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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 120

—¿Por qué? —preguntó Samyra.

La sorpresa fue tan grande que por un momento olvidó respirar.

Sus dedos permanecieron inmóviles alrededor de la taza de té.

Su corazón latía con fuerza.

Fadia la observó unos segundos antes de responder.

—Cuando te llamé mientras estabas en Nueva York, todavía no sabía nada. Pero después comenzaron a circular rumores y terminé investigando un poco por curiosidad.

Samyra sintió una extraña tensión recorrerle el cuerpo.

No sabía si realmente quería escuchar aquello.

Y sin embargo, necesitaba hacerlo. Necesitaba entender.

—¿Qué descubriste?

Fadia acomodó una carpeta dentro de su maletín antes de responder.

—Al parecer, poco antes de la boda surgieron pruebas de que Nayla mantuvo una relación con otro hombre durante su primer matrimonio.

Samyra permaneció en silencio.

—Dicen que el bebé que esperaba no pertenecía a su difunto esposo.

La cafetería siguió llena de gente. Las conversaciones continuaban alrededor.

Las cucharillas golpeaban las tazas. La máquina de café funcionaba al fondo.

Y aun así, Samyra sintió que el mundo entero se había quedado en silencio.

—Horas antes de la ceremonia todo salió a la luz.

Fadia suspiró.

—Y la boda terminó cancelándose.

Samyra bajó lentamente la mirada.

Observó el vapor que ascendía desde su taza. No sintió satisfacción. No sintió alegría. No sintió justicia.

Solo una extraña sensación de vacío.

Había imaginado muchas posibilidades.

Tal vez Omar se había arrepentido.

Tal vez había comprendido lo que había perdido.

Tal vez... Pero no.

La realidad era otra.

"No fue por mí."

La idea apareció con claridad.

"No se arrepintió por mí."

El dolor llegó después.

Silencioso. Profundo.

Porque aquella noticia confirmaba algo que ella llevaba mucho tiempo intentando aceptar.

Omar nunca había luchado por detener el divorcio.

Nunca había corrido tras ella. Nunca había ido a buscarla.

Simplemente la había dejado marchar.

Y aunque Nayla hubiera resultado ser una mentirosa, eso no cambiaba nada.

La promesa seguía rota.

El daño seguía hecho.

Ese fue su pensamiento, Samyra respiró profundamente.

Luego levantó la vista.

—Ah, entiendo.

Fadia pareció sorprendida por su calma.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Samyra.

Era una sonrisa tranquila. Casi serena.

—Bueno, qué lástima.

Fadia parpadeó.

—¿Lástima?

—Espero que el señor Al-Sabah encuentre una mejor esposa y sea feliz.

La abogada la observó durante varios segundos.

Como si intentara descubrir si aquellas palabras eran sinceras. Y quizás lo eran.

O quizás eran simplemente la forma más elegante de ocultar un corazón roto.

—Eres una mujer extraña, Samyra.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Por qué?

—Porque la mayoría de mis clientes desean que sus excónyuges sufran durante el resto de sus vidas.

Aquello arrancó una sonrisa genuina de Samyra.

—No creo que eso ayude a nadie.

—Definitivamente eres diferente.

Fadia tomó un sorbo de café.

—Creo que hemos terminado oficialmente.

Samyra asintió. Todo había terminado.

El matrimonio. Los trámites. Las firmas. Todo.

La palabra divorciada seguía resultándole extraña.

Como si perteneciera a otra persona.

No a ella. No a la mujer que una vez creyó que pasaría toda su vida junto a Omar.

Fadia comenzó a guardar los documentos.

—Al menos todo salió relativamente bien.

—¿Relativamente?

—Créeme, he visto cosas peores.

Samyra arqueó una ceja.

—¿Tan malas?

Fadia soltó una carcajada.

—Muchísimo peores. He tenido exmaridos que persiguen a sus exes por medio mundo.

Samyra sonrió.

—Eso suena aterrador.

—Lo es.

Fadia se acomodó en la silla.

—Uno de ellos apareció tres veces en distintos países intentando recuperar a su esposa.

—¿Y funcionó?

—No.

Fadia asintió.

—Muy triste.

Después de eso la conversación continuó algunos minutos más.

Pero Samyra apenas pudo concentrarse. Las palabras iban y venían.

Las escuchaba sin realmente escucharlas.

Su mente seguía atrapada en aquella historia.

Finalmente, ambas se levantaron.

Se abrazaron. Y se despidieron.

Cuando Fadia desapareció calle abajo, Samyra permaneció inmóvil unos segundos.

Entonces comenzó a caminar. Al principio despacio. Luego más rápido.

Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos.

Intentó contenerlas. No pudo.

La historia de aquella mujer seguía resonando dentro de su cabeza.

"Intentó quitarle a su hijo."

"Tuvo que volver."

"Perdió su libertad."

Su respiración comenzó a acelerarse.

El miedo crecía. Cada vez más.

Hasta convertirse en pánico.

No. No. Eso no podía pasarle.

No podía.

Sintió un mareo repentino. Todo comenzó a dar vueltas.

Se tambaleó. Y justo entonces alguien la sostuvo por los hombros.

—¡Samyra!

Era Elise.

Acababa de llegar. La observó alarmada.

—¿Qué ocurre?

Aquello fue suficiente.

Toda la fortaleza que Samyra había sostenido durante semanas se derrumbó.

Las lágrimas comenzaron a caer.

Una tras otra.

—¡Samyra!

Elise la abrazó inmediatamente.

Y entonces Samyra se rompió. Se aferró a ella con desesperación. Como si fuera la única cosa estable en el mundo.

—¡No quiero que me quiten a mi hijo!

Su voz salió entre sollozos.

—¡No quiero que me quiten mi libertad!

Elise abrió los ojos horrorizada.

No entendía completamente lo que estaba ocurriendo.

Pero entendía una cosa. Samyra estaba aterrada.

Y el miedo que veía en sus ojos era tan profundo que parecía capaz de destruirla.

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