Levantó la mirada y vio a Facundo salir de la habitación envuelto en una bata de seda color champán.
Tenía el cabello húmedo, y el cuello de la bata caía abierto, dejando al descubierto unos pectorales esculpidos.-
Era alto, de figura imponente y atlética.
En el pasado, lo que más le fascinaba a Silvia era el cuerpo de Facundo.
Su tacto, su aroma, su resistencia inagotable.
De no haber sido por la pura atracción física, jamás habría aceptado ser su amante con tanta facilidad.
Facundo caminó hacia el sofá y se sentó, cruzando las piernas con elegancia. El movimiento hizo que la tela se abriera aún más, revelando la firmeza de su abdomen.
Cada línea de su cuerpo irradiaba una fuerza estética que en la intimidad se volvía arrolladora.
Si esto hubiera pasado años atrás, Silvia habría corrido a besarlo y morderlo, incapaz de resistirse a la tentación.
Pero ahora, frente a tanta belleza, no sentía el menor apetito.
—Facundo, aquí están las cosas que ordenó. ¿Necesita algo más?
Él tomó la cajetilla y sacó un cigarrillo.
En la época en que Silvia era su devota servidora, habría encendido el mechero antes de que el cigarro tocara sus labios.
Pero esta vez, se quedó de pie, inerte como una estatua, hasta que él mismo se lo encendió.
Facundo exhaló una nube de humo y rompió el silencio.
—Tu contrato con la agencia es por diez años y aún no expira. Ya que te dieron el alta, volverás a trabajar.
La agencia de entretenimiento pertenecía a la familia Yáñez y solo tenía dos artistas.
Silvia y Tatiana Yépez.
La agencia se había fundado después de que Silvia y él comenzaron su romance. Ella ingenuamente creyó que la había creado para apoyarla.
Pero cuando Tatiana se graduó y firmó con ellos, todos los recursos y patrocinios se volcaron a su favor.
Tatiana fue moldeada como la chica buena e inocente de la industria, la estrella intocable.
Silvia, en cambio, quedó relegada al papel de la villana odiosa, un simple adorno que solo existía para resaltar la perfección de Tatiana.
Salvo por su belleza, la pintaron como alguien inútil.
Ella conocía a este hombre mejor que nadie.
Cuanto más enojado estaba, más frío se volvía. Y cuando alcanzaba el punto máximo de frialdad, detonaba.
En la cama, era implacable.
De una fiereza que te dejaba al borde del colapso.
Cada vez que él se enojaba, Silvia pasaba días enteros sin poder levantarse del dolor.
Facundo se puso de pie y avanzó hacia ella a paso lento.
Silvia apretó los puños, ocultándolos entre los pliegues de su falda, y luego los soltó con lentitud.
Jamás había desobedecido una de sus órdenes. Pero hoy, iba a rebelarse.
Facundo se detuvo a escasos centímetros de ella, mirándola desde arriba como un monarca.
—Retira lo que acabas de decir.
—Ya no quiero ser tuya, Facundo —respondió ella, desafiando a la muerte.

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