—Esa tal Elena es la fan número uno del señor Núñez.Últimamente he visto que interactúan mucho, ¿creen que por fin van a dar el siguiente paso?
Los compañeros de trabajo murmuraban entre ellos.
Alguien lanzó una apuesta: —¿Qué creen? ¿El señor Núñez la llevará a la casa de ella o se irán a su propio departamento?
La mayoría apostó por el departamento. Alguien se giró hacia Emilia y le preguntó: —¿Tú qué opinas?
Emilia miró el dinero amontonado en la mesa. Recordó cómo estaba Orfeo con ella en la sala de descanso hace apenas un rato; lo había tocado, sabía lo excitado que estaba.
Pero él la había rechazado.
¿Acaso era a ella a quien realmente quería?
Emilia sacó un billete y lo puso en la opción de que la llevaría a su casa.
—Él no haría algo así —dijo en voz baja.
Los compañeros soltaron exclamaciones de sorpresa. —¿En serio lo crees?
Esa respuesta sonaba más como un intento de convencerse a sí misma. Fingiendo cansancio, se excusó: —Ya me voy a descansar.
Mauricio se ofreció a acompañarla, pero Emilia se negó. —Quédate un rato más. Aún tengo que preparar la agenda de mañana.
Salió del local, subió a un taxi y, casi sin pensarlo, le dio una dirección al chofer.
Para cuando volvió a la realidad, estaba de pie frente a la puerta de la villa donde Orfeo vivía habitualmente.
Su auto estaba estacionado en el garaje.
Las luces de la casa estaban encendidas. Emilia conocía la contraseña. Hasta ese momento, mientras tecleaba los números, aún albergaba una secreta y patética esperanza en su corazón: tal vez él no había buscado a nadie más.
Tal vez él todavía podía ser suyo, aunque fuera bajo ese tipo de relación torcida.
Pero al subir las escaleras, los gemidos de una mujer golpearon sus oídos.
En el suelo del pasillo del segundo piso, la ropa elegante de aquella heredera formaba un rastro desde las escaleras hasta la puerta de la recámara principal al fondo.
Ese sonido, mezclado con la respiración ronca de un hombre, dejó la mente de Emilia en blanco por un instante.
Se mordió el labio con tanta fuerza que casi se hizo sangre, retrocedió rápidamente y salió huyendo de la villa.
Conseguir un taxi en esa exclusiva zona residencial a altas horas de la noche era imposible. Caminó a pie durante una hora, destrozándose los talones con los zapatos, hasta que encontró una estación de metro que aún estaba abierta y bajó las escaleras casi a rastras.
Cuando por fin llegó a su pequeño departamento, se dejó resbalar contra la puerta de entrada hasta caer al suelo. Con la espalda pegada a la fría madera, abrazó sus piernas y hundió el rostro en las rodillas.
Se tapó la boca con el dorso de la mano, ahogando desesperadamente los sollozos.
No podía llorar.
Llorar solo la haría ver más patética.
¿Qué derecho tenía ella a derramar lágrimas?
Desde el principio, lo que él le ofreció fue un simple intercambio.
Ella necesitaba ser dominada, ser controlada, encontrar un momento de paz entre el dolor y el placer, y él se lo había dado.
Él nunca le había exigido nada que ella no estuviera dispuesta a entregar.
Incluso, se negaba a que ella lo tocara, ni siquiera con las manos.
"Yo me haré cargo de esto".
Cuando le dijo eso, su tono había sido tan malditamente sereno.

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