Nassira lloraba sin control.
Las lágrimas corrían por su rostro mientras permanecía de rodillas en medio de la sala, incapaz de aceptar lo que acababa de ocurrir.
La puerta se había cerrado detrás de Mohamed.
Y con ella, parecía haberse cerrado también la vida que había imaginado junto a él.
La abuela tomó los documentos médicos con manos temblorosas.
Los leyó una vez. Luego otra.
Como si esperara encontrar un error. Como si las palabras pudieran cambiar.
Pero no cambiaron.
El diagnóstico seguía ahí. Infertilidad.
La mujer llevó una mano a su pecho.
—¡Por Alá...!
Su voz se quebró. Las lágrimas llenaron sus ojos.
No lloraba porque Nassira no pudiera tener hijos.
Lloraba porque comprendía el miedo que había llevado a su nieta a ocultar la verdad.
El abuelo permaneció en silencio unos segundos.
Observó a Nassira. Observó los documentos.
Y finalmente habló.
—¿Por qué lo ocultaste?
Nassira levantó el rostro cubierto de lágrimas.
—Porque tenía miedo...
Su voz salió rota.
—Tenía miedo de perderlo.
Las lágrimas volvieron a caer.
—Mohamed era lo mejor que me había pasado. No quería que me abandonara.
—¿Y creíste que una mentira podía sostener un matrimonio para siempre? —preguntó el abuelo con tristeza.
Nassira rompió a llorar con más fuerza.
—Lo amaba...
La abuela se acercó rápidamente y la abrazó.
—Lo sé, hija.
—Lo amo... lo amo tanto...
La mujer temblaba entre sollozos.
—No quería engañarlo. Solo quería tiempo. Pensé que encontraría una solución. Pensé que podría arreglarlo.
Pero ahora comprendía que no había nada que arreglar.
Porque el problema ya no era la infertilidad.
Era la mentira.
El abuelo cerró los ojos.
—Debiste confiar en él.
Nassira bajó la cabeza. Demasiado tarde. Todo era demasiado tarde.
Entonces sus ojos encontraron a Omar.
Había permanecido en silencio observándolo todo.
Y algo dentro de ella se rompió.
—¿Por qué no me ayudaste?
Omar la miró.
—Hermana...
—¡Lo hiciste por venganza!
La acusación resonó en toda la habitación.
—¡Todavía me odias por lo que pasó con Samyra!
La abuela levantó la mirada. El abuelo frunció el ceño.
Pero Omar negó lentamente.
No había rabia en sus ojos. Solo cansancio.
—No.
Nassira apretó los puños.
—¡Sí!
Su voz fue firme.
—No puedo obligar a un hombre a quedarse después de una mentira tan grande.
Las lágrimas continuaron cayendo por el rostro de Nassira.
—Yo lo amo...
—Lo sé.
—¡Voy a morir sin él!
Omar se acercó.
Se arrodilló frente a ella. Tomó su rostro entre sus manos.
—No vas a morir.
Nassira cerró los ojos.
—Sí voy a hacerlo.
—No.
Su voz fue suave.
—Vas a sufrir. Mucho. Pero vas a sobrevivir.
Nassira rompió en llanto.
—No puedo...
—Sí puedes.
Omar acarició su cabello.
—Si aún existe amor, pídele perdón.
—Y si no puedes salvarlo...
Su propia voz se quebró apenas.
Porque sabía perfectamente lo que significaba perder al amor de tu vida.
—Entonces tendrás que dejarlo ir.
La habitación quedó en silencio. Solo se escuchaban los sollozos de Nassira.
***
A la mañana siguiente.
Omar llegó al tribunal acompañado por su abogado.
El edificio era elegante. Impersonal.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe