Tras un momento de silencio, Lucía Manrique hizo una sola pregunta.
—Señor, si no los perdono, ¿mi mami y yo estaremos en peligro?
Ricardo y su esposa se quedaron helados. ¡¿Qué acababa de decir esa mocosa?!
Teresa también miró a su hija con evidente sorpresa.
Nicanor se puso a su altura y le aseguró con total firmeza: —Lulú, nadie en este mundo puede hacerles daño a ti y a tu mamá. Y si alguien lo intenta, me encargaré de desaparecerlos antes de que siquiera se les ocurra tocarte. ¿Confías en mí?
En el fondo, no estaba seguro de si la niña le creería; después de todo, en su vida él no era más que un desconocido que había aparecido de la nada hacía unos días.
Lucía Manrique lo evaluó y tomó una decisión.
—Confío en ti, así que no los perdono —respondió la niña con voz tierna pero con una claridad pasmosa—. La última vez que Leonel me ofendió, vino a disculparse. Mi mami y yo lo perdonamos, así que no les daré otra oportunidad.
Nicanor levantó a Lucía, sentándola en su brazo, con el rostro lleno de orgullo absoluto y adoración. —¡Esa es mi...!
Teresa le dio un pisotón de inmediato.
La expresión de Nicanor cambió, cortó la frase y corrigió rápidamente: —Muy bien, Lulú. Solo así evitarás que te pasen por encima. Tu decisión es completamente correcta.
Nicanor le hizo una señal al director Santillán.
El director comprendió al instante, llamó a tres guardias de seguridad para que levantaran a la familia de Ricardo, y les dijo mientras caminaban: —Señor Benítez, Silvia Paredes, acompáñenme a la oficina para procesar la expulsión de Leonel. A partir de mañana ya no es necesario que lo traigan. Que Dios los ampare.
Silvia fue arrastrada mientras lloraba a gritos, lamentando amargamente haberse dejado cegar por el glamour de Santa María, una ciudad llena de gente poderosa. Por sentirse superior y menospreciar a los demás, había destruido el esfuerzo de toda su vida, terminando en la ruina.
La suerte estaba echada. En la vida real no hay botón de reinicio, y arrepentirse ya no servía de nada.
Al ver que el director Santillán se encargaba de la basura, Nicanor bajó a la niña y le dio unas palmaditas en la cabeza. —Listo, ve con tu equipo a prepararte para la inauguración de los juegos.
Lucía sonrió dulcemente. —Nos vemos en un ratito, mami. Nos vemos, señor.
Gracias a la intimidante presencia de Nicanor, todos los padres del kínder comenzaron a ver a Teresa con respeto y hasta con cierto temor.
Teresa sabía perfectamente que nadie volvería a molestar a su hija. Incluso, gracias a él, Lulú probablemente empezaría a tener muchísimos amigos.
Tenía el corazón hecho un nudo, sin saber si aquello era realmente algo bueno.
Terminó la ceremonia y comenzaron oficialmente los juegos familiares.
—¡Atención a la carrera de tres piernas, padres e hijos a la línea de salida!
Teresa recibió una llamada urgente del trabajo. Al haber pedido permiso para salir, siempre había asuntos que no podían esperar. Estaba a punto de colgar para acompañar a su hija.
Pero Nicanor tomó la manita de Lucía. —Atiende tu trabajo, yo voy con ella.

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