Cuando Omar llegó a la mansión, el sol ya iluminaba Dubái.
Sin embargo, para él todo parecía gris.
Entró por las enormes puertas principales con paso apresurado. No había dormido. No había comido. No había pensado en nada más que en Samyra.
Nueva York. Ella estaba en Nueva York.
Al otro lado del mundo. Lejos de él.
Aquella idea seguía oprimiéndole el pecho.
Apenas cruzó el vestíbulo, encontró a su abuela esperándolo.
La anciana se levantó de inmediato del sofá.
Sus ojos estaban hinchados. Había llorado.
—¡Omar!
Corrió hacia él y lo abrazó.
—Hijo mío...
Pero Omar permaneció inmóvil. No correspondió al abrazo. No tenía fuerzas para hacerlo.
La mujer se apartó ligeramente para mirarlo.
—¿Es verdad? ¿Samyra se fue?
El silencio del hombre fue suficiente respuesta.
La anciana llevó una mano a su pecho.
—¿Cómo pudo hacer esto?
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Cómo pudo abandonarte así?
Omar cerró los ojos.
Aquellas palabras no le produjeron consuelo.
Al contrario. Le dolieron.
Porque por primera vez comprendía algo que antes se había negado a aceptar.
Samyra no se había ido de la noche a la mañana.
No había tomado aquella decisión impulsivamente. Había soportado demasiado antes de marcharse.
—Abuela...
—¡Qué cruel fue contigo!
—No.
La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
La anciana parpadeó sorprendida.
—¿Qué?
—No fue cruel.
La mujer lo miró sin comprender.
—Pero te dejó.
—Yo la empujé a hacerlo.
El silencio se extendió por la estancia.
La anciana parecía incapaz de creer lo que escuchaba.
Antes de que pudiera responder, una voz grave resonó desde la escalera.
—Por fin dices algo sensato.
Ambos levantaron la vista.
El abuelo descendía lentamente. Su rostro estaba serio. Demasiado serio.
La anciana frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
El hombre llegó al último escalón.
Sus ojos se clavaron en Omar.
—Significa que necesitamos hablar.
La abuela cruzó los brazos.
—Yo también puedo quedarme.
—No.
—Pero...
—Déjanos solos.
Ella abrió la boca. Pero se quedó callada al ver la expresión de su esposo.
Era una mirada que no había visto en mucho tiempo. Una mezcla de decepción y tristeza.
—He dicho que nos dejes solos.
La anciana quedó desconcertada.
Finalmente asintió.
—Está bien.
Lanzó una última mirada preocupada a Omar antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó sobre la enorme sala.
El abuelo observó a su nieto durante varios segundos.
Después negó lentamente con la cabeza.
—Te advertí.
Omar bajó la vista.
—Abuelo...
—Te advertí una y otra vez.
Cada palabra sonaba firme. Pesada.
—Te dije que estabas jugando con fuego.
El anciano se acercó.
—Y aun así seguiste adelante.
Omar apretó los puños.
—No quería perderla.
—Pero hiciste exactamente todo lo necesario para perderla.
Aquellas palabras lo golpearon con fuerza.
—Yo...
—Jugaste a perder a Samyra.
El anciano hizo una pausa.
—Y ganaste.
Los ojos de Omar se llenaron de lágrimas. Por primera vez desde niño parecía vulnerable. Completamente roto.
—No puedo vivir sin ella.
El abuelo soltó una risa amarga. No burlona. Triste.
—El ser humano solo no puede vivir sin Alá.
El anciano señaló su pecho.
—Todo lo demás puede perderse.
La voz de Omar se quebró.
—La amo.
—Lo sé.
—Entonces ayúdame.
—No.
Aquella respuesta lo sorprendió.
—¿Qué?
—No voy a ayudarte a perseguirla.
Omar retrocedió un paso.
—Abuelo...
—Quiero ayudarte a entender.
El anciano suspiró.
—Porque sigues sin comprender qué ocurrió.
Caminó lentamente por la sala.
—Crees que Samyra se fue porque estaba enfadada.
—Lo está.
—No.
—¿No?
—Está herida.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
—Y una persona herida puede sanar lejos de quien la lastimó.
Omar sintió una opresión en el pecho.
—Solo necesito explicarle.
—¿Explicarle qué?
El hombre guardó silencio.
—¿Que la amabas?
—Sí.
—Ella ya lo sabía.
Omar quedó inmóvil.
—¿Que sufriste?
—...
—Ella también lo sabía.
El anciano negó con la cabeza.

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