Omar condujo a una velocidad imprudente por las calles de Dubái.
Las luces de la ciudad se convertían en manchas borrosas a través del parabrisas, pero él apenas las veía.
En algunos tramos violó señales de tránsito, cruzó intersecciones sin pensar y aceleró como si pudiera alcanzar algo que ya se le escapaba entre los dedos.
Nada de eso importaba. Solo había una idea en su mente.
Samyra. Su única certeza. Su único lugar de regreso. Su única posibilidad de redención.
Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. La respiración era irregular, rota, como si cada inhalación le costara más que la anterior.
—Alá… —susurró.
Su voz no era firme. Era quebrada.
—Alá, ten piedad de mí.
El auto avanzó entre el tráfico nocturno.
—He fallado… —murmuró, con los ojos fijos en la carretera—. He fallado tantas veces…
Tragó saliva.
—Pero Tú sabes… Tú eres testigo… yo la amo.
La palabra “amo” salió como una confesión desesperada. No como orgullo. Sino como necesidad.
—Solo a ella… —susurró—. Solo a Samyra.
El pecho le dolía. No era metáfora. Era físico.
Como si algo dentro de él se estuviera rompiendo con cada kilómetro.
—Perdóname… por mi arrogancia… por mi ceguera… —su voz se apagó un segundo—. Solo quiero estar con ella.
Apretó el volante aún más.
—Te lo suplico… que aún esté allí.
Un silencio pesado llenó el interior del vehículo.
Y por primera vez desde que había salido del majlis, el miedo lo alcanzó por completo.
No el miedo al rechazo. Sino el miedo a la ausencia.
***
El auto frenó de golpe frente a la residencia.
Las puertas se abrieron con rapidez.
Omar salió antes de que el vehículo se detuviera completamente.
Subió las escaleras casi corriendo, sin reparar en nada.
Entró a la casa.
Se quitó el Bisht con un gesto brusco.
El Ghutra y el Agal cayeron en algún punto del suelo que no miró. No le importaba.
Había un gran silencio. Un silencio extraño.
Demasiado limpio. Demasiado vacío.
Ese tipo de silencio que no pertenece a un hogar habitado.
—¡Samyra! —llamó.
Su voz resonó en los pasillos.
—¡Samyra!
No hubo respuesta. El eco fue lo único que volvió hacia él.
Omar se quedó quieto un segundo. Solo uno.
Y ese segundo fue suficiente para que algo dentro de él empezara a quebrarse.
Subió las escaleras rápidamente. Sus pasos eran más pesados ahora.
—¡Samyra! —volvió a llamar.
Abrió la puerta de la habitación. Vacía. El aire se le cortó.
Entró despacio, como si el cuerpo ya no le obedeciera.
Miró a la cama. Ordenada.
Miró el baño vacío.
Abrió el clóset. Nada. Solo ropa, apenas unos cuantos vestidos que ya no tenías dueño.
Omar retrocedió un paso. Luego otro.
La respiración se volvió más rápida.
—No… —susurró.
Salió de la habitación casi tambaleándose.
Bajó las escaleras de nuevo. El corazón le golpeaba el pecho con violencia.
Entró al despacho. Había algo en su mente.
Un último lugar. Un último refugio.
La caja fuerte.
Con manos temblorosas, la abrió.
El sonido metálico le pareció demasiado fuerte en el silencio de la casa.
Buscó. Revisó.
Una vez. Dos veces. Tres veces.
El espacio estaba más vacío de lo que él esperaba encontrar.
Su respiración se detuvo. Por un instante, no entendió. No quiso entender.
—No… —dijo en voz baja.
Se quedó mirando el interior de la caja como si pudiera cambiar.
Corrió hacia ella. Allí estaba.
El shabka Intacto. Brillante. Impecable.
Como si nunca hubiera sido tocado.
Omar cayó de rodillas frente a la mesa.
Sus manos se acercaron lentamente a las joyas.
No las tocó de inmediato, las manos le temblaban demasiado.
Cuando finalmente las tocó, el frío del metal le atravesó la piel.
Cerró los ojos. Y esta vez no pudo contenerlo.
Las lágrimas salieron sin permiso. Una tras otra.
—Samyra… —susurró.
Su voz se rompió por completo.
—¿Por qué…?
Apretó el shabka contra su pecho.
Como si pudiera devolverle algo. Como si pudiera devolverle a ella.
—¿Por qué no me esperaste…?
Su respiración se volvió irregular.
—Si hubieras esperado un poco más… —su voz subió en desesperación— ¡te habría elegido a ti!
Se quedó en silencio un segundo. Y luego la rabia apareció.
No hacia ella. Sino hacia el tiempo.
Hacia sus decisiones. Hacia sí mismo.
—¡Te elegí a ti! —gritó de repente, sin darse cuenta— ¡Siempre fuiste tú!
Su voz rebotó en la habitación vacía.
—¡No era ella… nunca fue ella!
El eco le respondió con crueldad.
Otra vez silencio.
Omar cayó hacia adelante, apoyando la frente contra el borde de la mesa.
El shabka seguía entre sus manos.
—Samyra… —susurró otra vez, ahora sin fuerza—. Vuelve…
Pero no había nadie que escuchara. Solo la casa vacía.
Y un hombre que había llegado demasiado tarde. Muy tarde.
Más allá de cualquier perdón posible.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...