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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 113

El motor se apagó cuando el silencio ya era casi absoluto.

Omar bajó de la camioneta sin prisa, como si cada movimiento le pesara más de lo normal.

El aire lo golpeó de inmediato: seco, frío, inmenso. No había edificios, no había luces, no había voces. Solo arena extendiéndose como un mar detenido.

El desierto de Liwa no era vacío.

Era presencia. Una presencia antigua, indiferente, que no preguntaba quién eras ni qué habías perdido.

Omar caminó unos pasos. La arena crujía bajo sus botas, como si el mismo suelo respondiera a su peso con paciencia infinita. Miró alrededor.

Nada. Solo horizonte. Solo distancia. Solo él.

Por primera vez en mucho tiempo, no había nadie a quien responderle, nadie a quien explicar nada, nadie a quien sostener con palabras que ya no significaban lo mismo.

Respiró hondo. Y ese simple acto dolió.

Porque incluso el aire parecía demasiado limpio para su pecho.

Se sentó en la arena sin pensar demasiado. No era una decisión. Era agotamiento.

El cielo empezó a oscurecer lentamente, como si el mundo entero estuviera apagando sus luces una por una. Y cuando la noche cayó por completo, el desierto cambió.

Ya no era vacío. Era infinito.

Las estrellas aparecieron una a una, sin prisa, como si siempre hubieran estado allí esperando ser vistas.

Omar levantó la vista.

Y por primera vez sintió algo que no era rabia, ni orgullo, ni control.

Pequeñez. Una pequeñez honesta, brutal.

Se llevó una mano al rostro.

Y entonces, sin aviso, los recuerdos llegaron.

No como imágenes ordenadas. Sino como golpes.

La voz de Samyra. Su mirada dulce enamorada.

Su forma de quedarse en silencio cuando algo dolía.

Y él… siempre él, fallando en el momento exacto donde debía haber sido distinto.

Omar cerró los ojos.

—Alá… —susurró.

Pero esta vez no había seguridad en su voz.

Solo vacío.

El viento sopló con más fuerza, moviendo la arena alrededor de él como si el mundo respirara sin interés.

Y por primera vez, Omar no intentó escapar del dolor.

Lo dejó quedarse. Porque entendió algo tarde, pero claro: no había huida posible cuando el problema eras tú mismo.

***

Esa noche no durmió. O, si lo hizo, no lo notó.

Solo existió entre pensamientos rotos y silencio.

Cuando amaneció, el desierto seguía igual.

Y él también.

Pero algo había cambiado de forma invisible: ya no estaba corriendo. Estaba enfrentando su responsabilidad, pero, por primera vez no se hundía en la culpa, la aceptaba, y estaba dispuesto a aprender perdonarse a sí mismo.

***

ZÚRICH

El hospital de Zúrich no tenía nada de caótico en apariencia.

Todo era limpio, controlado, preciso.

Pero debajo de esa superficie, la presión era constante.

Samyra caminaba por el pasillo con un expediente en la mano, revisando datos mientras escuchaba a dos investigadores discutir resultados a pocos metros.

No se detenía. No porque no le importara, sino porque entendía exactamente lo que estaba en juego.

—Si reducimos la dosis, perdemos eficacia —dijo uno.

—Y si la mantenemos, aumentamos riesgo en fase avanzada —respondió el otro.

Samyra escuchó sin interrumpir todavía.

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