Eran casi las seis de la mañana.
Los primeros rayos de sol comenzaban a iluminar Dubái, tiñendo los rascacielos de tonos dorados y anaranjados.
La ciudad despertaba lentamente, pero Omar sentía que llevaba una eternidad despierto.
No había dormido. Ni un solo minuto.
Desde que encontró la carta de Samyra, el tiempo había dejado de tener sentido.
Las palabras seguían grabadas en su mente.
Cada frase. Cada despedida. Cada línea escrita con aquella hermosa caligrafía que había aprendido a reconocer incluso a la distancia.
"No me elegiste."
Aquella frase lo perseguía. Lo destrozaba. Una y otra vez.
Omar caminaba de un lado a otro por la terminal privada del aeropuerto. Sus guardias permanecían a cierta distancia, observándolo con preocupación.
Nunca lo habían visto así.
El poderoso Omar Al-Sabah parecía un hombre desesperado.
Un hombre que acababa de perder algo irremplazable.
Su teléfono vibró. Lo tomó de inmediato.
—¿La encontraron?
—Todavía no, señor.
Omar cerró los ojos.
Apenas pudo controlar la frustración.
—Sigan buscando.
Colgó. Miró las enormes ventanas del aeropuerto.
Los aviones despegaban uno tras otro.
Cada uno de ellos le parecía una amenaza.
Porque Samyra podía estar en cualquiera.
Podía estar alejándose de él a miles de kilómetros por hora.
Y él ni siquiera sabía hacia dónde. Apretó la mandíbula.
Las aerolíneas se negaban a darle información.
Incluso para alguien con su influencia existían límites.
Pero Omar no estaba dispuesto a rendirse.
Tomó nuevamente el teléfono. Marcó un número que conocía de memoria.
La llamada fue respondida tras varios tonos.
Una voz somnolienta apareció al otro lado.
—¿Omar?
—Necesito tu ayuda.
—¿Sabes qué hora es?
—No tengo tiempo para esto.
Hubo un silencio.
—¿Qué ocurrió?
—Necesito información sobre una pasajera.
—¿Una pasajera?
—Sí.
La voz del hombre se volvió más seria.
—¿Quién?
—Mi esposa.
El silencio fue inmediato.
—¿Samyra?
—Sí.
—¿Qué pasó?
Omar cerró los ojos.
—Se fue.
Al otro lado de la línea se escuchó una exhalación.
—Vaya...
—Necesito saber dónde está.
—Omar...
—Te concederé mejores condiciones en nuestra sociedad comercial.
—Ni siquiera he desayunado aún.
—Al-Said.
—Está bien, está bien.
El hombre soltó una risa cansada.
—Por nuestra vieja amistad te ayudaré.
Omar sintió un mínimo alivio.
—Gracias.
—Ve al edificio administrativo. Avisaré que te reciban.
La llamada terminó.
Pocos minutos después, Omar ingresó al área ejecutiva del aeropuerto.
Los empleados parecían nerviosos. Todos conocían su nombre. Todos sabían quién era.
Pero en ese momento a él no le importaba nada de eso.
Solo quería una respuesta. Solo quería encontrar a Samyra.
Solo quería verla. Explicarle.
Decirle todo lo que jamás había dicho.
Si descubría dónde estaba, subiría al primer avión disponible.
No importaba el país. No importaba la distancia. No importaba el costo.
La encontraría. Aunque tuviera que cruzar el mundo entero.
***
Nueva York.
Cuando Samyra abrió los ojos, el avión estaba comenzando el descenso. Parpadeó lentamente.
Durante unos segundos olvidó dónde estaba.
Luego observó por la ventanilla. La oscuridad dominaba el paisaje.
Miles de luces brillaban bajo las nubes.
La lluvia golpeaba suavemente el cristal.
Un sonido constante. Relajante. Hipnótico.
La azafata anunció el aterrizaje.
Samyra ajustó su cinturón y volvió a mirar hacia afuera.
Era extraño.
Había salido de Dubái mientras atardecía en el día.
Y ahora llegaba a Nueva York donde todavía era de noche.
Como si hubiera viajado hacia atrás en el tiempo.



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