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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 905

Tras colgar el teléfono, Nicanor le dio una orden a su subordinado.

—Averigua la ubicación exacta de Teresa en este momento.

En menos de tres minutos, recibió la respuesta.

—La señorita Manrique acaba de comprar entradas familiares para el parque de diversiones Mundo Aventura. Todo indica que llevará a la niña allí.

«Debe querer compensarla y hacerla feliz porque hoy la hicieron sentir mal...», pensó.

—Encárgate de organizar todo —la voz de Nicanor bajó de tono—. Los muñecos del parque, los juegos interactivos, los puestos de premios... asegúrense de que mi hija gane todo y tenga todas las sorpresas que la hagan feliz, pero que parezca natural. Que no se dé cuenta de que fue planeado.

—Entendido. ¿El señor Núñez planea ir personalmente?

Nicanor guardó silencio por dos segundos.

—Voy para allá.

El auto se detuvo en el estacionamiento subterráneo de Mundo Aventura.

Abrió la puerta y entró al elevador.

Cuando las puertas se abrieron, un empleado vestido con un disfraz de botarga ya lo estaba esperando.

Era un conejo rosa, media cabeza más alto que él. Detrás del conejo había otros siete u ocho empleados con disfraces similares, una marea de colores brillantes que parecía sacada de una película infantil.

—Señor Núñez —el conejo rosa hizo una reverencia, y su voz, amortiguada por la cabeza del traje, sonó con eco—. Todo está listo. La pequeña Lucía está en la zona del carrusel, nuestro equipo ya la está siguiendo. Los personajes irán en grupos a interactuar con ella, y en los juegos de feria ya arreglamos todo para que gane los premios que más le gustan a las niñas.

Nicanor asintió y examinó el llamativo traje del empleado: —¿Estos personajes son la razón por la que el valor del parque se disparó?

El conejo rosa asintió: —A los niños y a los adultos les encantan. Interactuar de cerca con ellos es como cumplir un sueño de la infancia.

Nicanor se quedó pensando: —¿Interactuar de cerca?

Si él se pusiera uno de esos trajes, ¿podría acercarse a su mujer y a su hija sin tener que esconderse?

—Entonces usted... —el empleado titubeó al notar que estaba analizando la situación y sugirió con cautela—: ¿Le gustaría ponerse uno y probar?

Nicanor lo miró sin decir una palabra.

El conejo se apresuró a corregirse: —Claro, si no le resulta incómodo...

—Tráeme uno.

El empleado parpadeó sorprendido, pero de inmediato se dio la vuelta y sacó de una bolsa un traje cuidadosamente doblado. Era el gran oso de felpa marrón, con una cara redonda, una sonrisa tierna y un enorme moño cosido en el vientre.

Nicanor miró al oso y la comisura de sus labios se movió ligeramente.

—Ese está bien.

Tomó el traje y entró a los vestidores del personal.

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