Omar miró la carta sobre la mesa como si se tratara de una sentencia.
Durante unos segundos fue incapaz de acercarse.
El aire parecía haberse vuelto demasiado pesado para respirar.
Su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas, una sensación extraña y desesperante que no recordaba haber experimentado nunca.
Aquella simple hoja de papel le provocaba más miedo que cualquiera que todos los agravios o infortunios en su vida anterior.
Porque sabía quién la había escrito.
Y, en el fondo de su alma, sabía lo que significaba.
—No... —susurró.
Sus dedos temblaron al tomar el sobre.
Era la letra de Samyra. La reconocería en cualquier lugar.
Aquella elegante caligrafía árabe que tantas veces había visto en notas, documentos y pequeños mensajes que ella le dejaba cuando todavía intentaba acercarse a él.
Un escalofrío recorrió su espalda. La llevó contra su pecho.
Cerró los ojos.
Por un instante deseó no abrirla.
Deseó permanecer ignorante.
Porque mientras no leyera aquellas palabras, aún podía convencerse de que todo estaba bien.
De que ella seguía allí. De que todavía había tiempo.
Pero en cuanto rompió el sello, comprendió que ya era demasiado tarde.
Sus ojos comenzaron a recorrer cada línea.
Y con cada palabra sintió cómo algo dentro de él se rompía.
"Cuando leas esta carta, ya no estaré esperando por ti, Omar."
El corazón le dio un vuelco.
"No seré más la esposa por agradecimiento. No seré más la mujer olvidada que solo existe cuando decides mirarla."
Las lágrimas comenzaron a empañar su visión.
"Todos nos advirtieron que esto no funcionaría."
Omar tragó saliva.
Recordó las advertencias. Recordó las miradas. Los comentarios.
Las veces que le dijeron que un matrimonio construido sobre una deuda emocional terminaría destruyéndolos, según su hermana y amigos.
Y aun así había insistido.
Porque la amaba. Porque estaba convencido de que el amor era suficiente.
Qué equivocado había estado.
"Pero el amor suele ser necio cuando eres joven."
Sus manos comenzaron a temblar.
"Fuimos todo y ahora no somos nada."
Aquellas palabras le atravesaron el pecho.
Nada. Después de tanto…
Después de tantas promesas.
Después de tantas noches compartidas. Nada.
"No me perteneces. Y yo ya no te pertenezco."
Las lágrimas resbalaron libremente por sus mejillas.
"Ya no queda nada por salvar. Solo recuerdos. Solo heridas que necesitan sanar."
Omar negó con la cabeza.
No. Eso no era verdad. Todavía podían arreglarlo. Todavía podían hablar.
Todavía podían encontrar una solución. Tenían que hacerlo.
Continuó leyendo desesperadamente.
"Intenté todo."
Aquella frase lo hizo cerrar los ojos.
Porque era verdad.
Dios sabía que era verdad.
Samyra había intentado todo. Había sido paciente. Comprensiva. Leal.
Había soportado humillaciones. Había soportado silencios. Había soportado dudas.
Y aun así se había quedado.
"Pero desde el día que rompiste tu promesa, entendí algo. No podía quedarme al lado de un hombre capaz de romper mi corazón sin piedad."
Omar sintió que el mundo entero se derrumbaba.
Porque sabía exactamente a qué promesa se refería.
La promesa que había jurado cumplir de ser fiel, de solo ser ella su única esposa ante Alá y el mundo entero.
La promesa que ella creyó sagrada.
La promesa que terminó destruyendo con sus propias manos.
"Te amé."
Sus dedos se cerraron alrededor del papel.
"Incluso ahora mismo te amo."
Una lágrima cayó sobre la carta.
"Pero nunca voy a amarte más que a mí misma."
Omar soltó un gemido ahogado. Aquellas palabras eran devastadoras.
Porque no nacían del odio. Nacían del amor. Del amor agotado. Del amor que había aprendido a sobrevivir.
"Nunca voy a amar a nadie más que a mi dignidad. Ni más que a mis límites."
Su pecho se contrajo. Por primera vez comprendió que Samyra no se marchaba porque hubiera dejado de amarlo.
Se marchaba porque había dejado de abandonarse a sí misma. Y eso hacía todo mucho peor.
"Nunca me elegiste. Jamás me diste un amor donde yo fuera la única."
Omar cerró los ojos.
No. No.
Eso no era cierto. Él la había amado.
La había amado desde el día que apareció en su vida.
La había amado más de lo que jamás amó a nadie.
Pero mientras sostenía aquella carta, una verdad cruel comenzó a abrirse paso dentro de él.
La había amado. Sí.
Pero nunca había sabido demostrarlo.
Nunca la puso primero. Nunca le dio razones para sentirse segura.
Nunca la hizo sentir elegida.
Y el amor que no se demuestra termina pareciendo inexistente.
Aquella realidad fue más dolorosa que cualquier acusación.

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