Samyra sintió una gota de sudor frío deslizarse por su nuca.
El laboratorio estaba casi vacío a esas horas.
Las luces blancas iluminaban las superficies metálicas con una claridad implacable, haciendo que todo pareciera demasiado limpio, demasiado silencioso.
Demasiado real.
Se quedó inmóvil frente a la mesa de trabajo durante varios segundos.
Todavía podía irse. Todavía podía esperar unos días más.
Todavía podía convencerse de que todo era producto del estrés.
Pero sabía que se estaba engañando.
Era médica.
Y los médicos eran los peores pacientes del mundo porque siempre reconocían los síntomas antes que nadie.
Las náuseas. El cansancio. Los cambios repentinos de humor. La sensibilidad extraña que había comenzado a notar en su cuerpo. Todo apuntaba a la misma dirección.
Y ella llevaba días evitando mirar esa verdad de frente.
Respiró profundamente.
Luego exhaló despacio.
—Solo necesito saberlo —murmuró para sí misma.
Aunque en el fondo sospechaba que ya conocía la respuesta.
Con movimientos automáticos comenzó a preparar el material.
Colocó sobre la mesa una aguja mariposa, un tubo de extracción y los implementos necesarios para procesar la muestra.
Todo aquello era parte de su rutina diaria.
Había extraído sangre cientos de veces. Miles, probablemente.
Pero jamás había sentido los dedos tan inestables.
Jamás había sentido tanto miedo.
Tomó el torniquete y lo colocó alrededor de su brazo izquierdo.
La presión de la banda elástica le apretó la piel.
Cerró el puño. Lo abrió. Volvió a cerrarlo.
La vena apareció bajo la superficie.
Visible. Perfecta. Lista.
Samyra observó su propio brazo unos segundos.
Y entonces apareció otro pensamiento.
Omar. Su nombre llegó sin permiso.
Como siempre. Su mandíbula se tensó.
Porque incluso después de todo lo ocurrido seguía siendo imposible no pensar en él.
Recordó su voz. Su mirada. La forma en que él parecía ocupar demasiado espacio dentro de su mente.
Recordó también la distancia que existía entre ellos.
Las heridas. Los errores. Todo lo que jamás había terminado de resolverse.
Su pecho se apretó.
—No pienses en eso ahora —se obligó a decir.
Tomó una torunda de alcohol y limpió la zona.
El frío le erizó la piel.
Después sujetó la aguja. Durante un instante dudó.
Solo uno. Luego la introdujo con precisión.
Un pequeño destello de sangre apareció de inmediato en el catéter transparente.
La vena estaba canalizada. Como siempre.
El procedimiento era sencillo.
Pero esa noche nada se sentía sencillo.
Colocó el tubo.
La sangre comenzó a llenar lentamente el recipiente.
Oscura. Densa. Extrañamente hipnótica.
Samyra observó el líquido ascender por el cristal.
Y sintió una presión creciente en el pecho.
Porque dentro de aquella muestra podía estar escondida una respuesta capaz de cambiar su vida entera.
Cuando terminó, soltó el torniquete.
Retiró la aguja.
Presionó algodón sobre el punto de punción. Luego observó el tubo durante unos segundos.
Era ridículo.
Parecía exactamente igual que cualquier otra muestra.
Y sin embargo, para ella, era la más importante de todas.
La sostuvo entre sus dedos. Su corazón latía demasiado rápido.
—Vamos —susurró.
Era hora. Colocó la muestra dentro de la centrifugadora.
Preparó el contrapeso. Cerró la tapa.
Presionó el botón de inicio.
El equipo comenzó a girar. Primero despacio. Luego más rápido. Y más rápido.
Hasta convertirse en un zumbido constante que llenó toda la habitación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe