Nicanor tomó una bandeja de cortes de carne. Teresa se la quitó de las manos, comprobó la fecha de caducidad y la regresó al estante para tomar una diferente.
Nicanor era terrible para elegir la despensa. Para él, todo se veía exactamente igual.
Teresa, exasperada, le dio un golpecito en la mano. —Déjame hacerlo a mí, señorito.
Nicanor se quedó un poco confundido, pero en cuanto notó que estaba bromeando con él, se acercó para susurrarle al oído: —Puede que no sea un experto en esto, pero te aseguro que para otras cosas soy muy, muy bueno.
Teresa simplemente blanqueó los ojos.
Al regresar al apartamento, Teresa se puso un delantal y entró a la cocina. Nicanor la siguió.
Teresa lo empujó hacia afuera. —Quédate esperando en la sala.
Él no sabía cocinar. Estando dentro de la cocina parecía un árbol plantado en el lugar equivocado: muy lindo a la vista, pero estorbando en todas partes.
Sin embargo, Nicanor se negó a salir. —Te ayudo.
En su cabeza volvieron a surgir aquellas imágenes de ella cocinando para otros hombres, y un profundo sentimiento de competencia y celos lo invadió, impidiéndole abandonar el lugar.
Teresa lo miró de reojo y le entregó un manojo de cebollín. —Lávalos.
Nicanor los tomó con obediencia. Hacía absolutamente todo lo que ella le pedía.
Teresa lo observaba de reojo de vez en cuando. No podía ignorar el hecho de que, en comparación con el pasado, de verdad había cambiado bastante.
Prepararon unos cortes de carne con un par de guarniciones simples, se sentaron a la mesa e hicieron un brindis.
Nicanor siempre había creído que la comida que preparaba Teresa era la mejor del mundo. Comía con devoción, y al mismo tiempo aprovechaba para contarle con detalle qué había estado haciendo durante todos esos días que no se habían podido ver.
Prácticamente ya ni siquiera salía con sus amigos. Aparte de ir a sus reuniones de negocios y al gimnasio, se la pasaba en su casa. Incluso sacó su teléfono y le mostró el calendario con toda su agenda.
Teresa lo miró sorprendida: —¿Por qué me muestras esto?
—No quiero que volvamos a tener malos entendidos —le aclaró Nicanor—. Te lo muestro para que veas que en todos estos días que no estuvimos juntos, yo me porté muy bien.
Teresa se quedó sin palabras. Había demasiada sinceridad en aquellos profundos ojos oscuros. Bajó la mirada y contestó en voz baja: —Ya entendí.
Nicanor sonrió, de muy buen humor.
Cuando terminaron de comer, Nicanor insistió en arreglar todo él mismo. Después de todo, era su propia casa y Teresa decidió dejarlo en paz.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA