Entrar Via

Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 116

Samyra no sabía qué hacer.

Salió del laboratorio con el resultado aún grabado en su mente como una sentencia imposible de ignorar.

Embarazada.

La palabra seguía resonando dentro de ella.

Cada paso por los pasillos del hospital se sentía extraño, como si el mundo continuara exactamente igual mientras el suyo acababa de cambiar para siempre.

Su mano se apoyó inconscientemente sobre su vientre.

Todavía no había nada que pudiera sentir.

Ningún movimiento. Ninguna señal.

Y aun así, sabía que ya no estaba sola.

Respiró hondo.

Necesitaba pensar. Necesitaba entender qué iba a hacer.

Pero antes de poder ordenar sus ideas, escuchó voces provenientes de una de las salas de descanso.

No tenía intención de prestar atención.

Sin embargo, una voz conocida la hizo detenerse.

Elise.

Dentro de la sala, Elise permanecía inmóvil.

La discusión con Duncan había escalado demasiado rápido.

Más de lo que esperaba. Más de lo que podía controlar.

—Doctor Duncan, olvide el pasado —dijo intentando mantener la calma—. Puede odiarme si quiere, pero no tiene derecho a arruinar mi carrera.

Duncan soltó una risa amarga. No era una risa divertida.

Era la risa de alguien que llevaba demasiado tiempo guardando algo.

—¿Olvidarlo?

Sus ojos se clavaron en ella.

—¿Crees que es tan fácil?

Elise sintió un nudo en el estómago.

Durante años había intentado convencerse de que aquello había quedado atrás.

Que el tiempo lo había solucionado todo.

Pero claramente no era así.

—Han pasado dos años.

—Para ti.

La respuesta fue inmediata. Duncan dio un paso hacia ella.

Luego otro.

—Tú seguiste adelante.

—Anibal...

—Te fuiste con quien sabe Dios quien, y tuviste una hija, luego, aunque él te abandonó, no miraste nunca atrás.

Su voz sonó más baja. Más peligrosa.

—Formaste una familia.

Elise bajó la mirada.

—Y la perdiste.

El silencio cayó entre ambos.

Por un instante, Duncan pareció quedarse sin palabras.

Porque esa parte también era verdad.

Elise no había tenido el final feliz que todos imaginaban.

Su matrimonio había terminado. Y había tenido que criar sola a su hija. Pero el resentimiento seguía ahí.

—Por ese poco hombre, me dejaste plantado.

Elise cerró los ojos.

Aquella verdad seguía siendo imposible de negar.

—Lo sé.

Duncan la observó durante varios segundos.

Había esperado odiarla para siempre.

Había esperado que el tiempo matara todo lo que sintió por ella.

Pero ahora que la tenía delante, descubrió que algunas heridas no desaparecen. Solo aprenden a esconderse.

Y aquello lo enfurecía.

Porque seguía viéndola.

Seguía recordándola. Seguía sintiendo cosas que no quería sentir.

Antes de darse cuenta, había reducido toda la distancia entre ellos.

Elise sintió cómo su respiración se aceleraba.

—Anibal...

Pero él ya no estaba escuchando.

Sus ojos descendieron hacia sus labios.

Y durante un segundo, ambos supieron que estaban cruzando una línea.

Una línea que jamás debieron acercarse a tocar.

Entonces ocurrió. El beso fue breve. Impulsivo. Equivocado.

Y precisamente por eso resultó tan devastador.

Elise abrió los ojos de golpe.

El corazón le golpeó el pecho con fuerza.

Duncan también pareció reaccionar de inmediato.

Como si acabara de despertar.

Retrocedió un paso. Luego otro.

La realidad cayó sobre ambos.

—Maldita sea...

Se pasó una mano por el rostro.

Por primera vez desde que ella lo conocía, parecía completamente descontrolado.

—Doctor...

—No digas nada.

Su voz sonó rota.

—No digas nada, Elise.

Y salió de la sala sin volver a mirarla.

**

A pocos metros de allí, Samyra permanecía inmóvil.

Había visto lo suficiente. No necesitaba escuchar más.

No sentía ganas de juzgarlos.

Ni siquiera estaba sorprendida. Lo único que sintió fue intriga.

Porque acababa de ver dos personas atrapadas en algo, inesperado.

El profesor Duncan siempre fue diferente, le pareció lejano y frío, pero ahora parecía un hombre desesperado.

AL pensar en eso, no pudo evitarlo, y aquello la obligó a pensar en Omar.

Bajó la mirada.

—Ella me salvó.

La voz de Elise fue suave.

—Cuando creí que ya no tenía razones para seguir adelante.

Samyra bajó la mirada.

Y por primera vez desde que recibió el resultado, sintió que podía respirar.

***

Cuando llegó a su apartamento, el silencio la recibió.

Dejó las llaves sobre la mesa. Se quitó los zapatos.

Y finalmente se sentó en la cama. Agotada. Vacía. Confundida.

Tomó el teléfono.

Su pulgar encontró el nombre de Omar casi por reflejo.

Lo observó durante varios segundos.

El número seguía ahí. Tan fácil de marcar. Tan fácil de romper todas sus decisiones.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

Podía llamarlo. Podía contarle. Podía decirle que estaba embarazada.

Que iba a tener un hijo suyo.

Pero entonces recordó otra cosa.

La esposa. La nueva vida. La distancia.

El silencio de todos aquellos meses.

Y comprendió algo doloroso. Omar nunca había regresado. Nunca la había buscado, al menos eso creía.

Y ella tampoco quería volver a convertirse en una mujer que rogaba por amor.

Apagó la pantalla.

—No...

Su voz apenas fue un susurro.

Las lágrimas comenzaron a caer lentamente. Dolían.

Porque todavía lo amaba.

Y precisamente por eso tenía que dejarlo ir.

Apoyó una mano sobre su vientre.

Esta vez no tembló.

—No eres una carga.

Las palabras salieron suaves. Sinceras.

—No eres un error.

Una lágrima cayó sobre su mejilla.

—Eres mi hijo.

Respiró profundamente.

Y por primera vez desde que salió del laboratorio, sintió algo parecido a la paz.

No sabía cómo iba a lograrlo. No sabía cuánto iba a sufrir.

No sabía cuántos obstáculos vendrían después.

Pero sabía una cosa. No estaría sola.

Porque ahora tenía una razón para seguir adelante.

—Tú y yo contra el mundo, bebé.

Y mientras acariciaba su vientre, sintió que el miedo seguía ahí. Pero ya no era lo único que quedaba.

También había esperanza.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe