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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 924

Mientras tanto, la situación en la montaña era un verdadero infierno. Teresa iba sentada en el asiento del copiloto, agarrando el cinturón de seguridad con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—El tramo que sigue es un poco peligroso, voy a bajar la velocidad —dijo Mariano. Su voz sonaba relativamente calmada, pero su rostro delataba el pánico; solo estaba haciendo un esfuerzo inmenso por mantener el control.

Teresa asintió. El auto giró hacia un camino aún más estrecho, donde a duras penas cabía un vehículo. A la derecha tenían la pared de la montaña y, a la izquierda, un abismo sin fondo. El agua de la lluvia caía en cascadas por la roca, formando corrientes de lodo amarillento sobre el asfalto.

La primera vez que Nicanor la había llevado por allí, también habían pasado por ese tramo. Las curvas estaban mal diseñadas, no se podía ir rápido y el camino era extremadamente peligroso.

De pronto, el vehículo dio una sacudida brusca y Mariano pisó el freno por instinto.

—¡No frenes de golpe! —gritó Teresa al instante, pero ya era demasiado tarde. Las llantas se bloquearon sobre el barro resbaladizo, el auto perdió toda tracción y comenzó a deslizarse peligrosamente hacia el lado izquierdo.

Mariano giró el volante con desesperación, intentando enderezar el frente, pero la superficie mojada y la inercia de la bajada volvieron inútiles todos sus esfuerzos.

El auto se salió del camino, acompañado de los gritos aterrados de Ximena desde el asiento trasero.

Un segundo después, el vehículo empezó a dar vueltas por la escarpada pendiente. Rocas y lodo entraron a raudales por las ventanas destrozadas. El dolor del tirón del cinturón de seguridad subió desde el hombro hasta el pecho y luego se irradió por todo su cuerpo.

La cabeza de Teresa se estrelló violentamente contra la puerta y perdió el conocimiento.

Cuando despertó, el auto estaba inclinado, atrapado entre una roca sobresaliente y un par de pinos en medio del barranco. Debajo de ellos, se escuchaba el rugido del río enfurecido por la tormenta.

La voz de Mariano se oyó a su lado, cargada de un pánico que nunca antes había mostrado: —¡Teresa! ¡Teresa, ¿estás bien?! ¡Teresa, respóndeme!

Teresa soltó un quejido ahogado y respondió: —Estoy bien.

Inmediatamente se giró para revisar a Ximena. Afortunadamente, llevaba el cinturón puesto y no había salido volando, pero estaba hecha un ovillo en el asiento, a punto de echarse a llorar del miedo.

Con las manos temblorosas, Mariano intentó marcar al número de emergencias, pero solo se escuchaba la fría voz de la operadora: "El número que usted marcó se encuentra fuera del área de cobertura".

Teresa también sacó su celular. La pantalla estaba hecha pedazos, pero aún encendía; sin embargo, no tenía nada de señal.

Mariano quiso intentar salir para buscar ayuda, pero al moverse un poco, el vehículo se inclinó aún más hacia el vacío. Al darse cuenta del peligro, se quedó petrificado y, junto con eso, la desesperación se apoderó de él.

—Nadie va a pasar por aquí de noche. Nadie va a venir a buscarnos.

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