente sobre la pierna de Melisa—. ¿Se le ofrece algo?
—¿Que si se me ofrece algo? —Hansel estalló en carcajadas histéricas, temblando de rabia—. Me robas a mis clientes, mi puesto, a mi mujer, ¡¿y ahora resulta que tienes el cinismo de estar aquí en una cita amorosa con tu ex?! ¿Qué crees que pasará cuando se lo cuente a Estela?
Dani no movió un solo músculo. Levantó su copa, le dio un sorbo y la dejó sobre la mesa.
—Director Salgado —respondió, con un tono pausado y letal—, ¿a quién crees que le creerá Estela? ¿A ti, o a mí?
—¡Tú...! —Hansel golpeó la mesa con furia, haciendo tintinear las copas.
—Ve redactando tu carta de renuncia y lárgate —dijo Dani, levantando la mano para llamar al mesero—. No quiero volver a ver a este sujeto en este lugar. Supongo que saben qué hacer, ¿no?
El mesero miró a Hansel con nerviosismo; después de todo, él era un cliente VIP que gastaba miles de dólares cada vez que iba. Pero el hombre que estaba sentado frente a él era intocable.
En menos de un segundo, el empleado tomó su decisión. Hizo una reverencia ante Dani y llamó a los guardias de seguridad.
—Echen al señor Salgado a la calle. Y pongan un letrero en la entrada que diga: "Prohibida la entrada a Hansel Salgado y a los perros".
Los guardias arrastraron a un Hansel que gritaba y pataleaba, mientras el mesero le preguntaba servilmente a Dani si estaba satisfecho con el servicio. Como respuesta, Dani dejó un grueso fajo de billetes sobre la mesa.
—Excelente. Quédate con el cambio.
—¡Gracias, patrón! ¡Usted manda!
Al mesero le brillaron los ojos. Incluso llamó a las bailarinas del escenario para que rodearan el reservado. Todos adulaban a Dani como si fuera el emperador del mundo.

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