Omar estaba solo.
El desierto se extendía a su alrededor como un océano infinito de arena dorada. El sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojizos.
Era hermoso. Y silencioso.
Extrañamente silencioso.
Durante casi un mes había permanecido allí, lejos de la ciudad, lejos de las presiones de su familia, lejos de los negocios y de todo aquello que había llenado su vida de ruido.
Necesitaba respirar.
Necesitaba pensar. Necesitaba encontrar algo de paz.
Arrodillado sobre la arena, comenzó a rezar.
Las palabras fluían con calma de sus labios mientras inclinaba la cabeza.
Durante mucho tiempo había sentido que algo dentro de él estaba roto.
Ansiedad. Culpa. Arrepentimiento.
Sentimientos que lo habían acompañado cada día desde que Samyra se marchó.
Pero allí, bajo aquel cielo inmenso, algo parecía más ligero.
No porque hubiera olvidado.
Jamás podría olvidarla.
Sino porque comenzaba a aceptar una verdad dolorosa.
Quizás la había perdido. Cerró los ojos.
El viento cálido rozó su rostro.
Y, como ocurría siempre que intentaba olvidarla, volvió a verla.
No era una visión. No era un sueño. Era un recuerdo demasiado vivo.
Su mente reconstruyó cada detalle con una precisión cruel.
Los ojos de Samyra. Su sonrisa. La manera en que lo miraba cuando todavía confiaba en él.
Cuando todavía lo amaba. Su pecho se contrajo.
Porque de todos los errores que había cometido, ese era el que más le dolía.
Haber destruido la confianza de la única mujer que realmente había amado.
—Samyra... —murmuró.
Su voz se perdió en el viento. Bajó la mirada.
—¿Alguna vez podrás perdonarme?
La pregunta quedó suspendida en el silencio.
No esperaba una respuesta. No la merecía.
Porque sabía perfectamente que había llegado demasiado tarde.
Demasiado tarde para explicar.
Demasiado tarde para reparar, tarde para volver atrás.
—Nunca podré cambiar lo que hice.
Su voz era apenas un susurro.
—Pero ojalá pudieras saber una cosa.
Cerró los ojos nuevamente.
Y por primera vez en mucho tiempo, las palabras salieron sin resistencia.
—Te amo.
El viento movió su túnica.
—Te amé ayer.
Una pausa.
—Te amo hoy.
Otra más.
—Y seguiré amándote mañana.
Sintió un nudo formarse en su garganta.
—En esta vida solo te amaré a ti.
El silencio respondió.
Y, por primera vez, no sintió desesperación.
Solo tristeza. Una tristeza serena. Dolorosa.
Como la de alguien que finalmente entiende que amar a una persona no significa poseerla.
Permaneció allí varios minutos más.
Luego se puso de pie. Había llegado el momento de regresar.
***
El viaje de vuelta fue largo.
Cuando finalmente llegó a la residencia familiar, el cielo ya estaba oscuro.
Sus abuelos lo recibieron de inmediato.
Y ambos notaron el cambio.
Seguía triste. Seguía llevando heridas. Pero algo en él parecía más tranquilo. Más estable.
Como si hubiera dejado parte de su carga en el desierto.
Esa noche cenaron juntos.
La conversación fue tranquila.
Por primera vez en semanas no hubo discusiones.
Ni presiones. Ni reproches.
Pero entonces sonó el teléfono. Omar observó la pantalla.
Era su abogado. Contestó.
—¿Sí?
La voz del hombre llegó clara.
—Señor Al-Sabah, llamo para recordarle que mañana se realizará la ratificación oficial del divorcio ante el juez.
El corazón de Omar se tensó.
Aquella paz que había encontrado durante semanas se resquebrajó en un instante.
Porque una cosa era aceptar la posibilidad.
Y otra muy distinta escuchar la fecha.
Mañana. Mañana dejaría de ser el esposo de Samyra.
—Entiendo.
Su voz salió más baja.
—Estaré allí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe