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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 119

Una semana después.

Samyra recibió una llamada aquella mañana.

Era Fadia. Su abogada.

Le informó que había viajado a Zúrich y que necesitaba verla para entregarle unos documentos importantes.

Desde que colgó el teléfono, una extraña inquietud se instaló en su pecho.

Sabía perfectamente qué documentos eran.

Había estado esperando ese momento durante semanas.

Y aun así, cuando finalmente llegó, descubrió que no estaba preparada.

Aquella tarde acudió a la cafetería acordada.

Mientras caminaba por las calles de Zúrich, una mano se posó inconscientemente sobre su vientre.

Todavía estaba plano. Nadie podía imaginar que estaba embarazada.

Ni Fadia. Ni nadie.

Y por ahora quería que siguiera siendo así.

Aquello era lo único que le pertenecía por completo.

Lo único que nadie podía quitarle.

Al entrar en la cafetería divisó a Fadia sentada junto a la ventana.

La mujer sonrió inmediatamente al verla.

Samyra también sonrió.

Por primera vez en mucho tiempo, aquel gesto no fue una máscara.

Se acercó y ambas se abrazaron con afecto.

—Me alegra mucho verte —dijo Fadia.

—A mí también.

Tomaron asiento.

La camarera dejó dos cafés sobre la mesa.

Fadia observó atentamente a Samyra.

Durante varios segundos no dijo nada. Simplemente la estudió.

—Te ves diferente.

Samyra arqueó una ceja.

—¿Diferente?

—Sí.

Fadia sonrió.

—Tienes luz en los ojos.

Samyra bajó la mirada hacia la taza.

—¿Luz?

—No pareces triste.

Aquellas palabras la hicieron pensar.

Meses atrás habría llorado inmediatamente. Meses atrás habría pasado las noches preguntándose qué había hecho mal.

Meses atrás su vida giraba alrededor de Omar.

Ahora no. Todavía dolía. Claro que dolía.

Pero el dolor ya no gobernaba su existencia.

—La verdad... no tengo tiempo para la tristeza.

Fadia la observó en silencio.

—Estoy construyendo una nueva vida aquí. Trabajo, estudio, aprendo. Cada día veo pacientes, ayudo personas y doy lo mejor de mí.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Por primera vez siento que estoy avanzando.

Fadia asintió. Parecía orgullosa.

Luego abrió lentamente su maletín. Y el ambiente cambió.

Samyra lo sintió.

La realidad regresó de golpe.

Fadia extrajo una carpeta. La colocó sobre la mesa.

—Samyra...

Su corazón dio un salto.

—Tu divorcio es oficial.

El mundo pareció quedarse en silencio.

Samyra observó los documentos.

Durante unos segundos no los tocó. Solo los miró.

Aquellas hojas representaban el tiempo de amor. El tiempo de sueños. La ilusión de promesas.

Finalmente extendió la mano. Tomó el certificado.

Sus ojos recorrieron las líneas.

Su nombre. El nombre de Omar.

Las firmas. Los sellos.

Todo estaba allí.

Era real. Definitivo. Irreversible.

Una sensación extraña atravesó su pecho.

No era exactamente tristeza. Tampoco alivio.

—Omar Al-Sabah, me pidió que te entregara esto.

La carta quedó sobre la mesa.

Samyra la observó. Sin tocarla.

Era extraño. Aquella simple hoja de papel parecía pesar toneladas.

Como si contuviera el final definitivo de una historia que ninguno de los dos había querido terminar.

Sintió un dolor antiguo. Uno que creía superado.

Como cuando una herida empieza a cicatrizar y alguien arranca la costra antes de tiempo.

La herida sigue allí. Y vuelve a sangrar.

Tomó el sobre lentamente.

Sus dedos temblaron apenas.

—Es su despedida —dijo Fadia.

Samyra bajó la mirada. Intentando controlar las emociones que comenzaban a despertar.

Entonces Fadia guardó silencio.

Un silencio extraño. Incómodo.

Samyra levantó la cabeza.

—¿Qué ocurre?

Fadia parecía debatirse consigo misma.

Como si estuviera decidiendo si debía hablar o no.

—Hay algo más que quiero decirte.

Samyra sintió una punzada de inquietud.

—¿Qué sucede?

Fadia suspiró.

—Quizás no debería involucrarme, me pediste que no dijera nada, pero…

—Fadia...

La mujer la miró directamente a los ojos.

—Omar no se casó.

El tiempo pareció detenerse.

Samyra se quedó inmóvil.

Sus ojos se abrieron lentamente.

—¿Qué?

—La boda nunca ocurrió.

La taza de café tembló ligeramente entre sus dedos.

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