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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 944

El agua caliente se deslizaba por las puntas de su cabello, formando un pequeño arroyo en su clavícula que descendía siguiendo las curvas de su cuerpo.

La luz del baño hacía que su piel luciera radiante. La nuez de Nicanor Núñez subió y bajó, y su mirada se volvió más profunda.

—Ella está profundamente dormida —murmuró con voz ronca—. Te extrañé.

Su mano acarició la mejilla de la mujer. Teresa Manrique, abrumada por la intensidad en los ojos de él, intentó retroceder por instinto, pero su espalda chocó contra los fríos azulejos. No había escapatoria.

—Nicanor, no juegues. ¡Mi mamá está durmiendo en la habitación de al lado! —Giró el rostro, intentando empujarlo por los hombros, pero su fuerza era insignificante frente a la del hombre.

—Será aquí mismo —susurró Nicanor, acercándose a su cuello.

El miedo a ser descubiertos por su madre o por su hija amplificaba esa sensación de lo prohibido.

La temperatura comenzó a subir...

Teresa aferró sus manos a los anchos hombros de Nicanor...

Las venas en la frente de él se marcaban con fuerza...

El calor en el baño no dejaba de aumentar. El vapor empañó el espejo y difuminó la noche.

—Estás loco —susurró ella, casi como un regaño.

—Solo por ti —respondió Nicanor en voz baja.

Unos días después, Teresa seleccionó cuidadosamente algunos regalos y llevó a Lucía Manrique a la mansión de los Núñez.

Al llegar, el auto se detuvo frente a las puertas principales. El mayordomo ya las esperaba.

En cuanto las vio bajar, se acercó apresurado, con una gran sonrisa que arrugaba su rostro: —Señorita Manrique, al fin llega. El viejo Núñez y la señorita Serrano llevan días preguntando por usted.

Teresa asintió con elegancia y, tomando a Lucía de la mano, entró en la propiedad.

Ese día, la pequeña Lucía llevaba un vestido rosa y el cabello recogido en dos pequeños moños. Sus grandes ojos oscuros miraban todo con curiosidad.

—Mami, ¿a quién venimos a ver?

—Abuelo, chicos, Teresa ya llegó —anunció Melisa con una sonrisa.

Teresa le entregó los regalos al personal de servicio y se acercó a saludar.

El viejo Núñez soltó una carcajada sonora: —¡Qué bueno que viniste! Ven, siéntate, no te quedes ahí parada.

Orfeo añadió con su habitual tono tranquilo: —Si no te integras pronto a la familia, Nicanor va a terminar de monje.

Mateo asintió: —Bienvenida.

Teresa se sonrojó un poco, pero sabía que los Núñez eran personas cálidas. Haber tratado con ellos en el pasado la ayudó a relajarse rápidamente.

Llevó a Lucía frente al viejo Núñez. El patriarca bajó la mirada y sus ojos se iluminaron de inmediato: —¿Esta es la hija de Nicanor? ¡Qué grande está!

Lucía levantó el rostro y dijo con voz dulce: —Hola, bisabuelo.

Ese simple saludo derritió el corazón del anciano. De inmediato, la alzó para sentarla en su regazo, mirándola con pura adoración: —Qué niña tan preciosa, un verdadero tesoro.

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