La madre de Mohamed se quedó inmóvil.
Por un instante, nadie habló.
Nassira tampoco podía hacerlo.
Sentía que el mundo entero se había detenido.
Que el aire había desaparecido de sus pulmones. Que aquella escena no era real. No podía ser real.
Miró a Nayla. Luego a su vientre.
Después volvió a mirarla.
—No... —susurró—. No es cierto.
Nayla bajó la cabeza. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.
No parecía feliz. No parecía victoriosa. Parecía agotada.
Como alguien que había cargado demasiado tiempo con un secreto.
—Lo juro —dijo con voz temblorosa—. Llamen a Mohamed si no me creen.
La madre de Mohamed dio un paso adelante.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo la verdad.
Nayla apretó las manos contra su vientre.
—Yo tampoco imaginé que las cosas terminarían así, fue un momento de debilidad, yo, quise detenerlo y no pude.
Nassira sintió que las piernas comenzaban a fallarle.
—Cállate...
—Nassira...
—¡Cállate!
Las lágrimas brotaron de sus ojos.
—¿Cómo pudiste?
Nayla también comenzó a llorar.
—Yo nunca quise lastimarte.
—¿No quisiste lastimarme?
La voz de Nassira se quebró.
—¡Eras mi amiga!
—Lo sé.
—¡Entraste a mi casa! ¡Comiste conmigo!
—Lo sé.
—¡Y te acostaste con mi esposo!
El silencio cayó sobre la mansión.
Nayla cerró los ojos. Como si aquellas palabras fueran una sentencia.
—Fue un error.
—¿Un error?
Nassira soltó una risa llena de dolor.
—¿Y el bebé también fue un error?
Nayla se quedó callada unos segundos.
Luego negó.
—No.
Acarició su vientre.
—Mi hijo no es un error.
La madre de Mohamed observaba la escena completamente impactada.
Nayla levantó la mirada.
—No vine para quitarte nada.
—¿Nada?
—No vine a destruir tu matrimonio.
Nassira sintió deseos de gritar.
Las lágrimas corrieron por el rostro de Nayla.
—Solo vine porque mi hijo tiene derecho a existir.
La suegra abrió los ojos.
Volvió a tocar su vientre.
—No estoy sola. Ahora seré madre. Y debo pensar en él.
La madre de Mohamed bajó lentamente la mirada hacia aquel vientre.
El silencio fue absoluto. Y entonces ocurrió.
Su expresión cambió. Por completo.
—¿De verdad estás embarazada?
Nayla asintió.
—Sí.
La mujer llevó una mano a su pecho.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Un nieto?
Nassira sintió que el corazón se detenía.
—Madre...
—¿Un nieto de Mohamed?
Nayla volvió a asentir.
Y entonces la mujer sonrió. Una sonrisa enorme. Una sonrisa que atravesó el pecho de Nassira como un cuchillo.
—¡Alabado sea Alá!
Nassira palideció.
—¡Un nieto!
La mujer comenzó a llorar.
—¡La salvación de esta familia!
Aquellas palabras destrozaron algo dentro de Nassira.
Porque comprendió algo horrible. Algo que siempre había sospechado. Pero que jamás había querido aceptar.
Ella nunca había sido suficiente.
Nunca.
No importaba cuánto amara a Mohamed. No importaba cuánto luchara. No importaba cuánto intentara.
Lo único que importaba era el heredero que jamás pudo darles.
Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Retrocedió. Luego otro paso. Y otro más.
Hasta que dio media vuelta.
Y salió corriendo.
***
No escuchó los gritos detrás de ella.
No escuchó a los empleados. No escuchó nada.
Solo corría.
Las lágrimas nublaban su visión.
Su pecho dolía. Su alma dolía. Todo dolía.
Corrió por el jardín. Por la entrada principal.
Hasta que uno de los guardias logró detenerla.
—Señora…
Ella se soltó.
—¡Llévame con mi hermano!
—Pero...
—¡Ahora!
El hombre no volvió a discutir.
***
Cuando llegó a la empresa Al-Sabah, apenas podía mantenerse en pie.
Las recepcionistas la miraron preocupadas.
Su maquillaje estaba corrido. Sus ojos hinchados. Su ropa desordenada.
Parecía una mujer que acababa de sobrevivir a una tragedia.
Subió directamente al despacho de Omar.
Ni siquiera llamó a la puerta.
Entró.
Omar levantó la cabeza. Y apenas la vio, se puso de pie.
—¿Nassira?
Ella rompió a llorar. Aquello fue suficiente para asustarlo.
Corrió hacia ella.
—¿Qué ocurrió?
La abrazó inmediatamente.
—Si Mohamed me deja...
Su voz se rompió.
—¿Quién me va a querer?
Omar sintió el corazón encogerse.
—No digas eso.
—Es verdad.
—No.
—Soy infértil.
—No lo eres.
—¿Quién va a querer una esposa que no puede darle hijos?
Omar la abrazó con fuerza. Intentó convencerla. Intentó hacerla entrar en razón.
Pero Nassira ya estaba atrapada en sus propios miedos.
Y no escuchó nada.
***
Mientras tanto, en Zúrich.
Samyra creía que los problemas habían quedado atrás.
Los últimos meses habían sido agotadores. Pero también maravillosos.
Su investigación avanzaba. Su reputación crecía.
Y el científico Lewis la había convertido en una de sus colaboradoras más importantes.
Aquella mañana trabajaba revisando resultados clínicos cuando recibió una llamada urgente.
—La dirección solicita su presencia inmediata.
Samyra frunció el ceño.
—¿Ahora?
—Sí.
Es urgente.
Lewis también había sido convocado.
Minutos después ambos llegaron a la sala de reuniones.
Y algo no estaba bien. Lo supo inmediatamente.
Porque allí se encontraban el director del posgrado, Aníbal Duncan, y Lara Ross, una colega del posgrado.
Lara evitó mirarla directamente.
Eso solo empeoró la sensación de peligro.
Aníbal permanecía serio. Demasiado serio.
Samyra sintió un nudo en el estómago.
Ella y Lewis intercambiaron una mirada.
Entonces el director habló.
—Necesito que respondan con absoluta honestidad.
Samyra tragó saliva.
—Por supuesto.
Aníbal abrió una carpeta.
Y las siguientes palabras hicieron que la sangre desapareciera de su rostro.
—Hemos recibido una denuncia formal.
El corazón de Samyra comenzó a latir violentamente.
—¿Denuncia?
—Sí.
Aníbal la observó fijamente.
—Se les acusa de haber realizado experimentos médicos no autorizados con pacientes del programa.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué?
Lewis dio un paso adelante.
—Eso es absurdo.
Pero Aníbal no parecía dispuesto a escuchar excusas.
—Si estas acusaciones resultan ciertas...
Cerró lentamente la carpeta.
—Ambos serán expulsados inmediatamente del posgrado.
Y por primera vez desde que llegó a Suiza, Samyra sintió verdadero miedo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe
Compré 520 monedas de cobraron, pero no sé desbloquea, es un robo...