Elise creyó que Samyra iba a reír, pero cuando lo hizo, la expresión de su rostro fue más suave de lo esperado.
No fue una risa nerviosa ni forzada, sino algo breve, contenido, como si por un segundo pudiera permitirse soltar el peso del día.
Elise dudó un instante, pero luego se acercó y tomó su mano con delicadeza.
—Samyra, perdona si te ofendí —dijo en voz baja—. A veces no mido mis bromas.
Samyra negó de inmediato, apretando apenas sus dedos.
—No me ofendes… es solo que… —hizo una pausa, bajando la mirada—. He estado muy estresada últimamente.
Elise asintió, comprendiendo sin necesidad de más explicación.
—Lo sé. Todos lo estamos. Desde que la nueva medicina no está dando resultados, el hospital está… diferente.
Samyra soltó un leve suspiro.
—Sí… demasiado incierto todo esto.
Hubo un silencio breve entre ambas, de esos que no incomodan, pero pesan.
Samyra fue la primera en romperlo.
—¿Cómo está tu bebé?
Elise parpadeó un segundo antes de responder.
—Bien… la guardería me ayuda mucho. Estoy… bien.
Pero su voz no sonó completamente convencida.
Samyra lo notó, aunque no insistió.
Ambas terminaron la jornada con esa sensación extraña de cansancio acumulado, no solo físico, sino mental.
El tipo de fatiga que se arrastra desde hace semanas sin descanso real.
Cuando comenzaron a salir del área médica, el ambiente del hospital ya era más silencioso. Algunos técnicos recogían material, otros apagaban luces.
El final del turno siempre tenía algo de alivio… y algo de inquietud.
Fue entonces cuando el profesor Duncan apareció.
—Doctora Brown —llamó con voz firme—, ¿quién le dio autorización para retirarse?
Elise se detuvo.
El tono no era casual. Era directo. Cortante.
—Tiene que revisar a los pacientes de la sección D. Aún no han sido evaluados.
Elise respiró hondo.
—Lo haré ahora mismo, doctor.
Su respuesta fue correcta, profesional. Pero había algo en su postura que delataba cansancio.
Duncan la observó unos segundos más de lo necesario.
—Espero que esta vez sí cumpla con todo.
Elise sintió ese comentario como una pequeña presión en el pecho, pero no respondió. Simplemente asintió.
—Esperaré aquí —añadió él, mirando alrededor—. No se demore.
Cuando Elise se alejó hacia los pasillos internos, Samyra quedó un momento en el mismo lugar.
Duncan giró hacia ella.
—Tú no tienes que quedarte esperando.
Samyra lo miró con leve sorpresa.
—Ella me pidió que la espere.
—No es necesario —respondió él de inmediato—. Elise es… incompetente en algunos aspectos. Tú no tienes por qué cargar con eso.
Samyra frunció ligeramente el ceño.
Había algo en ese comentario que no le gustó.
—Elise es muy inteligente —respondió con calma—. Solo está cansada como todos.
Duncan la observó un segundo más.
Su expresión no cambió, pero su mirada sí.
Más fría.
Más calculada.
—Si tú lo dices… —murmuró finalmente.
Y se dio la vuelta.
***
Mientras tanto, Elise terminaba la revisión de pacientes en la sección D. Su cansancio era evidente, pero seguía trabajando con precisión. Uno por uno, evaluaba expedientes, tomaba notas, ajustaba tratamientos.
Cuando finalmente terminó, se dirigió a la sala de descanso del personal.
Esperaba solo unos minutos de silencio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe