El padre de Nayla sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies.
Hacía apenas unos minutos estaba convencido de que su hija estaba a punto de convertirse en la segunda esposa de Omar Al-Sabah.
Había imaginado el prestigio, la seguridad económica y el futuro que aquella unión traería para su familia.
Y ahora todo se estaba desmoronando.
No. Era peor.
No solo estaba perdiéndolo todo.
Estaba perdiéndolo de la forma más humillante posible.
Sus piernas temblaron.
Miró a Yussef. Luego a Omar.
Después al Ma'zoon.
Los murmullos de los presentes parecían golpes contra su cabeza.
Todo giraba a su alrededor.
Pero antes de que pudiera reaccionar, la voz del abuelo Al-Sabah resonó por todo el majlis.
—¡Por Alá!
El anciano se puso de pie.
La furia que antes había dirigido contra Omar desapareció por completo.
Ahora estaba enfocada en otro objetivo.
—¡Nos engañaron!
Su voz retumbó entre las paredes.
—¡Nos hicieron creer que Nayla era una mujer honorable, una candidata digna para entrar a la familia Al-Sabah!
Miró al padre de Nayla con una mezcla de indignación y desprecio.
—¡Y resulta que ocultaron semejante vergüenza!
Los presentes intercambiaron miradas.
Nadie se atrevía a intervenir.
—¡Alabado sea Alá!
El abuelo levantó una mano hacia el cielo.
—¡Alabado sea Alá por habernos mostrado la verdad antes de cometer un error irreparable!
Sus ojos se posaron sobre Anur. Por primera vez desde que había entrado en la sala, el anciano mostró algo parecido a gratitud.
—Anur.
El joven levantó la cabeza.
—Hoy has salvado a tu amigo como un hermano.
Anur no respondió. Su mirada se dirigió hacia Omar.
Sabía que aquel no era un momento de celebración.
No después de haber visto el estado en que se encontraba su amigo durante los últimos meses.
El abuelo volvió a mirar a Yussef. Y su expresión se endureció.
—¡Y tú!
Yussef se estremeció.
—¿Crees que porque has venido a decir la verdad estás libre de culpa?
El hombre tragó saliva.
—Yo...
—¡Cállate!
El anciano golpeó el suelo con su bastón.
—Participaste en esta inmoralidad.
—Yo la amaba...
—¡Y aun así te involucraste con una mujer casada!
El silencio cayó nuevamente. Nadie pudo discutir aquello.
—¡Llévenselo!
Dos hombres avanzaron. Yussef retrocedió.
—¡No! ¡Escuchen!
—¡Llévenselo!
—¡Yo no quería esto!
Intentó apartarse. Intentó correr.
Pero apenas dio unos pasos antes de ser sujetado por los guardias.
—¡La amo!
Su voz resonó por el salón.
—¡La sigo amando!
El abuelo apartó la mirada con desprecio.
—Lo denunciaré.
—¡Por favor!
—Tus pecados no desaparecen porque decidas confesar cuando ya no tienes otra opción.
Yussef bajó la cabeza.
Por primera vez pareció comprender que aquella verdad había llegado demasiado tarde para todos.
Mientras tanto, Omar observaba la escena sin moverse.
Todo ocurría delante de él.
Y aun así sentía que estaba viendo algo distante.
Irreal. Como si hubiera pasado demasiado tiempo viviendo bajo presión.
Demasiado tiempo atrapado. Demasiado tiempo luchando contra sí mismo.
—Abuelo.
Su voz rompió el silencio. El anciano giró hacia él.
—¿Qué?
—Por favor...
Omar bajó la mirada.
—No quiero que Nayla sufra. No por ella, por su madre que fue buena conmigo…
Aquellas palabras sorprendieron a varios de los presentes.
Incluso después de todo lo ocurrido. Incluso después de descubrir la verdad.
Omar seguía pensando en las consecuencias para ella.
El abuelo cerró los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos, su expresión fue más dura que nunca.
—Ya basta, Omar.
La decepción en su voz era evidente.
—¿Todavía la defiendes?
—No la estoy defendiendo.
—Entonces deja de preocuparte por ella.
El anciano señaló hacia la puerta.
—¿Mira lo que hizo?
Su voz volvió a elevarse.
—¡Mira lo que casi provoca!
Los presentes guardaron silencio.
—Ibas a entregarle una fortuna.
—Lo sé.
—¡Ibas a darle una mahr millonaria! ¡Y estabas dispuesto a destruir tu matrimonio por una mujer que te ocultó una verdad tan grave!
Omar no respondió. Porque no tenía respuesta. Porque el verdadero dolor no estaba allí.
El verdadero dolor estaba en otro lugar.
En el rostro de Samyra. Y la certeza de que la había lastimado.
El abuelo respiró profundamente.
—No me pidas compasión.
Omar bajó la cabeza. Y por primera vez no intentó discutir.
Anur se acercó. Le puso una mano en el brazo.
—Ven.
Omar ni siquiera opuso resistencia.
Simplemente lo siguió.
Como un hombre agotado. Como alguien que había peleado una batalla demasiado larga.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe