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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 122

Nassira sollozó, y el sonido no fue suave. Fue un quiebre.

—¡Acepto… con tal de no perder a mi esposo, acepto una segunda esposa!

Las palabras cayeron como una sentencia dentro de la casa.

El silencio fue inmediato, absoluto. Incluso el aire parecía haberse detenido.

La abuela la miró con los ojos húmedos y se acercó despacio, como si cada paso le pesara.

—Mi pobre nieta… piénsalo bien, por favor. No hables desde el miedo.

Nassira bajó la mirada. Sus manos temblaban, pero no retrocedió. No había fuerza en su voz, pero sí determinación nacida del dolor.

—Ya lo he pensado… demasiado.

Nadie respondió.

El tipo de silencio que siguió no era vacío. Era un silencio lleno de cosas no dichas: orgullo roto, expectativas enterradas, amor convertido en negociación.

La madre de Mohamed se levantó por fin. Su expresión era grave, pero no cruel. Había algo resignado en ella, como si entendiera que ninguna de las decisiones que tomaban ahí era verdaderamente buena.

—Entonces… buscaré una segunda esposa adecuada.

Hizo una pausa.

—Nassira, prometo que nunca dejarás de ser mi amada hija. Esto… solo será un recuerdo triste.

La frase no consoló a nadie. Solo confirmó lo inevitable.

Nassira cerró los ojos un instante. No lloraba ya por lo que estaba perdiendo en ese momento, sino por lo que entendía que nunca volvería a ser suyo del todo. Tenía miedo de una segunda esposa, pero más sentía miedo de ser una mujer divorciada en ese mundo, pensó en Samyra, como ella se divorció, y se marchó sin mirar atrás.

“No soy tan fuerte…”, pensó

El hogar seguía en pie, pero algo dentro de él ya se había fracturado.

Y nadie se atrevió a romper ese silencio.

***

En Zurich.

Samyra volvió a su departamento sintiendo el cuerpo pesado, como si cada paso la alejara un poco más de algo que no sabía nombrar.

El mundo afuera seguía funcionando con normalidad, pero dentro de ella todo estaba suspendido.

Cerró la puerta sin hacer ruido.

Dejó su bolso sobre una silla.

No encendió las luces al principio. Se quedó unos segundos en la penumbra, como si la oscuridad pudiera darle una respuesta que la claridad no ofrecía.

Finalmente comió algo sin sabor, por obligación más que por hambre. Cada bocado era mecánico, como si su cuerpo estuviera funcionando sin su consentimiento.

Luego fue a su habitación.

Se recostó sin desvestirse del todo y se quedó mirando el techo.

Sintió que había un vacío en ese lugar.

Porque no tenía testigos.

Solo pensamientos.

Uno de ellos regresó con fuerza.

La carta.

Su mano tardó en alcanzarla, como si incluso el papel tuviera peso emocional. Cuando por fin la sostuvo, sintió un leve temblor recorrerle los dedos.

No quería leerla.

Y, sin embargo, la abrió.

La caligrafía árabe era impecable. Familiar. Demasiado personal como para ser solo tinta.

Sus ojos se humedecieron antes de comenzar.

Se obligó a seguir.

“Samyra.”

La sola palabra ya le apretó el pecho.

“Cuando leas esta carta, seguramente ya sabrás que acepté el divorcio. No… no pienses que esta decisión nace del desamor o del rencor. Te amo. Siempre te he amado.”

Se detuvo. Respiró hondo.

Volvió a leer la línea. Una vez. Dos veces. Tres.

Porque su mente se negaba a aceptarla con facilidad.

“No me casé con ella.”

“El amor no siempre fracasa por falta de sentimientos.”

Su visión se nubló.

“A veces fracasa porque una persona cuando ama no sabe cómo sostener el amor sin destruirlo y ese fue mi peor error.”

Su mano temblaba tanto que tuvo que apoyar la carta contra su pecho.

“Viviré extrañándote. Pero quiero verte feliz… incluso si esa felicidad no me incluye, quiero verte triunfar, y aplaudiré tus logros, incluso en este silencio de amor que es solo para ti.”

Una pausa final.

“Sé feliz por los dos.”

Firmado con una calma que no correspondía al dolor que transmitía.

“Omar Al-Sabah.”

La carta cayó ligeramente sobre su pecho.

Y entonces Samyra rompió. No fue un llanto contenido.

Fue un colapso silencioso.

Se abrazó a sí misma como si intentara sostener lo que dentro de ella se estaba deshaciendo.

La carta contra su corazón.

El nombre de él latiendo en su mente como un eco imposible de apagar.

Del otro lado del mundo, no lo sabía, pero imaginó por un instante que Omar también estaba en silencio, sosteniendo algo que ya no podía recuperar.

Y esa idea la quebró aún más.

Porque comprendió algo que dolía de una forma distinta.

El amor no siempre moría por falta de sentimientos.

A veces moría porque dos personas que se amaban profundamente no lograron encontrar un lugar donde ese amor pudiera sobrevivir sin destruirlos.

Samyra cerró los ojos.

Y por primera vez, no lloró solo por lo que perdió.

Lloró por lo que nunca pudieron salvar.

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