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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 107

Nueva York.

Cuando Samyra abrió los ojos, lo primero que vio fue la luz del sol entrando por la ventana.

Por un instante permaneció inmóvil.

Acostada entre las suaves sábanas blancas del hotel.

Observando aquel amanecer brillante.

Era extraño.

Después de tantos meses viviendo en medio de tormentas emocionales, aquella mañana parecía tranquila. Silenciosa. Pacífica.

Cerró los ojos y respiró profundamente.

No había gritos. No había discusiones. No había tensión. No había miedo.

Solo ella.

Solo el sonido lejano de la ciudad despertando.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Finalmente se levantó de la cama.

Entró al baño y abrió la llave del agua caliente.

Mientras el vapor llenaba el lugar, se quitó la ropa y dejó que el agua recorriera lentamente su cuerpo.

Por primera vez en mucho tiempo sintió que podía respirar.

Como si hubiera estado atrapada durante años bajo el agua y apenas ahora lograra salir a la superficie.

Cuando terminó de bañarse, regresó a la habitación envuelta en una bata.

Preparó una taza de café y abrió su computadora portátil.

Había varios correos electrónicos nuevos.

Comenzó a revisarlos.

Uno de ellos llamó inmediatamente su atención.

Era la invitación oficial a la ceremonia de premiación.

Su corazón dio un pequeño salto.

Abrió el archivo. Leyó cada línea cuidadosamente.

La ceremonia reuniría a investigadores, médicos y especialistas de distintas partes del mundo.

Después habría una gala privada para los invitados.

Sus ojos brillaron de emoción.

Luego abrió otro correo.

Era la confirmación definitiva para el programa académico en Zúrich.

Las fechas. Los documentos. Los horarios.

Todo estaba ahí. Era real. Completamente real.

No era un sueño. No era una posibilidad. No era una meta lejana.

Estaba ocurriendo.

Lentamente llevó una mano hasta el relicario que colgaba de su cuello.

Lo abrió con cuidado. Dentro seguía la pequeña fotografía de su padre.

Aquella sonrisa cálida. Aquella mirada llena de orgullo.

Samyra sintió que los ojos comenzaban a humedecerse.

Apretó el relicario contra su pecho.

—Papá...

Su voz apenas fue un susurro.

—Estarías tan orgulloso de mí.

Las lágrimas aparecieron. Pero esta vez no nacían del dolor. Ni de la tristeza.

Eran lágrimas diferentes. Lágrimas de felicidad.

Porque durante años había trabajado para llegar hasta allí.

Había estudiado hasta el agotamiento.

Había luchado contra obstáculos que parecían imposibles.

Había sobrevivido a accidentes. A pérdidas. A decepciones.

Y aun así seguía avanzando.

—Lo logré, papá.

Sonrió mientras acariciaba la fotografía.

—Por fin lo logré.

Permaneció unos segundos así.

Hasta que volvió a guardar el relicario.

Entonces revisó nuevamente la invitación. La gala exigía vestimenta formal.

Y eso significaba un problema. No tenía ningún vestido adecuado.

Soltó una pequeña risa. Era un problema agradable.

Uno que no tenía nada que ver con divorcios ni corazones rotos.

Simplemente necesitaba ir de compras.

**

Más tarde salió del hotel.

La ciudad parecía exactamente como la recordaba.

Los edificios. Las calles. El ruido. La energía vibrante de Nueva York.

Todo seguía allí.

Mientras caminaba por las avenidas sintió una extraña nostalgia.

Había pasado más de un año desde la última vez que estuvo allí.

Y aun así todo resultaba familiar.

Como regresar a casa después de una larga ausencia.

Finalmente encontró una elegante boutique.

Los escaparates mostraban vestidos hermosos.

No pertenecían a las marcas más famosas del mundo.

Pero tenían una elegancia única.

Samyra entró. Observó los maniquíes. Los colores. Las telas.

Los detalles.

Una amable empleada se acercó.

—Buenos días. ¿Puedo ayudarla?

Samyra sonrió.

—Necesito un vestido para una ceremonia de premiación.

—Entonces llegó al lugar indicado.

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