Samyra se detuvo de golpe en medio del pasillo.
—¡Ya basta!
Su grito resonó con fuerza por todo el hospital.
Los hombres que la sujetaban se sobresaltaron inmediatamente y aflojaron el agarre sobre sus brazos. Incluso parecieron nerviosos de que alguien pudiera escuchar el escándalo.
Samyra respiraba agitadamente.
La rabia le quemaba el pecho.
—Suéltenme… iré por mi cuenta.
Los hombres se miraron entre sí con incertidumbre. No sabían si debían seguir tratándola como una criminal o recordar que seguía siendo la esposa de Omar.
Finalmente la soltaron.
Samyra sintió ardor donde los dedos de aquellos hombres habían presionado con fuerza. Se masajeó apenas un instante, intentando recuperar algo de dignidad.
—Entonces camina —dijo uno de ellos secamente.
Ella levantó el rostro con orgullo, aunque por dentro estaba destrozada.
Caminó por el largo pasillo blanco sintiendo el corazón cada vez más pesado.
No quería estar ahí. No quería ver a Nayla.
Porque Nayla se había convertido en el símbolo de todas sus pesadillas.
La mujer por la que Omar estaba dispuesto a romper la promesa más importante de su matrimonio.
La mujer por la que todos parecían esperar que Samyra aceptara compartir a su esposo en silencio.
Sus ojos comenzaron a arder.
Pero se negó a llorar. No frente a ellos.
Nunca más.
Finalmente llegaron frente a una habitación privada.
La puerta se abrió lentamente.
Samyra entró. Entonces la vio.
Nayla estaba recostada sobre la cama, luciendo pálida y delicada. La luz suave del hospital hacía que pareciera aún más frágil.
Cuando sus ojos se encontraron con los de Samyra, Nayla abrió los ojos con sorpresa genuina.
—¡Samyra! —exclamó angustiada mientras intentaba incorporarse un poco—. ¿Estás bien?
Samyra sintió un extraño nudo en el pecho. Porque la preocupación en la voz de Nayla parecía real.
Pero antes de que pudiera responder, los tacones de Nassira resonaron detrás de ella.
La mujer entró al cuarto con expresión fría y dominante.
—Hazlo, Samyra.
Samyra giró lentamente hacia ella.
Nassira la observaba con arrogancia, como si ya hubiera ganado aquella batalla.
Luego miró a Nayla y habló con fingida dulzura.
—Samyra ha venido a pedirte disculpas por lo que te hizo.
Los ojos de Nayla se agrandaron reflejando confusión, incomodidad e incluso culpa.
Ella claramente no esperaba aquello.
Samyra apretó los puños con fuerza.
Toda la humillación que había soportado comenzó a hervir dentro de ella.
—Yo no voy a disculparme por nada.
El silencio cayó inmediatamente sobre la habitación.
Nassira frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
Samyra levantó lentamente la mirada.
Ya estaba cansada de callar, de soportar acusaciones. Cansada de que todos la señalaran como la villana.
Respiró profundamente.
—No hice nada malo.
Nayla la observó atentamente.
Incluso los hombres detrás de Samyra parecían tensos.
—Nayla —continuó ella mirándola directamente—, tú sabes perfectamente que yo no te empujé a la piscina. Sabes cómo ocurrieron realmente las cosas.
Nassira dio un paso al frente.
—¡Basta de mentiras!
Pero Samyra ya no pensaba callarse.


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