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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 110

Samyra revisó su maleta por tercera vez.

No porque realmente hiciera falta. Simplemente no podía quedarse quieta.

Los documentos estaban listos.

El pasaporte. Las cartas de admisión.

Su computadora. Sus libros.

Todo estaba exactamente donde debía estar.

Aun así, volvió a comprobarlo.

Y volvió a sonreír.

Su corazón latía con una emoción que hacía mucho tiempo no sentía.

Era felicidad. Felicidad verdadera.

De la que nace desde dentro. De la que no depende de nadie.

Miró por última vez la habitación del hotel en Nueva York.

Apenas unos días atrás había llegado allí con el corazón roto, intentando convencerse de que había tomado la decisión correcta.

Ahora ya no tenía dudas.

Extrañaba a Omar. Sería mentira decir lo contrario.

Todavía había noches en las que recordaba su sonrisa.

Todavía existían heridas que necesitaban tiempo para sanar.

Pero por primera vez comprendía algo importante.

Podía extrañarlo. Y aun así seguir adelante.

Podía amarlo. Y aun así elegirse a sí misma.

Tomó aire profundamente.

Luego cerró la maleta. Era hora de partir.

***

El aeropuerto estaba lleno de estudiantes.

Hombres y mujeres provenientes de distintos países.

Todos compartían el mismo destino. La Escuela Mundial de Medicina.

Uno de los programas de especialización más prestigiosos del planeta.

Samyra observó los rostros a su alrededor.

Escuchaba idiomas distintos. Acentos diferentes. Historias diferentes.

Y por primera vez en mucho tiempo sintió que pertenecía a aquel lugar.

No era la esposa de nadie. No era la nuera de una familia poderosa.

No era una mujer definida por un matrimonio roto.

Era simplemente Samyra Hassan.

Médica. Investigadora. Estudiante. Y futura oncóloga.

Aquella idea la hizo sonreír.

Cuando abordaron el avión privado dispuesto para los becarios, la emoción volvió a recorrerle el pecho.

Phillip ocupó un asiento cercano.

—¿Nerviosa?

—Mucho.

—Eso es buena señal.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Y tú?

—Aterrorizado.

Ambos terminaron riendo. La tensión desapareció un poco.

El vuelo fue largo. Muy largo.

Entre escalas, conversaciones y momentos de silencio.

En algún punto Samyra se quedó dormida.

Cuando abrió los ojos, las luces de la cabina estaban encendidas.

Una azafata anunciaba el inicio del descenso.

Se incorporó rápidamente.

Miró por la ventanilla. Y entonces lo vio.

Las montañas. Los lagos. Los paisajes verdes.

Todo parecía salido de una postal. Su corazón dio un vuelco.

—Bienvenida a Suiza —susurró para sí misma.

Y no pudo evitar emocionarse.

Después del aterrizaje, los estudiantes fueron guiados hasta varios autobuses.

El aire era fresco. Limpio. Muy distinto al clima de Dubái.

Samyra observaba todo a través de la ventana.

Las calles. Los edificios. Las personas.

Todo era nuevo. Todo era desconocido.

Y por primera vez eso no le daba miedo.

Le daba esperanza.

El trayecto duró cerca de una hora.

Hasta que finalmente apareció el enorme complejo médico.

Los autobuses disminuyeron la velocidad.

Y Samyra sintió que el corazón se detenía.

Frente a ellos se levantaba un gigantesco hospital.

Moderno. Elegante. Imponente.

El Hospital Saint Andrew para Enfermedades Catastróficas.

Nadie podía obligarla a quedarse. Nadie podía decidir por ella.

Era libre. La palabra resonó dentro de su pecho. Libre.

Había vivido en una villa inmensa.

Y sin embargo se había sentido atrapada.

Ahora estaba en un pequeño departamento. Y sentía que el mundo entero le pertenecía.

Comenzó a guardar su ropa. Colocó algunos libros sobre los estantes. Acomodó fotografías.

Puso el retrato de su padre sobre la mesa de noche.

Y cuando terminó, se dejó caer sobre el sofá.

Sonriendo. Simplemente sonriendo.

Sin lágrimas. Sin dolor. Sin miedo.

Solo felicidad.

**

Cuando el atardecer comenzó a teñir de naranja las ventanas, Samyra salió al balcón.

Desde allí podía ver parte del hospital.

Ambulancias entrando y saliendo. Médicos caminando.

Pacientes luchando por sus vidas.

Su futuro estaba allí. La medicina seguía esperándola.

Como siempre.

Entonces recordó algo que había dicho durante la premiación en Nueva York.

"La medicina me ama y yo la amo a ella."

Ahora comprendía cuánto había de verdad en esas palabras.

La medicina jamás le había roto el corazón. Jamás le había pedido renunciar a sí misma. Jamás le había exigido convertirse en alguien diferente.

Siempre la había aceptado tal como era.

El viento fresco movió ligeramente su velo.

Samyra cerró los ojos. Respiró profundamente.

Y sintió una paz inmensa.

Mañana comenzarían las clases. Mañana empezaría una nueva etapa. Mañana volvería a ponerse una bata blanca.

Y volvería a hacer lo que más amaba en el mundo.

Ayudar a otros. Salvar vidas.

Cumplir el sueño que una vez creyó perdido.

Abrió los ojos. Miró el hospital iluminado.

Y sonrió.

Porque por primera vez en mucho tiempo, el futuro ya no le daba miedo.

El futuro la estaba esperando.

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