—¡¿Qué significa esto?!
La voz de Omar Al-Sabah estalló en el pasillo del estacionamiento del hotel con una mezcla de rabia y desesperación contenida.
Su rostro estaba tenso, los ojos encendidos, y por primera vez en mucho tiempo no había control en su voz.
Extendió los documentos hacia Fadia como si el papel pudiera desmentir lo que acababa de leer.
—Usted no puede seguir con este caso —dijo con dureza—. ¿No sabe quién soy? ¡Soy Omar Al-Sabah!
La mujer no retrocedió. No se intimidó. Ni siquiera parpadeó.
—Lo sé perfectamente —respondió con calma.
Su tono era profesional, firme, casi frío.
—Y, aun así, eso no cambia nada.
Omar apretó los dientes.
—Le prohíbo que continúe representando a mi esposa.
Fadia dejó escapar una sonrisa leve, sin humor.
—Usted no puede prohibirme nada.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado.
—Ella solicitará el khula —añadió—. Y usted no decide si yo la represento o no.
Omar sintió un golpe seco en el pecho.
—No… esto no va a ocurrir.
Fadia inclinó ligeramente la cabeza.
—Está ocurriendo.
Sus ojos se endurecieron un poco.
—Y recuerde dónde está, señor Al-Sabah.
Dio un paso hacia atrás.
—En este país, hombres y mujeres tienen derecho a decidir su destino legal.
La mirada de Fadia fue directa.
—Su esposa tomó una decisión.
El silencio volvió a caer, esta vez más profundo.
Omar sintió que el aire le faltaba.
—Usted se equivocó —añadió ella—. O mejor dicho… ustedes se equivocaron.
Giró sobre sus talones.
—Nos veremos ante la ley.
Y se marchó. Omar dio un paso instintivo hacia adelante.
—¡Espera!
Pero Anur lo sujetó del brazo con firmeza.
—¡Cálmate!
Omar se giró hacia él con furia contenida.
—¡Suéltame!
—No —respondió Anur—. No en este estado.
Omar intentó soltarse, pero el agarre fue más fuerte.
—¡Esa mujer acaba de destruir todo!
Anur frunció el ceño.
—Esa mujer es la abogada de Samyra.
El mundo de Omar se detuvo.
—¿Qué?
—La misma que llevó mi divorcio de Ayla.
Omar lo miró sin entender. Pero ya no escuchaba del todo. Su mente estaba en otro lugar.
—Tengo que verla —dijo de golpe.
Se soltó.
—Tengo que hablar con Samyra.
Sin esperar respuesta, caminó hacia la salida.
Sus pasos se aceleraron.
Luego se convirtieron en una carrera.
El aire cálido de Dubái golpeó su rostro, pero no lo calmó.
Al contrario. Le recordó que todo era real.
Subió a su vehículo sin mirar atrás.
—¡Arranca! —ordenó.
Los guardias lo siguieron en otro auto.
Y Omar condujo como si el tiempo pudiera alcanzarlo.
***
En cambio en el hotel se vivía otro ambiente, en el salón de la novia, en una sala decorada con perfumes, incienso y telas de lujo, Nayla aún no sabía nada.
Las mujeres conversaban en voz baja.
Algunas sonreían. Otras ajustaban el velo de la novia.
Nayla estaba sentada frente al espejo.
Su reflejo era perfecto. El maquillaje impecable. El vestido blanco brillante.
El velo cuidadosamente colocado. Sus ojos brillaban con expectativa.
—Ya falta poco —susurró una de las mujeres.
Nayla sonrió.
—Lo sé.
Su voz estaba llena de ilusión.

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