Omar irrumpió en el despacho como si lo persiguiera el mismísimo diablo.
La puerta se abrió de golpe.
Las secretarias llegaron detrás de él, intentando detenerlo.
—¡Señor Al-Sabah, no puede entrar así!
—¡Espere!
Pero Omar ya no escuchaba a nadie.
Su mente era un caos.
Su corazón golpeaba con fuerza.
La desesperación había consumido cualquier resto de paciencia.
Al otro lado de la oficina, Fadia Al-Mansoori levantó la vista de unos documentos.
Durante unos segundos observó al hombre que acababa de irrumpir en su despacho.
No parecía el poderoso Omar Al-Sabah que aparecía en las revistas de negocios.
No parecía el empresario frío y calculador que todos conocían.
Parecía un hombre desesperado.
Un hombre que estaba perdiendo algo que jamás creyó perder.
Las secretarias llegaron hasta la puerta.
—Licenciada, lo sentimos mucho...
Fadia levantó una mano.
—Está bien.
Las mujeres se detuvieron.
—Déjennos solos.
Las empleadas intercambiaron miradas y finalmente abandonaron el despacho.
Cuando la puerta se cerró, el silencio se volvió pesado.
Fadia cruzó los brazos.
—Señor Al-Sabah.
Su voz era fría.
—¿Cómo se atreve a entrar así en mi despacho?
Omar apenas pareció escucharla.
Sus ojos estaban inyectados en sangre.
La falta de sueño comenzaba a notarse.
—Renuncie al caso.
Fadia arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Renuncie a representar a mi esposa.
La abogada soltó una breve carcajada.
Omar dio un paso adelante.
—Le pagaré lo que quiera.
—¿Lo que quiera?
—Una fortuna.
—¿Y eso debería impresionarme?
—Diga una cifra.
Fadia lo observó durante unos segundos.
Después comenzó a reír. No una risa amable. No una risa divertida. Una risa cargada de incredulidad.
—¿De verdad cree que estoy aquí por dinero?
Omar apretó los dientes.
—Solo deje de representarla.
—No.
La respuesta fue inmediata. Firme. Inquebrantable.
—No.
Omar sintió cómo la frustración aumentaba.
—Está destruyendo mi matrimonio.
Fadia volvió a reír.
—No.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—Su matrimonio lo destruyó usted.
Aquellas palabras golpearon más fuerte de lo que Omar esperaba.
Por un instante permaneció inmóvil. Después volvió a hablar.
—Yo amo a mi esposa.
—Qué conveniente descubrirlo ahora.
—Siempre la amé.
—Entonces tiene una manera muy extraña de demostrarlo.
El silencio cayó entre ambos.
Omar bajó la mirada. Por primera vez desde que entró al despacho, la rabia comenzó a desaparecer.
Porque sabía que no podía ganar aquella batalla.
No con amenazas. No con dinero. No con poder.
Respiró profundamente.
Y cuando volvió a hablar, su voz sonó diferente. Más humana. Más rota.
—Se lo suplico.
Fadia lo observó.
—¿Qué?
—Se lo suplico.
Aquellas palabras parecían costarle.
—Dígame dónde está.
—No.
—Por favor.
—No.
—Necesito verla.
—No.
—Necesito hablar con ella.
—No.
La paciencia de Fadia comenzaba a agotarse.
—¿Por qué?
—Porque la amo.
—¿La ama?
La abogada soltó una risa amarga.
—¿Y eso es amor para usted?
Omar levantó la vista.
—Sí.
—Entonces tiene un concepto terrible del amor.
Aquello lo hizo retroceder emocionalmente.
Fadia caminó alrededor del escritorio.
—Escúcheme bien, Omar Al-Sabah.
Su voz se volvió dura.
—Usted rompió la única promesa que Samyra le pidió.
Omar bajó la mirada.
—Intentó obligarla a aceptar una segunda esposa.
El dolor apareció en sus ojos.
—Y cuando ella quiso marcharse, utilizó todo su poder para impedirlo.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Y ahora viene aquí a decirme que la ama?
Omar cerró los ojos.
—No quise lastimarla.
—Pero lo hizo.
—Jamás fue mi intención.
—Y aun así lo hizo.
Las palabras fueron como cuchillas. Porque eran verdad. No podía discutirlas. No podía negarlas.
La voz de Omar sonó ronca.
—Voy a buscarla.
Fadia negó lentamente con la cabeza.
—Sigues sin entender.
—La recuperaré.
—No.
—La amo.
—Y aun así sigues pensando en lo que tú quieres.
Omar se quedó inmóvil.
Fadia dio un paso hacia él.
—Escúchame bien.
Su voz se volvió firme.
—Samyra no escapó de ti.
El silencio llenó la habitación.
—Ella es una mujer libre.
Omar sintió que el corazón se detenía.
—No huyó.
Cada palabra caía como un martillo.
—No se escondió. No desapareció.
Y entonces llegó el golpe final.
—Simplemente eligió vivir una vida sin ti.
Las palabras atravesaron todas sus defensas. Porque era cierto. Samyra no estaba huyendo. No estaba jugando. No estaba esperando ser perseguida.
Se había marchado porque creía que sería más feliz lejos de él.
Y esa verdad era insoportablemente dolorosa.
—Dices que la amas. Pero si esto es amor...
Fadia negó con la cabeza.
—Qué amor tan mediocre.
La palabra quedó flotando en el aire.
Mediocre. Por primera vez en su vida, Omar Al-Sabah no tuvo nada que responder. Nada.
Porque todas las respuestas se habían agotado.
Giró lentamente. Y caminó hacia la salida.
No volvió a mirarla.
Pero las palabras continuaron persiguiéndolo.
Como fantasmas. Como heridas abiertas. Como una sentencia.
Cuando llegó al automóvil, permaneció inmóvil varios segundos.
Mirando por la ventana. Sin ver realmente nada.
—Vamos a casa.
Su chofer asintió.
—Sí, señor.
—Y preparen mi jet privado.
—¿A dónde irá?
Omar cerró los ojos.
La imagen de Samyra apareció inmediatamente en su mente.
—Nueva York.
El automóvil comenzó a avanzar.
Y mientras la ciudad despertaba lentamente, una sola frase continuaba resonando dentro de él.
"Samyra no escapó de ti."
Apretó los puños. El dolor se extendió por todo su pecho.
Entonces comprendió algo que jamás había querido aceptar.
Ella no estaba huyendo. Ella no estaba castigándolo. Ella no estaba esperando ser encontrada.
Solo quería vivir.
Y por primera vez, quería hacerlo sin él.
Aquella idea fue mucho más devastadora que cualquier amenaza de divorcio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...