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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 104

—Fadia, no quiero saberlo.

Al otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio.

Samyra permaneció inmóvil junto a la ventana de la suite, observando la lluvia caer sobre Nueva York.

Las gotas resbalaban por el cristal igual que las lágrimas que había derramado durante tantos meses.

—Samyra...

—No quiero saber nada más sobre él —la interrumpió suavemente.

Su voz no sonó enfadada. Ni resentida.

Sonó cansada. Profundamente cansada.

Como si hubiera llegado al límite de sus fuerzas. Como si hubiera librado una guerra demasiado larga y ya no tuviera energía para una sola batalla más.

Cerró los ojos.

Sabía que, si Fadia le contaba algo, terminaría pensando en Omar toda la noche.

Y no quería hacerlo. No quería preguntarse si estaba feliz. No quería imaginarlo junto a Nayla.

No quería seguir torturándose con preguntas sin respuesta.

Ya había sufrido suficiente. Demasiado.

—Solo quiero saber cuándo el divorcio quede finalizado.

Fadia guardó silencio. Era una mujer inteligente.

Y comprendió exactamente lo que Samyra estaba diciendo.

No era indiferencia. Era supervivencia.

La única forma que Samyra había encontrado para seguir adelante era dejar de mirar atrás.

—Eres inteligente, Samyra.

Ella sonrió con tristeza. No se sentía inteligente. Se sentía rota.

—Entonces seguimos en lo mismo.

—Sí.

—Bien. Te avisaré cuando haya novedades.

—Gracias, Fadia.

La llamada terminó. La pantalla se oscureció. Y el silencio regresó.

Samyra permaneció varios segundos sosteniendo el teléfono.

Después lo dejó sobre la mesa.

Respiró profundamente. Su pecho dolía. Su corazón dolía.

Pero al menos había tomado una decisión. No quería saber nada más.

No aquella noche. No cuando apenas estaba aprendiendo a respirar de nuevo.

Entró al baño.

El agua caliente cayó sobre su cuerpo durante largos minutos. Intentó relajarse.

Intentó dejar que el cansancio se llevara los recuerdos.

Pero era imposible. Cada vez que cerraba los ojos aparecía Omar. Su sonrisa. Su voz. Sus manos.

Los momentos felices. Y también los dolorosos.

Las promesas rotas. Las lágrimas. La decepción.

Cuando salió del baño se puso ropa cómoda.

No tenía hambre. Ni siquiera pensó en cenar.

Se acercó a la cama y se recostó.

Miró el techo. Las luces de la ciudad se reflejaban débilmente en la habitación.

Nueva York estaba viva. Pero ella se sentía vacía.

Por un momento pensó en levantarse. Pensó en caminar.

Pensó en llamar a alguien. Pero no tenía fuerzas. Giró sobre un costado.

Abrazó una almohada. Y permaneció inmóvil.

Las lágrimas aparecieron nuevamente. Silenciosas. Sin sollozos. Sin ruido. Simplemente cayeron.

Porque, aunque se hubiera marchado...

Aunque hubiera elegido su dignidad... Aunque supiera que había hecho lo correcto...

Todavía amaba a Omar. Y esa era la parte más dolorosa.

Finalmente, el agotamiento pudo más. El cansancio físico. El cansancio emocional. El cansancio de años enteros.

Poco a poco sus ojos se cerraron.

Y terminó quedándose dormida. Por primera vez en mucho tiempo. Sin esperar que él apareciera.

***

Dubái.

Omar no podía quedarse quieto.

El reloj avanzaba. Los minutos pasaban. Pero para él parecían siglos.

Caminaba de un lado a otro dentro de la sala ejecutiva del aeropuerto.

Su mente era un caos.

Las palabras de la carta seguían resonando en su cabeza.

"Ya no te pertenezco."

Cada vez que recordaba aquella frase sentía que algo se rompía dentro de él.

No. Samyra no podía marcharse. No podía terminar así.

No después de todo lo que habían vivido.

No después de todo lo que sentía por ella. Las puertas finalmente se abrieron.

El CEO de la aerolínea entró acompañado por varios empleados.

Omar se puso de pie de inmediato.

—Señor Al-Sabah, lamento la demora.

—¿Dónde está mi esposa?

Ni siquiera intentó disimular su ansiedad.

—¿Qué vuelo tomó? ¿A dónde fue?

El hombre revisó la carpeta que llevaba consigo.

—Ya tenemos la información.

Omar sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—Dígame.

—Su esposa viajó en primera clase.

—Eso ya lo sé.

—El boleto fue adquirido por la Escuela Mundial de Medicina.

Omar frunció el ceño.

—¿Qué?

El ejecutivo asintió.

Capítulo: ¿Dónde está mi esposa? 1

Capítulo: ¿Dónde está mi esposa? 2

Capítulo: ¿Dónde está mi esposa? 3

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