Esa misma noche, Emilia sacó su pequeño estuche del fondo del cajón y se encerró en el baño. Los rasguños que se hizo en el brazo fueron la única forma de sobreponerse al inmenso dolor que le oprimía el pecho, hasta que por fin logró calmarse.
A la mañana siguiente, fue a la sala de ensayos para seguir componiendo sus partituras, como de costumbre. Alrededor del mediodía, Mauricio abrió la puerta de golpe y entró apresurado.
—¡Emilia! —Caminó a zancadas hasta el piano. Tenía el rostro desencajado por el pánico—. Esto... ¿cómo está el señor Núñez?
Emilia notó que sudaba frío. Tomó un par de pañuelos de papel y se los ofreció.
—Ya está estable. Su vida no corre peligro. ¿Qué pasó?
—Su... su mano... —balbuceó Mauricio, aterrado—. ¿Es cierto que quedó inservible?
—¿Cómo te enteraste? —preguntó ella.
Mauricio empezó a hablar atropelladamente:
—Hoy me contactó una aseguradora. El señor Núñez tenía su mano asegurada por cien millones. Como se lastimó, es muy probable que quieran hacerme responsable legalmente... porque fui yo quien le insistió en que fuera a celebrar nuestro compromiso...
La expresión de Emilia se tornó sombría. Le tomó las manos.
—Tranquilo. Ayer hablé de esto con Orfeo y me aseguró que no va a presentar cargos en tu contra.
—¿De verdad? ¿Entonces por qué me busca la aseguradora? —Los ojos de Mauricio estaban inyectados en sangre. Parecía a punto de sufrir un colapso nervioso—. Estamos hablando de cien millones, Emilia...
Por alguna extraña razón, ver a Mauricio perdiendo los estribos de esa manera le generó a Emilia un ligero rechazo. Aun así, trató de consolarlo con dulzura:
—Hablaré de nuevo con el señor Núñez para aclarar esto. No te desesperes.
Bajo sus repetidas muestras de apoyo, Mauricio logró calmarse un poco.
Emilia miró la hora, consciente de que ya no podría componer nada ese día. Se puso de pie.
—De todos modos iba a ir al hospital. ¿Quieres acompañarme?
¿Enfrentarse a Orfeo? Mauricio sintió que el pánico le revolvía el estómago, pero asintió de todas formas.
—Sí, voy. Tengo que pedirle disculpas en persona. Jamás quise que le pasara algo malo, fue un accidente.
Mauricio compró una gran canasta de frutas y acompañó a Emilia a la habitación del hospital.
Pero el momento no pudo ser peor. En la puerta de la suite había un par de guardaespaldas corpulentos, y adentro estaban Melisa, su esposo y Mateo Núñez, el hermano mayor de la familia.
Mauricio se quedó paralizado en el umbral, aferrando la canasta de frutas como si le pesara una tonelada.
Nunca había estado en una situación así. Los guardaespaldas de traje negro, con los cables de los auriculares escondidos en el cuello, lo escanearon de pies a cabeza con la mirada.
Por puro nerviosismo, Mauricio pasó la canasta a su mano izquierda y se secó el sudor de la derecha contra el pantalón.
Emilia, a su lado, lo miró. Quiso decirle algo para tranquilizarlo, pero prefirió guardar silencio y abrió la puerta.

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