Samyra no dejó de pensar en ello durante los días siguientes.
Intentó concentrarse en sus clases.
Intentó concentrarse en los exámenes.
Intentó concentrarse en su nueva vida.
Pero era imposible.
Cada mañana, al despertar, su mano terminaba posándose sobre su vientre.
Y cada noche, antes de dormir, las mismas preguntas regresaban para atormentarla.
¿Debía decirle la verdad a Omar?
¿Tenía derecho a ocultarle que sería padre?
Se sentó junto a la ventana de su pequeño apartamento en Suiza y observó la nieve caer lentamente.
Su corazón estaba dividido.
Por una parte, su conciencia le decía que Omar merecía saberlo.
Después de todo, aquel bebé también era suyo.
Era su primer hijo.
El primer nieto de los Al-Sabah.
Un niño que toda la familia recibiría con alegría.
Pero entonces aparecía el miedo.
Un miedo tan grande que le impedía respirar.
¿Y si intentaban quitárselo?
¿Y si la poderosa familia Al-Sabah consideraba que una estudiante extranjera no era adecuada para criar al heredero?
¿Y si la obligaban a regresar?
¿Y si un juez le daba la razón a Omar?
¿Y si perdía a su bebé?
Las lágrimas llenaron sus ojos.
—No... —susurró mientras abrazaba su vientre.
Solo pensar en aquella posibilidad la aterraba.
Ella había perdido demasiadas cosas en su vida.
No soportaría perder también a su hijo.
Recordó el rostro de Omar.
Recordó al hombre del que se había enamorado.
Al hombre que alguna vez la había hecho sentir segura.
Al hombre que le prometió que jamás tomaría una segunda esposa.
Al hombre que terminó rompiendo aquella promesa.
Cerró los ojos.
—Tal vez cambió... —murmuró.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Tal vez ahora sería diferente...
Pero luego recordó las noches llorando.
La humillación. La traición. El divorcio.
Y el miedo volvió.
—¿Y si no cambió?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Samyra respiró profundamente.
Después de semanas enteras pensando en ello, finalmente tomó una decisión.
Quizá era egoísta. Quizá estaba equivocada.
Pero era una madre. Y actuaría como una madre.
—No voy a arriesgarme.
Acarició su vientre con ternura.
—Mi hijo se quedará conmigo.
Y por primera vez en muchos días sintió algo parecido a la paz.
***
En Dubái
Un mes después.
Nassira observaba su reflejo frente al espejo.
Habían pasado varias semanas desde que aceptó la idea de una segunda esposa.
Todavía no podía creer que hubiera pronunciado aquellas palabras.
Cada vez que lo recordaba sentía una punzada en el pecho.
Hubo momentos en que quiso retractarse.
Momentos en que deseó correr hacia Mohamed y decirle que olvidara todo.
Pero ya era tarde.
Las cosas parecían mejorar. Mohamed había regresado a casa. Pasaban más tiempo juntos.
Hablaban.
Intentaban reconstruir la confianza.
Y ella no quería arruinar aquel pequeño progreso.
Se acomodó el velo. Luego observó su vientre.
Vacío. Siempre vacío.
El dolor apareció una vez más.
Aquella tarde tenían cita con un médico famoso.
Un especialista al que muchas mujeres llamaban milagroso.
Nassira se aferraba a cualquier esperanza.
A cualquier posibilidad. A cualquier promesa.
Solo quería convertirse en madre.
Solo quería darle un hijo a Mohamed.
Solo quería dejar de sentir que estaba fallando como esposa.
Sus ojos se humedecieron.
Y sin querer, recordó a Samyra.
—Porque ya no puedo seguir callando.
Nassira sintió que algo horrible estaba a punto de ocurrir.
—No debiste mentir —continuó Nayla—. Y yo tampoco debí aceptar las mentiras.
Las dos mujeres se miraron confundidas.
—Habla de una vez —ordenó la suegra.
Las lágrimas llenaron los ojos de Nayla.
Pero no parecía una mujer satisfecha. No parecía una mujer victoriosa.
Parecía alguien desesperado. Alguien asustado. Alguien que había llegado al límite.
Lentamente llevó una mano a su vientre.
—Yo también fui engañada.
Nassira sintió un escalofrío.
—¿Qué estás diciendo?
—Mohamed me prometió muchas cosas.
La voz de Nayla tembló.
—Me dijo que resolvería todo. Me dijo que encontraría una solución. Me dijo que tendría un lugar para mí.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Esperé. Creí en él. Pero ya no puedo seguir esperando.
El rostro de la suegra palideció.
Nassira dejó de respirar.
Y entonces Nayla pronunció las palabras que destruyeron el mundo de ambas.
—Estoy embarazada, tengo apenas unas semanas.
El silencio fue absoluto. Nadie se movió. Nadie habló.
Nassira sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Pero Nayla aún no había terminado.
Con lágrimas resbalando por sus mejillas, acarició su vientre.
—Y este bebé...
Su voz se quebró.
—Es hijo de Mohamed.
El mundo explotó.
Nassira retrocedió un paso. Luego otro. Y otro más.
Su corazón latía con violencia.
No. No podía ser.
No cuando por fin estaba recuperando a su esposo. No cuando estaba luchando por salvar su matrimonio.
No cuando intentaba convertirse en madre.
Sintió que todo se hacía añicos frente a sus ojos.
Y mientras observaba a Nayla sujetarse el vientre como si protegiera a su hijo del mundo entero...
Por primera vez comprendió exactamente cómo debió sentirse Samyra cuando toda su vida se derrumbó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...