Omar salió de la habitación, estaba pensativo y se detuvo frente a uno de los balcones del hospital privado.
Miró por la ventana, la ciudad, los edificios, y la noche.
Respiró profundo, sintiendo que su mente estaba demasiado aturdida por emociones ambivalentes que estaban torturándolo.
“¿Estoy siendo tan cruel con Samyra? Sé que le juré nunca tomar una segunda esposa, pero… si no salvo a Nayla, ¿Quién más va a salvarla? Ella ya ha sufrido demasiado, además, yo se lo prometí a Nayla, siempre cuidarla, incluso en su peor momento, ¿Qué debo hacer? No quiero que Samyra me odie, no quiero que me mire de esa forma, porque… me duele”, pensó con frustración.
***
Samyra estaba en la habitación, dejó de llorar, se levantó lentamente, se puso unas pantuflas, fue al cuarto de baño y se limpió el rostro. Ya no quería llorar por algo que sabía que era irremediable.
Estaba más tranquila.
Solo esperaba que la doctora llegara y le diera el alta medica para irse de ese hospital.
Fue entonces que la puerta se abrió de golpe, ellos entraron y los vio con desdén.
Nassira, Anur y Mohamed, el esposo de Nassira, entraron con una actitud hosca.
El aire en la habitación cambió de inmediato.
No era visita. Era juicio y Samyra lo supo.
Nassira la miró con una expresión cargada de una falsa indignación que no intentaba ocultar del todo.
—Samyra —dijo con voz firme—, ¿cómo pudiste lanzar al agua a Nayla sabiendo que ella no sabe nadar?
Anur cruzó los brazos.
Mohamed no dijo nada, pero su presencia reforzaba la presión del momento.
—Debes disculparte con Nayla, le hiciste daño, la pobre se asustó horrible, vas a ir y pedirle perdón.
Samyra los observó en silencio unos segundos.
Luego soltó una pequeña risa. Corta. Sin humor.
—Yo no hice nada —respondió con calma—. No hay nada por lo que tenga que disculparme. Ahora váyanse y déjenme descansar.
El ambiente se tensó de inmediato.
Nassira abrió los ojos, como si no hubiera esperado esa respuesta.
No había lágrimas. No había defensa emocional.
Solo rechazo, oposición. Y eso la molestó.
—Increíble… —murmuró Nassira, bajando la voz un poco, como si hablara más para los demás que para ella—. Incluso ahora actúas como si nada te importara.
Samyra la miró directamente.
Su expresión seguía firme. Pero sus ojos ya no eran los de antes. Algo había cambiado.
—Porque no me importa discutir con quien ya decidió odiarme —dijo con frialdad contenida.
El silencio fue inmediato.
Nassira apretó la mandíbula.
—¡Eres cínica! —exclamó entonces, elevando la voz—. ¡Allah te castigará por esto!
Samyra no reaccionó.
Solo la miró. Sin rabia visible. Sin miedo.
Solo cansancio.
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