Nayla intentó acariciar el rostro de Omar, como si tuviera derecho a él.
Dio un paso más, inclinándose hacia sus labios, pero él se apartó de inmediato. No solo la rechazó: le sujetó la mano con una firmeza dura, controlada, que no dejaba espacio para ilusiones.
El cuerpo de Nayla se tensó. En segundos, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¡No me rechaces, Omar! —su voz se quebró—. Todo lo hice por amor…
Omar la miró en silencio.
Pero no era un silencio vacío. Era uno cargado de decepción, de cansancio, de algo más profundo que la rabia: la sensación de haber sido arrastrado demasiado lejos por decisiones que nunca terminaron de ser suyas.
La soltó de golpe.
Nayla perdió el equilibrio y cayó de rodillas frente a él.
—¿Amor? —dijo él, con una voz baja, pero afilada—. ¿A eso le llamas amor? ¿O a Yussef o a tu supuesto esposo muerto? ¿A tus mentiras? ¿Al dinero? ¿Al poder? ¿A la necesidad de escapar de todo sin importar a quién destruyes en el camino?
Nayla negó entre lágrimas, desesperada.
—¡No entiendes! Solo quería ser libre… no hice esto con maldad. Yo… yo lo amé a Yussef alguna vez, sí… pero era un cobarde. Y luego te amé a ti… te amo a ti, habibi… eres mi habibi…
La palabra quedó suspendida en el aire.
Omar cerró los ojos un segundo, como si esa voz ya no le perteneciera al mundo en el que quería estar.
Cuando los abrió, dio un paso atrás.
—¡No sabes lo que es amar! —su tono subió por primera vez—. Si lo supieras, no habrías convertido mi vida en una red de culpa, mentiras y decisiones forzadas. Yo intenté ayudarte. Intenté darte una salida. Podías rehacer tu vida. Pero elegiste arrastrarme contigo.
El silencio entre ambos se volvió pesado.
Nayla bajó la mirada. Y entonces… rió.
No fue una risa alegre. Fue una risa rota, hueca, casi desesperada.
Omar sintió un escalofrío.
Ella se puso de pie lentamente.
—¿Yo destruirte? —repitió—. Tú ya estabas roto, Omar. Tú pudiste decir que no. Pudiste rechazarme. Pudiste respetar tu promesa con Samyra… pero no lo hiciste. Tú también elegiste.
Esas palabras no fueron suaves.
Fueron precisas. Y por eso dolieron.
Omar bajó la mirada.
No respondió de inmediato.
Porque una parte de él, muy en el fondo, sabía que había verdad en eso.
Pero no era una verdad que pudiera cambiar lo que ya estaba hecho.
Respiró hondo.
—Intenté ayudarte… pero no tienes solución. Ya vete.
—¡No! —Nayla dio un paso hacia él otra vez—. ¡No puedes dejarme así! ¡Samyra ya no está! Yo puedo ser tu esposa. La única. Solo tienes que aceptarlo…
Omar la miró por última vez. Y esta vez, su voz salió completamente apagada.
—Alá es mi testigo… ya no te debo nada. Ni a ti, ni a tu madre, ni a tus exigencias. No voy a seguir en esto.
Hizo una pausa breve.
—Vete.
—¡Omar, por favor!
Él ya no la escuchaba.
Se dio la vuelta y presionó un botón en su teléfono.
—Llévensela.
La respuesta fue inmediata. Guardias entrando. Pasos. Movimiento.
—¡Te vas a arrepentir! —gritó Nayla mientras la alejaban—. ¡Te juro que esto no se quedará así!
Pero Omar no reaccionó.
No la miró. No respondió.
Cuando la puerta se cerró, el silencio ocupó el espacio que ella había dejado.

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