Mientras tanto, en Dubái.
La villa Al-Sabah estaba extrañamente silenciosa.
Desde que Samyra se había marchado, algo parecía haberse apagado entre aquellas paredes.
Los sirvientes caminaban con cautela.
Los guardias hablaban en voz baja.
Incluso los jardines, siempre llenos de vida, parecían más sombríos.
Nassira estaba sentada bajo una gran palmera, intentando leer un libro.
Intentando.
Porque llevaba varios minutos observando la misma página sin comprender una sola palabra.
Su mente estaba demasiado ocupada.
Pensaba en todo lo que había ocurrido.
Suspiró profundamente.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía pesar por su hermano.
Por cuánto había sufrido.
Una culpa incómoda comenzó a crecer dentro de ella.
Había ido contra Omar.
Había creído que Samyra no era la mejor mujer.
La despreció sin piedad.
Pero Samyra finalmente había dicho basta.
Y ahora todos estaban pagando las consecuencias.
Nassira cerró el libro.
Justo entonces escuchó pasos apresurados acercándose.
Frunció el ceño. Levantó la vista. Y se quedó inmóvil.
—¿Nayla?
La mujer estaba frente a ella. Su aspecto era lamentable.
El cabello desordenado. Las ojeras profundas. Los labios resecos.
Incluso llevaba algunos moretones parcialmente ocultos bajo maquillaje.
Parecía alguien que llevaba semanas sobreviviendo a base de ansiedad.
Nassira se puso de pie inmediatamente.
—¿Cómo entraste aquí?
Nayla tragó saliva.
—Necesito hablar contigo.
—¿Hablar conmigo?
La incredulidad fue inmediata.
—¿Después de todo lo que hiciste?
Nayla bajó la mirada.
—Por favor.
—No.
—Solo escúchame.
—No quiero escucharte.
Nassira dio un paso atrás.
La sola presencia de aquella mujer le producía rechazo.
Porque ahora conocía la verdad. Las mentiras. La manipulación. La forma en que había utilizado la compasión de Omar. La forma en que había contribuido a destruir el matrimonio de su hermano.
—Deberías marcharte.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No tengo a dónde ir.
Nassira la observó.
Por un momento casi sintió lástima. Casi.
Pero entonces recordó a su hermano destrozado.
Recordó el divorcio. Recordó el dolor de Omar.
Y la compasión desapareció.
—Eso ya no es asunto mío.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Nayla.
—Solo quería ser feliz.
Nassira soltó una risa amarga.
—¿Feliz?
La miró con incredulidad.
—Mentiste sobre tu primer matrimonio.
—Yo...
—Mentiste sobre los abusos.
—Las cosas no fueron tan simples...
—Manipulaste a mi hermano.
—Yo lo amaba.
—Y destruiste a una mujer inocente.
Nayla comenzó a llorar con más fuerza. Pero algo en aquellas lágrimas ya no parecía sincero.
Había desesperación. Había miedo. Pero no arrepentimiento.
Nassira lo notó. Y aquello la inquietó.
De pronto. Nayla cayó de rodillas.
—Por favor.
Nassira abrió los ojos.
—¿Qué haces?
—Ayúdame.
—Levántate.
—No hasta que me escuches.
Nassira sintió una sensación desagradable recorrerle el cuerpo.
—¿Qué quieres exactamente?
Entonces ocurrió. Los ojos de Nayla brillaron.
Una luz extraña. Obsesiva. Inquietante.
Como si se aferrara a una fantasía imposible.
—Quiero ver a Omar.
Nassira se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Solo necesito hablar con él.
—¿Hablar?
—Sí.
—¿Para qué?
Nayla sonrió.
Y esa sonrisa hizo que Nassira sintiera un escalofrío.
Porque no era la sonrisa de alguien que había aceptado la realidad.
Era la sonrisa de alguien que seguía convencido de que podía ganar.
—Cuando me vea comprenderá.
—¿Comprender qué?
—Que todavía podemos estar juntos.
Nassira retrocedió un paso.
—Estás loca.
—No.
—Mi hermano ya no quiere verte.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé perfectamente.
—No.
La sonrisa de Nayla se amplió.
—Porque yo sé algo que tú no.

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