El resto de la comitiva entró tras él.
Si fuera la Silvia de antes, habría corrido detrás de él como un cachorrito feliz, presumiendo que los huevos eran de gallinas criadas en casa, deliciosos y nutritivos, y le habría rogado a Facundo que se los llevara.
Pero ahora, ni siquiera le dirigió una segunda mirada. Se quedó de pie en la entrada, comportándose adecuadamente mientras esperaba a su cita.
Pasaron unos diez minutos.
Un modesto auto eléctrico se detuvo frente al restaurante.
Un joven de lentes y camisa blanca bajó del vehículo y caminó a paso apresurado hacia ella.
—Srta. Quiroga, le pido una disculpa. Hubo mucho tráfico y llegué tarde.
Él era su cita a ciegas, Walter Olmedo.
Silvia sonrió.
—No es tarde, yo llegué temprano. Mi madre me pidió que le trajera esto a su familia.
Le tendió la canasta.
Walter la tomó, inspeccionó los huevos y sonrió complacido.
—Son de excelente calidad, muy nutritivos. A mi madre le encantarán.
Guardó la canasta en el maletero del auto.
La mesa que tenían reservada estaba en el salón principal, a la vista de todo aquel que entrara o saliera.
Una vez que pidieron la comida, Walter tomó la palabra:
—Srta. Quiroga, déjeme presentarme formalmente. Tengo treinta y un años y soy profesor de secundaria. Tengo un salario decente, y tanto mi familia como yo queremos que me case y tenga hijos pronto. Cuando vi su fotografía, me gustó mucho. Me gustaría formar una familia con usted.
Silvia lo miró con calma.
—Agradezco mucho sus buenas intenciones, Profesor Olmedo, pero no soy una buena mujer. Casarse conmigo arruinaría su reputación y el futuro de sus hijos.
—Trabajé en el mundo del espectáculo durante cinco años y fui amante de un hombre rico. Después fui condenada por intento de asesinato y pasé tres años en un sanatorio psiquiátrico. Además, mis padres exigen una dote de doscientos mil pesos.
Por supuesto, antes de salir de casa, sus padres le habían ordenado terminantemente que no mencionara nada de esto.
—Con razón la Srta. Quiroga no subió con nosotros. ¡Resulta que estaba en una cita!
Silvia asintió con una sonrisa cortés, sin ofrecer respuestas ni explicaciones.
Camilo miró de reojo los sencillos platillos sobre la mesa.
—Tus cosas siguen en la casa de Facundo. Ve a recogerlas esta noche.
—No dejé nada ahí —respondió ella con tranquilidad.
—Tu ropa, los muebles que usabas, tus cosas personales —insistió Camilo.
—Ya no las quiero. Pueden tirarlas a la basura.
—Como quieras. Provecho —dijo Camilo, subiendo rápidamente las escaleras.
Al entrar al reservado privado, se dejó caer en la silla junto a Facundo.
—La Srta. Quiroga está cenando abajo con un sujeto. Dice que es su novio, y los regalitos que traía eran para él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me encerró tres años y ahora suplica