La sala de reuniones estaba sumida en un silencio sofocante.
Samyra podía escuchar los latidos de su propio corazón.
A su lado, Lewis permanecía rígido.
Frente a ellos estaban el director del posgrado, Aníbal Duncan, varios miembros del comité y Lara Ross, quien observaba la escena con una expresión imposible de descifrar.
La carpeta con la denuncia descansaba sobre la mesa.
Y cada segundo que pasaba hacía que el ambiente se volviera más pesado.
Lewis fue el primero en hablar.
—Esto es responsabilidad mía.
Samyra giró la cabeza hacia él.
—Lewis...
—Yo dirigía el proyecto. Si alguien debe asumir las consecuencias, soy yo.
El director entrecerró los ojos.
—¿Está admitiendo haber realizado procedimientos no autorizados?
Lewis respiró profundamente.
Antes de que pudiera responder, Samyra dio un paso al frente.
—No. La responsabilidad también es mía.
Todos la miraron.
—Samyra... —murmuró Duncan.
Ella negó con la cabeza.
No iba a permitir que Lewis cargara solo con aquello.
—Lo que hicimos fue una decisión conjunta.
Aníbal apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces explíquese.
Samyra tragó saliva. Sabía que estaba caminando sobre una cuerda floja.
—El tratamiento Blum no estaba funcionando como esperábamos.
Varias personas intercambiaron miradas.
—Eso son especulaciones —intervino Lara.
—No.
Samyra sostuvo su mirada.
—Son datos clínicos.
Abrió una carpeta y colocó varios documentos sobre la mesa.
—Durante meses revisamos historiales, análisis y resonancias.
Detectamos patrones repetitivos.
Los pacientes mostraban mejorías iniciales, pero algunos casos agresivos estaban evolucionando demasiado rápido.
Aníbal observó los documentos.
—Continúe.
—Uno de nuestros pacientes pasó de etapa uno a etapa tres en apenas dos meses.
La sala quedó en silencio.
—Eso no debería haber ocurrido.
Lewis tomó la palabra.
—Comenzamos a investigar qué estaba pasando.
—Y decidieron actuar por su cuenta —dijo Aníbal con dureza.
—Decidimos estudiar una hipótesis.
—¿Sin autorización?
La voz del director retumbó por toda la sala.
Samyra sintió cómo el estómago se le encogía.
—Creíamos que podíamos demostrarlo primero.
—¡No son investigadores independientes!
Aníbal golpeó la mesa.
—¡Trabajan con vidas humanas!
El silencio cayó nuevamente.
Incluso Lewis bajó la mirada.
Porque, aunque sus intenciones hubieran sido buenas, sabían que habían cruzado una línea.
Lara aprovechó el momento.
—Las normas existen por una razón.
Su voz sonó fría.
—Si cada médico decidiera experimentar según su criterio, esto sería un caos.
Samyra sintió rabia.
No porque Lara estuviera completamente equivocada.
Sino porque disfrutaba aquella situación. Se notaba.
—Nadie estaba jugando a ser Alá —respondió Samyra.
—Eso es exactamente lo que hicieron.
—No.
—Sí.
Lara dio un paso adelante.
—Siempre creíste que eras especial. Siempre creíste que podías saltarte las reglas.
Lewis frunció el ceño.
—Basta.
—No, Lewis.
Lara cruzó los brazos.
—Llevo meses viendo cómo todos la tratan como una genio. Como si fuera la salvadora del programa.
Pero las reglas aplican para todos.
Samyra comprendió algo en ese instante. Aquello nunca había sido solo una denuncia. Era algo personal. Muy personal.
Aníbal levantó una mano.
—Suficiente.
Miró a Samyra y a Lewis. Su expresión era sombría.
—Mientras investigamos los hechos, ambos quedarán suspendidos del proyecto.
Samyra sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Lewis también palideció. Aquello era prácticamente una sentencia.
Años de trabajo podían desaparecer. Su investigación. Su carrera. Su futuro. Todo.
Aníbal tomó la carpeta.
—Si descubrimos que pusieron en riesgo a los pacientes, serán expulsados del programa.
La amenaza quedó suspendida en el aire.
Y entonces la puerta se abrió.
Todos se giraron.
Un hombre de cabello gris entró en la sala. Arnold Mayer.
El creador del tratamiento experimental Blum.
El científico más respetado del instituto.
—Creo que esa decisión sería prematura.
La voz del hombre resonó con calma.
Aníbal frunció el ceño.
—Doctor Mayer.
Arnold caminó hasta la mesa.
—Yo autoricé la investigación.
La sala quedó en silencio.
Lara abrió los ojos.
—¿Qué?
—Escuché sus hallazgos hace semanas.
Arnold dejó varias carpetas frente al comité.
—Y decidí supervisar personalmente el proceso.
Aníbal tomó uno de los documentos. Los demás hicieron lo mismo.
A medida que avanzaban en la lectura, sus expresiones comenzaron a cambiar.
Confusión. Sorpresa. Incredulidad. Luego asombro.
—Esto no puede ser...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perdiste, CEO árabe