Teresa protegió a la niña con su cuerpo, sin que el recelo desapareciera de sus ojos en lo más mínimo.
—Ella es solo mía.
Nicanor sintió una punzada de dolor en el pecho.
—Sí —murmuró. Por ahora, lo era.
Poco después del despegue, Teresa se quedó profundamente dormida.
Estaba exhausta. La noche anterior no había pegado un ojo empacando, reservando los boletos y maquinando formas de mantenerse alejada de él. Ahora, recostada en su asiento con la cabeza ligeramente ladeada hacia la ventana, su respiración era rítmica y tranquila.
Nicanor la observaba de perfil, incapaz de apartar la mirada. Al notar que un mechón de cabello rebelde le caía sobre el rostro, levantó la mano para acomodarlo. Justo cuando la punta de sus dedos estaba a milímetros de rozar su piel, una voz retumbó desde el pasillo.
—¡Señor Núñez! ¡Qué coincidencia! ¡No esperaba encontrármelo aquí!
La mano de Nicanor se detuvo en el aire. Giró el rostro con lentitud.
Un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje de sastre y luciendo una sonrisa aduladora, estaba de pie junto al asiento. A su lado, lo acompañaba una chica de unos veinte años, con un maquillaje impecable. Ella mantenía la cabeza un poco gacha, lanzándole miradas furtivas por debajo de las pestañas.
—Soy Paredes, de Alimentos ProVida. Mi empresa ha tenido el honor de colaborar con la del señor Mateo Núñez —el hombre dio un paso al frente, alzando la voz—. Tuvimos el gusto de coincidir en el foro económico la última vez. Desde entonces he buscado la oportunidad de charlar con usted...
Nicanor frunció el ceño y se llevó el dedo índice a los labios en un gesto tajante.
—Silencio.
El señor Paredes parpadeó, desconcertado, pero bajó la voz de inmediato.
—Oh, mis disculpas, mis disculpas. No sabía que estaba descansando...
Nicanor se recostó de nuevo en su asiento. Su tono fue glacial.
—¿Se le ofrece algo?
Paredes, un poco incómodo por la gélida recepción, se apresuró a recuperar su sonrisa.
—Nada urgente, solo que, ya que coincidimos, quería venir a saludarlo. Ah, por cierto, ella es mi hija, Vania Paredes. Acaba de regresar de estudiar en el extranjero.
Se hizo a un lado para cederle el frente a su hija, sin poder ocultar el orgullo en su voz.
—Esta niña lo ha admirado desde pequeña. Siempre dice que usted es el líder más audaz de toda Monteverde. Conocerlo hoy es un sueño cumplido para ella.
Impulsada por un leve empujón de su padre, Vania dio medio paso adelante. Un delicado rubor tiñó sus mejillas.
—Es un placer, señor Núñez.
Su voz era suave y melódica, con un toque de timidez perfectamente calculada. Era innegable que era hermosa: de rostro ovalado, ojos grandes, tez luminosa y radiante. De pie en el pasillo, parecía una flor a punto de abrirse.
Había escuchado el nombre de Nicanor Núñez innumerables veces. El amo absoluto del mercado de armas mundial, un hombre en la plenitud de sus treinta, con una fortuna incalculable, y sobre todo, soltero.
Cuando sus amigas de la alta sociedad mencionaban su nombre, lo hacían con una mezcla de deseo y resignación, catalogándolo como alguien inalcanzable.
Ahora, ese hombre de carne y hueso estaba sentado frente a ella. Era mucho más atractivo que en las portadas de las revistas, emanando ese magnetismo oscuro y peligroso que solo poseen los hombres poderosos. El corazón le latía a mil por hora.

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