La vida de Emilia se partió en dos.
Durante el día, se encerraba en la sala de ensayos.
Se sentaba frente al piano, desesperada por cumplir con aquel trabajo que tanto le había costado conseguir. Pero su mente era un hervidero de estrés. Pasaba horas con los dedos sobre las teclas, con la cabeza hecha un desastre, incapaz de componer una sola melodía.
Cuando llegaba la tarde, Mauricio aparecía con su café favorito y algo para picar. Pero lejos de ser un alivio, era la señal de que tenía que recoger sus cosas y salir corriendo al hospital para cuidar de Orfeo.
Su espacio personal había sido comprimido al máximo.
Pasó una semana entera sintiéndose como una autómata.
Para colmo de males, Elena Yáñez se presentó en el estudio para exigir resultados sobre la partitura.
Emilia solo pudo entregarle la misma versión inconclusa de la última vez.
El rostro de Elena se desfiguró por la molestia.
—Nuestro contrato tiene un plazo muy ajustado. Si no me entregas el trabajo que te pedí en el tiempo estipulado, ¿cómo demonios le rindo cuentas a la productora? ¿Tienes idea de lo difícil que ha sido conseguir este proyecto?
Emilia bajó la mirada, avergonzada.
—Lo siento, es culpa mía. Me pondré al corriente lo antes posible.
Elena dejó escapar un suspiro de hartazgo.
—Por cierto, ya me enteré de lo que pasó con Orfeo Núñez. No sé qué clase de enredos te traes con esos hombres, y la verdad huele muy mal. Pero si tu plan es jugar a dos bandos, al menos deberías ser más discreta y no causar semejantes desgracias.
Emilia se mordió el labio inferior.
—Yo jamás haría algo así.
—Eso espero —escupió Elena—. Como sea, para la próxima semana quiero ver material nuevo, y más te vale compensar todo el tiempo que perdiste en esta.
Emilia salió del estudio con la cabeza baja.
Mauricio ya la estaba esperando en la puerta.
Cuando subió al auto, él le dijo con tono entusiasta:
—¿Qué te parece si vamos a cenar a un buen lugar? Hace mucho que no tenemos una cita de verdad.
Mauricio encendió la radio mientras los faros de la calle pasaban rápidamente al otro lado de la ventanilla. Emilia miraba las luces, pero en su mente solo resonaban las duras palabras de Elena.
—¿Qué dices? Un compañero del trabajo me recomendó una parrillada nueva que abrieron aquí cerca. Dice que es espectacular —Mauricio la miró de reojo con una sonrisa—. Has estado muy presionada últimamente, te hará bien comer rico.
Emilia tensó las manos sobre su regazo, volviendo a la realidad.

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