A través de un megáfono, uno de los rescatistas desde el helicóptero anunció con voz potente: —¡El equipo terrestre va en camino! ¿Los pasajeros están conscientes? ¡No hagan ningún movimiento brusco! Repito...
Al ver que el helicóptero no dejaba de dar vueltas sin que nadie bajara una cuerda de rescate, Mariano empezó a desesperarse. —¿Por qué no nos tiran una cuerda desde el helicóptero y ya? ¿Qué están esperando? ¿Quieren que nos caigamos?
Teresa, que aún mantenía la calma, le respondió con frialdad: —Si bajan, ¿a quién van a rescatar primero? ¿A ti o a mí?
—Iremos uno por uno, por supuesto —replicó Mariano.
En ese momento, se había olvidado por completo de la caballerosidad. Sin embargo, al cruzarse con la mirada gélida de Teresa, cerró la boca de inmediato.
—Ya lo comprobaste hace un momento: si uno de nosotros se mueve, el auto se va para abajo —dijo Teresa con el rostro inexpresivo—. Lo más seguro es que tengan que encontrar la manera de asegurar el vehículo para que no caiga. Solo entonces podrán sacarnos uno a uno.
Aunque Ximena estaba aterrada, miraba a Mariano con evidente desprecio. Si no hubieran estado en una situación de vida o muerte, jamás se habría dado cuenta de lo verdaderamente egoísta que era ese hombre.
Las luces rojas y azules de las sirenas cortaron la cortina de lluvia y alumbraron desde la parte alta de la montaña.
El camión de rescate se detuvo al borde de la carretera. Figuras con chalecos reflectantes corrían frente a los faros del vehículo, pero sus voces llegaban distorsionadas y apagadas por el rugido de la lluvia.
Teresa no lograba entender qué decían, pero vio cómo una cuerda caía desde el borde del camino. Un rescatista intentó bajar deslizándose para asegurar el vehículo, pero tras descender unos cuantos metros, volvió a subir. La ladera estaba demasiado resbaladiza y empinada; al no encontrar un lugar seguro donde pisar, el equipo de rescate no se atrevía a bajar a ciegas.
El tiempo pasaba, segundo a segundo.
Teresa observaba las sombras moverse sin descanso bajo la tormenta. Los veía intentarlo una y otra vez, solo para terminar rindiéndose. Con cada intento fallido, la pequeña chispa de esperanza que se había encendido en su pecho se apagaba un poco más.
El pánico volvió a apoderarse de Mariano. No dejaba de mirar hacia arriba, rogando al cielo que bajaran de una vez, pero sin atreverse a hacer el menor movimiento.
El auto volvió a deslizarse, y esta vez el movimiento fue mucho más violento que los anteriores. El pino que los mantenía en equilibrio soltó un fuerte crujido, como si estuviera a punto de partirse bajo el inmenso peso.
El vehículo entero se balanceó sobre el abismo como un péndulo gigante. Ximena dejó escapar un grito desgarrador. El rostro de Mariano perdió todo su color; sus labios temblaban, mientras sus dedos se aferraban a la manija de la puerta para luego soltarla, en un ciclo interminable de pánico.


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