"Un poco", respondió Dani Soto en tono relajado, con una mirada increíblemente tierna al recordar a su esposa. "Pero yo no fui tan lejos como tú, ni me atreví a secuestrar a tu hermana, porque si lo intentaba, ella me habría matado primero."
Levantó la mirada hacia Nicanor, con una expresión indescifrable.
"Tú y yo no somos iguales. Yo me di cuenta a tiempo, así que tuve la oportunidad de remediarlo, pero tú..."
No terminó la frase, pero el mensaje quedó claro.
Nicanor Núñez se reclinó en la cama y cerró los ojos por un instante.
Tras un largo silencio, abrió los ojos, miró la aguja en su mano, levantó la otra y, sin dudarlo, se la arrancó de un tirón.
Una gota de sangre brotó de inmediato. Sin inmutarse, tomó un pañuelo, se presionó la herida, apartó las cobijas y comenzó a buscar sus zapatos.
Dani Soto lo observaba sin sorpresa y sin intentar detenerlo, solo arqueó una ceja.
"¿Ya te vas?"
Nicanor se agachó para ponerse los zapatos. Al ponerse de pie se tambaleó un poco y tuvo que apoyarse en el borde de la cama para no caer.
Su rostro estaba aún más pálido que antes, sus labios sin una gota de sangre, pero aún así forzó una sonrisa arrogante. "¿Qué podría ser peor de lo que ya estoy viviendo?"
Dani Soto sonrió de lado.
Cuando Orfeo Núñez regresó y vio la cama vacía, se llevó una mano a la frente, frustrado: "¿Qué pésima idea le diste ahora?"
Dani Soto se encogió de hombros: "No fue una mala idea, solo estoy siguiendo las órdenes de mi esposa para ayudar a su hermano."
Al escuchar que todo era idea de su hermana, Orfeo se tragó sus reclamos y solo dejó escapar un leve suspiro.
Las puertas del ascensor se abrieron. Teresa Manrique salió del estacionamiento subterráneo; en una mano llevaba las bolsas del supermercado y con la otra sostenía la manita de su hija, Lucía.
Lucía, de cinco añitos, llevaba dos coletas y una mochila rosa, tarareando una canción infantil que acababa de aprender en el kínder. Miró a su mamá con los ojitos brillantes: "Mami, ¿qué vamos a cenar hoy? ¡La abuela dijo que me iba a preparar costillitas agridulces!"
"Mhm", respondió Teresa Manrique, sonriendo al verla. "La abuela también dijo que te iba a preparar huevo revuelto con tomate, que te encanta, pero hoy tuvo mucho trabajo y no podrá llegar, así que te lo voy a cocinar yo."
"¡Yey! ¡Me encanta cómo cocinas, mami!" Lucía balanceó la mano de su madre, dando pequeños brincos de alegría.
Madre e hija daban la vuelta al pasillo riendo, cuando Teresa Manrique se detuvo en seco y su sonrisa se transformó de inmediato en una máscara de frialdad.
Frente a la puerta de su departamento, había alguien.
Estaba recargado contra la pared junto al marco, apoyando el hombro y con una mano extendida sobre el muro, como si estuviera usando todas sus fuerzas para no desplomarse.
Al acercarse, vio que era Nicanor Núñez.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA