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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 912

Tras un momento de silencio, Lucía Manrique hizo una sola pregunta.

—Señor, si no los perdono, ¿mi mami y yo estaremos en peligro?

Ricardo y su esposa se quedaron helados. ¡¿Qué acababa de decir esa mocosa?!

Teresa también miró a su hija con evidente sorpresa.

Nicanor se puso a su altura y le aseguró con total firmeza: —Lulú, nadie en este mundo puede hacerles daño a ti y a tu mamá. Y si alguien lo intenta, me encargaré de desaparecerlos antes de que siquiera se les ocurra tocarte. ¿Confías en mí?

En el fondo, no estaba seguro de si la niña le creería; después de todo, en su vida él no era más que un desconocido que había aparecido de la nada hacía unos días.

Lucía Manrique lo evaluó y tomó una decisión.

—Confío en ti, así que no los perdono —respondió la niña con voz tierna pero con una claridad pasmosa—. La última vez que Leonel me ofendió, vino a disculparse. Mi mami y yo lo perdonamos, así que no les daré otra oportunidad.

Nicanor levantó a Lucía, sentándola en su brazo, con el rostro lleno de orgullo absoluto y adoración. —¡Esa es mi...!

Teresa le dio un pisotón de inmediato.

La expresión de Nicanor cambió, cortó la frase y corrigió rápidamente: —Muy bien, Lulú. Solo así evitarás que te pasen por encima. Tu decisión es completamente correcta.

Nicanor le hizo una señal al director Santillán.

El director comprendió al instante, llamó a tres guardias de seguridad para que levantaran a la familia de Ricardo, y les dijo mientras caminaban: —Señor Benítez, Silvia Paredes, acompáñenme a la oficina para procesar la expulsión de Leonel. A partir de mañana ya no es necesario que lo traigan. Que Dios los ampare.

Silvia fue arrastrada mientras lloraba a gritos, lamentando amargamente haberse dejado cegar por el glamour de Santa María, una ciudad llena de gente poderosa. Por sentirse superior y menospreciar a los demás, había destruido el esfuerzo de toda su vida, terminando en la ruina.

La suerte estaba echada. En la vida real no hay botón de reinicio, y arrepentirse ya no servía de nada.

Al ver que el director Santillán se encargaba de la basura, Nicanor bajó a la niña y le dio unas palmaditas en la cabeza. —Listo, ve con tu equipo a prepararte para la inauguración de los juegos.

Lucía sonrió dulcemente. —Nos vemos en un ratito, mami. Nos vemos, señor.

Gracias a la intimidante presencia de Nicanor, todos los padres del kínder comenzaron a ver a Teresa con respeto y hasta con cierto temor.

Teresa sabía perfectamente que nadie volvería a molestar a su hija. Incluso, gracias a él, Lulú probablemente empezaría a tener muchísimos amigos.

Tenía el corazón hecho un nudo, sin saber si aquello era realmente algo bueno.

Terminó la ceremonia y comenzaron oficialmente los juegos familiares.

—¡Atención a la carrera de tres piernas, padres e hijos a la línea de salida!

Teresa recibió una llamada urgente del trabajo. Al haber pedido permiso para salir, siempre había asuntos que no podían esperar. Estaba a punto de colgar para acompañar a su hija.

Pero Nicanor tomó la manita de Lucía. —Atiende tu trabajo, yo voy con ella.

Teresa, desde las gradas, veía a ese par, uno alto y una pequeñita, corriendo por la cancha. Las sólidas barreras de hielo en su corazón comenzaron a resquebrajarse en silencio.

Cerró los ojos y suspiró profundo. Sabía que esto bien podía ser otra de las estrategias de Nicanor para ganarse a la niña.

No debía flaquear. No se atrevía a recordar el pasado, ni quería volver a vivirlo.

En el receso, Teresa los dejó sentados descansando mientras iba a comprarles un helado a la cooperativa de la escuela.

Lulú estaba sentada en la banca, balanceando sus piernecitas en el aire. Nicanor estaba junto a ella, con el brazo recargado relajadamente en el respaldo, en una postura muy natural.

El sol brillaba sobre ellos, proyectando sus sombras en el pasto, una junto a la otra.

Lucía jugaba con el muñequito que habían ganado, pero de pronto su mirada se llenó de dudas.

Nicanor miraba a los otros niños correr por el campo, sin notar la inquietud de la niña.

—Señor —habló finalmente Lulú, en voz muy bajita, como si temiera que alguien más escuchara.

—¿Mmm? —Nicanor la miró de reojo.

Lucía no levantó la vista. Jugaba con la tapa de su cantimplora, pasando los dedos una y otra vez, hasta que de pronto se detuvo.

—Tú eres mi papá... ¿verdad?

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