—Samyra...
La doctora continuó observando la pantalla durante varios segundos más.
Aquellos segundos parecieron eternos.
El corazón de Samyra golpeaba con fuerza contra su pecho.
—¿Doctora?
La mujer volvió a mirar el monitor.
Después sonrió ligeramente.
—Son dos bebés.
Samyra parpadeó. Por un momento creyó haber escuchado mal.
—¿Qué?
—Son dos.
La doctora señaló la pantalla.
—Mira aquí.
Las manos de Samyra comenzaron a temblar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras observaba aquellas pequeñas imágenes.
—¿Gemelos?
—Mellizos.
La doctora sonrió.
—Cada uno está desarrollándose en su propio saco gestacional.
Samyra sintió que la emoción la ahogaba.
No podía creerlo.
Después de todo el dolor. Después del divorcio.
Después de la soledad.
La vida le estaba regalando algo maravilloso.
Pero la expresión de la doctora cambió.
Y el corazón de Samyra volvió a acelerarse.
—Sin embargo...
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Hay algo que me preocupa.
El miedo regresó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
La doctora señaló una parte de la pantalla.
—Uno de los bebés está creciendo más lentamente.
Samyra sintió que el mundo se detenía.
—¿Más lento?
—Sí. La diferencia todavía es pequeña. Pero existe.
La alegría se transformó en angustia.
—¿Mi bebé está enfermo?
—Aún no podemos afirmarlo. Pero debemos vigilarlo muy de cerca.
Samyra sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—¿Va a morir?
La doctora tomó su mano.
—No lo sabemos. Y precisamente por eso debemos ser prudentes.
Aquellas palabras fueron como un cuchillo.
Primero descubría que tendría dos hijos. Y segundos después escuchaba que podía perder a uno de ellos.
—No.
Negó con fuerza.
—Mis hijos van a vivir.
La doctora guardó silencio.
—Haré lo que sea. Lo que sea necesario.
La mujer sonrió.
—Eso es exactamente lo que debes hacer.
Respiró profundamente.
—Comer mejor. Descansar. Evitar el estrés. Tomar tus vitaminas. Y confiar.
Samyra volvió a mirar la pantalla. Dos pequeños motivos para seguir adelante.
—Van a sobrevivir.
La doctora no discutió.
Solo le entregó la fotografía de la ecografía.
Y Samyra la sostuvo como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
***
Aquella noche regresó a casa más lentamente de lo habitual.
Cuando cerró la puerta del apartamento, el silencio la envolvió.
Por primera vez en mucho tiempo no se sintió sola.
Porque ahora sabía que había tres personas viviendo allí.
Ella. Y sus dos bebés.
Se sentó en el sofá. Sacó la ecografía.
Y sonrió. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Pero esta vez no eran lágrimas de tristeza.
Al menos no todas. Acarició suavemente su vientre.
—Mis pequeños...
Su voz se quebró.
—Deben ser fuertes.
Observó nuevamente la fotografía.
Intentando imaginar sus rostros. Intentando imaginar sus nombres, imaginar el futuro.
—Su padre no está aquí.
Las lágrimas reaparecieron.
—Y por ahora tampoco puede saber de ustedes.
Guardó silencio unos segundos.
—No porque no los ame. Sino porque mamá todavía tiene miedo. Pero les prometo algo. Algún día van a conocerlo. Cuando sea lo suficientemente fuerte. Cuando nadie pueda separarnos.
Sonrió entre lágrimas.
—Se los prometo.
Luego levantó la mirada hacia el cielo.
—No hay Dios más grande que Alá. Gracias por esta bendición. Gracias por mis hijos. Muéstrame el camino correcto. Y dame fuerzas para protegerlos.
***
Al día siguiente.
La atmósfera en la mansión Al-Sabah era tensa.
Demasiado tensa.
Nassira estaba sentada junto a sus abuelos.
No había dormido bien. Sus ojos estaban hinchados.
Su rostro pálido. Y algo dentro de ella parecía haberse apagado.
Cuando escuchó pasos, levantó la mirada.
Mohamed acababa de entrar.
Y Nayla estaba junto a él.
Aquella visión volvió a atravesarle el corazón.

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