Elise llevó a Samyra hasta su apartamento sin dejar de observarla.
Durante todo el trayecto, Samyra apenas habló.
Mantenía la mirada perdida a mientras sus manos descansaban sobre su regazo, aferradas una a la otra con tanta fuerza que los nudillos se habían vuelto blancos.
La historia que Fadia le había contado seguía resonando en su cabeza.
Un hijo arrebatado.
Una vida obligada.
Y cada vez que recordaba aquellas palabras, una sensación de terror volvía a apoderarse de ella.
Cuando llegaron al apartamento, la niñera entendió que algo no estaba bien.
Se despidió rápidamente y salió con discreción.
En cuanto la puerta se cerró, el silencio se apoderó del lugar.
Elise condujo a Samyra hasta el sofá.
Luego fue a la cocina y regresó con un vaso de agua.
—Toma.
Samyra lo recibió con manos temblorosas.
Bebió despacio. Intentando controlar la ansiedad. Intentando respirar. Intentando convencerse de que todo estaba bien.
Pero no estaba bien. Nada estaba bien.
Elise se sentó frente a ella.
Durante unos segundos ninguna habló.
La preocupación era evidente en los ojos de la médica.
Finalmente rompió el silencio.
—Samyra...
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
Elise dudó.
Como si temiera equivocarse.
—¿Estás embarazada?
El corazón de Samyra se detuvo. Sus dedos se tensaron alrededor del vaso.
Instintivamente una mano descendió hasta su vientre.
Fue un gesto automático. Inconsciente. Protector.
Y en ese mismo instante comprendió que ya había respondido.
Los ojos de Elise se suavizaron. Samyra sintió lágrimas acumulándose nuevamente.
Tenía miedo. Mucho miedo.
Pero estaba cansada de mentir. Cansada de fingir.
Lentamente asintió.
Elise soltó el aire que había estado conteniendo.
Luego tomó una de sus manos.
—Oh, Samyra...
No había reproche. No había decepción. Solo comprensión.
Eso fue suficiente para romper algo dentro de ella.
—No te van a quitar tu lugar en el posgrado —dijo Elise con firmeza—. Eres la estudiante más brillante de toda la escuela.
Samyra sonrió débilmente.
—Ves, entonces no entiendo por qué estás tan asustada.
La sonrisa desapareció.
Samyra bajó la mirada.
Su mano volvió a apoyarse sobre su vientre. Aquel pequeño ser todavía era invisible para todos.
Pero ya se había convertido en el centro de su mundo.
—No tengo miedo por el posgrado.
Elise guardó silencio.
—Tengo miedo por mi exesposo.
La expresión de Elise cambió inmediatamente.
—¿Crees que intentará hacerte daño?
Ella tardó varios segundos en responder.
Porque la verdad era compleja. Omar nunca le había hecho daño físicamente.
Nunca la había golpeado. Nunca la había humillado. Nunca la había maltratado.
Y sin embargo...
El miedo seguía allí. Más fuerte que nunca.
Recordó la historia que Fadia le había contado.
La mujer obligada a regresar. La mujer que aceptó compartir a su esposo. La mujer que lloró por no perder a su hijo.
Recordó también el inmenso poder de la familia Al-Sabah.
Su influencia. Su riqueza. Sus conexiones.
Y por primera vez imaginó a Omar utilizando todo aquello para reclamar a su hijo.
El simple pensamiento hizo que se estremeciera.
—No lo sé —admitió finalmente.
Su voz sonó frágil.
—No sé lo que haría.
Elise la observó atentamente.
—¿Crees que te quitaría a tu bebé?
Samyra sintió un nudo en la garganta. Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos.
—No quiero averiguarlo.
La respuesta fue casi un susurro.
Y precisamente por eso resultó tan dolorosa. Porque no nacía de la certeza. Nacía del miedo.
Elise comprendió aquello.
Comprendió que Samyra no estaba intentando castigar a Omar.
No estaba actuando por venganza. Estaba aterrada.
Era una mujer sola en un país extranjero. Embarazada. Divorciada.
Y tratando desesperadamente de proteger lo único que sentía verdaderamente suyo.
Elise apretó suavemente su mano.
—Piensa bien lo que vas a hacer.
Samyra asintió.
—Lo haré.
—Pero quiero que sepas algo.
Ella levantó la vista.

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