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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 109

Omar llegó al aeropuerto privado sin recordar siquiera cómo había llegado hasta allí.

Todo había ocurrido demasiado rápido.

Nueva York. La gala. Samyra sobre aquel escenario.

Su sonrisa. Su premio. Su felicidad.

Y aquella verdad que le había golpeado el pecho con más fuerza que cualquier puñetazo.

Ella nunca necesitó que él la salvara.

Era él quien había necesitado ser salvado por ella.

El avión esperaba sobre la pista.

Los motores rugían suavemente bajo la oscuridad de la madrugada.

Uno de sus guardias abrió la puerta.

—Señor Al-Sabah.

Omar asintió. Subió.

Tomó asiento junto a la ventana.

Durante varios minutos permaneció inmóvil.

Sin hablar. Sin moverse. Sin siquiera mirar a nadie.

El avión comenzó a avanzar lentamente.

Entonces cerró los ojos. Y volvió a verla.

Samyra sosteniendo aquel premio. Samyra sonriendo.

Samyra hablando de medicina. Samyra brillando.

Sin él.

Una lágrima descendió por su mejilla.

La limpió rápidamente. No quería llorar. No tenía derecho a llorar.

No después de todo lo que había hecho.

—No te merezco —murmuró en voz baja.

Su reflejo apareció en la ventanilla.

Cansado. Desgastado. Vacío.

—Pero no volveré a ser el hombre que te destruyó.

Cerró los ojos.

—Lo prometo, Samyra.

El avión despegó.

Y Nueva York desapareció bajo las nubes.

***

Al día siguiente.

Samyra abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos permaneció confundida.

Observando el techo de la habitación. Intentando recordar dónde estaba.

Entonces lo recordó. Nueva York.

Giró la cabeza.

Y sonrió.

Sobre la mesa de noche descansaba el galardón.

Brillante. Hermoso.

Lo tomó entre sus manos.

Todavía le parecía un sueño.

Había trabajado durante tanto para llegar allí.

Había estudiado hasta el agotamiento.

Había llorado. Había sacrificado muchas cosas.

Y por fin estaba viendo los frutos.

Mañana viajaría a Suiza. Mañana comenzaría una nueva etapa.

Mañana volvería a ser la mujer que había sido antes de perderse en un matrimonio que la consumió lentamente.

Su sonrisa se suavizó.

La noche anterior había soñado. No recordaba todos los detalles.

Solo fragmentos. Una voz.

Unos ojos oscuros. Una tristeza inmensa.

Omar. Siempre Omar.

Bajó la mirada.

Y comprendió algo doloroso.

Irse había sido difícil. Pero posible.

Olvidarlo... Eso sería otra historia.

Porque el amor no desaparecía simplemente porque uno decidiera marcharse. Algunas heridas cerraban rápido.

Otras tardaban años. Y algunas dejaban cicatrices para toda la vida.

Respiró profundamente.

Luego se levantó. Tenía demasiado por hacer.

Y por primera vez en mucho tiempo... Un futuro que construir.

***

Dubai.

La villa Al-Sabah permanecía silenciosa.

Demasiado silenciosa.

Cuando Omar cruzó la puerta principal era casi medianoche. Nadie salió a recibirlo. Nadie habló. Nadie se atrevió.

Porque todos podían verlo.

Su derrota. Su tristeza. Su corazón roto.

Subió las escaleras lentamente.

No fue a su habitación. Sus pasos lo llevaron hacia otro lugar.

Hacia la habitación de Samyra.

La puerta seguía igual.

La abrió. Y el dolor lo golpeó de inmediato.

Todo estaba allí.

Un perfume que aún conservaba su aroma y el Shabka, velos que había dejado.

Omar cerró los ojos. Y por primera vez comprendió algo.

Samyra había vivido allí.

Había construido sueños allí.

Había llorado, esperado, lo había amado allí.

Mientras él estaba demasiado ocupado mirando hacia otro lado.

Tomó un velo que había abandonado, tejido con hilo de oro, lo abrazó a su cuerpo.

El pecho le dolió.

—¿Por qué no lo vi?

Su voz se quebró.

—¿Por qué no vi todo lo que me estabas entregando?

Nadie respondió. Solo el silencio.

Ese silencio cruel que existe cuando una persona ya no está.

Se sentó sobre la cama. Tomó una almohada.

Aún conservaba una leve fragancia de ella.

Y por primera vez desde que la conoció...

Lloró completamente solo.

**

A la mañana siguiente.

Despertó en aquella habitación. Confundido.

Por un instante creyó que todo había sido una pesadilla.

Que Samyra estaría preparando café.

Que aparecería sonriendo. Que todo seguiría igual.

Pero no.

La habitación estaba vacía. La almohada entre sus brazos no era ella. Y nunca volvería a serlo.

—No la quiero.

Guardó silencio durante un instante antes de continuar.

—Que se quede con todo.

El conciliador pareció sorprendido.

—El señor Al-Sabah está siendo muy generoso.

Omar no respondió.

La verdad era que ningún dinero del mundo podía devolverle lo que había perdido.

Entonces sacó un sobre del interior de su saco.

Lo observó durante unos segundos.

Como si desprenderse de él le resultara doloroso.

Finalmente, se lo tendió a Fadia.

—Solo le pido una cosa.

Fadia tomó el sobre.

—¿Qué es?

—Una carta. Nada más.

Sus ojos se humedecieron ligeramente.

—No cambiará nada. No intento convencerla. No intento retenerla.

Bajó la mirada.

—Solo quiero que la reciba.

Su voz se quebró apenas.

—Por favor. Por Alá.

Por primera vez desde que conocía a Omar Al-Sabah, Fadia sintió algo inesperado.

Compasión.

Porque frente a ella ya no estaba el hombre poderoso que creía poder controlar el destino.

Solo quedaba un hombre que había comprendido demasiado tarde cuánto había amado a su esposa.

Y cuánto la había herido.

Fadia tomó el sobre con cuidado.

—Se la entregaré.

Omar asintió. Luego tomó el bolígrafo.

Miró los documentos una última vez.

Y comprendió que estaba enterrando el matrimonio más importante de su vida.

La mano le tembló. Pero firmó.

Una vez. Luego otra. Y otra más.

Hasta completar todos los documentos necesarios.

Cuando dejó el bolígrafo sobre la mesa, sintió que algo dentro de él se rompía definitivamente.

Fadia observó las hojas.

Después firmó en representación de Samyra, utilizando el wakala que esta le había otorgado.

Luego levantó la vista y observó a Omar.

Había llevado decenas de casos de khula.

Había visto hombres furiosos. Hombres arrogantes. Hombres manipuladores.

Hombres que hacían todo lo posible por retener a sus esposas.

Pero jamás había visto a uno firmar con el rostro destrozado por el dolor.

El conciliador cerró el expediente.

—Muy bien. Les notificaremos la fecha en que deberán comparecer ante el juez para la ratificación final del divorcio.

Omar se puso de pie.

—Gracias.

No dijo nada más.

Simplemente se dio la vuelta y abandonó la sala. Porque algunas despedidas no se gritan.

No se discuten Simplemente se firman.

Y después... Se aprende a vivir con ellas.

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