Tres meses después.
Zúrich estaba cubierta por una luz fría de invierno que se filtraba entre los edificios del hospital universitario.
Samyra permanecía de pie frente en el consultorio, frente al paciente.
Sujetaba los informes clínicos con manos firmes, aunque por dentro sentía una mezcla de cansancio y emoción difícil de explicar.
El hombre la miraba con ansiedad.
Había pasado semanas esperando ese momento.
Semanas aferrándose a una esperanza que muchos ya le habían negado.
—¿Qué... qué significa eso, doctora? —preguntó con voz temblorosa.
Samyra levantó la vista de los resultados.
Sus ojos se suavizaron.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió sin miedo.
—Estás en remisión.
El silencio que siguió fue absoluto.
El hombre parpadeó. Una vez. Dos veces.
Como si no hubiera entendido las palabras.
—No... —susurró—. No puede ser.
Su voz se quebró.
—Me dijeron que tenía tres meses de vida.
Las lágrimas comenzaron a llenarle los ojos.
Samyra se puso de pie y dio un paso más cerca.
—Los resultados son claros.
El tratamiento ha reducido significativamente la actividad del tumor.
No hay evidencia de progresión.
El hombre negó lentamente con la cabeza.
Como si el cuerpo no pudiera procesar la información.
—¿Voy a vivir?
Esa pregunta cayó con un peso emocional enorme.
Samyra tardó un segundo en responder.
Porque no era solo medicina. Era vida. Era destino.
—Sí —dijo finalmente—. Vas a vivir.
El hombre rompió en llanto. No de tristeza. Sino de algo más profundo. De alivio. De renacimiento.
—No tengo cómo agradecerle...
Samyra negó suavemente.
—Aún no hemos terminado.
Su voz fue firme, profesional. Pero humana.
—Vamos a realizar un trasplante de médula ósea para reducir al máximo la posibilidad de recaída.
Esto no significa que estés completamente fuera de riesgo.
Pero estás aquí. Y eso ya es una victoria.
El paciente asintió repetidas veces.
—Ustedes me devolvieron la vida.
Samyra sintió un nudo en la garganta. Aquellas palabras la atravesaron.
Porque por primera vez en mucho tiempo, sintió que todo el dolor, las dudas y los sacrificios habían tenido sentido.
—Solo sigue las indicaciones —dijo suavemente—. Vamos a acompañarte en todo el proceso.
Cuando el paciente fue retirado de la sala, Samyra se quedó unos segundos en silencio.
Respirando. Procesando.
Luego miró el informe una última vez.
Y lo cerró.
***
Más tarde, en la reunión del comité médico, Samyra presentó el caso con precisión.
Los gráficos, los resultados, la evolución del paciente.
Todo estaba documentado.
—Este es el primer caso de remisión completa bajo el protocolo ajustado del tratamiento Blum —explicó.
El silencio en la sala era denso.
Algunos médicos tomaban notas. Otros simplemente observaban incrédulos.
—Esto puede cambiar el enfoque de tratamiento en cáncer avanzado —añadió Lewis.
El director del comité permaneció serio.
—Necesitaremos más casos para confirmarlo.
Samyra asintió.
—Lo sabemos. Pero este es el inicio. El inicio de algo más grande.
Cuando la reunión terminó, Samyra sintió el cansancio caer sobre sus hombros.
Pero no era un cansancio vacío.
Era diferente. Era el tipo de agotamiento que viene después de una victoria.
Sin embargo, había algo más en su mente.
Algo que no la dejaba en paz.
Sus bebés. El ultrasonido de las veinte semanas. Ese era el siguiente paso.
***
Horas después, ya en la consulta médica, Samyra estaba recostada en la camilla.
Sus manos descansaban sobre su vientre.
Su respiración era más lenta, pero sus ojos delataban nerviosismo.
La doctora encendió el monitor.
—Vamos a ver a estos pequeños —dijo con una sonrisa tranquila.
El gel frío tocó su piel. Y en ese instante, Samyra sintió un pequeño escalofrío.
No de frío. Sino de emoción.
La pantalla comenzó a iluminarse. Formas pequeñas aparecieron.
Latidos. Movimientos.
La doctora ajustó la sonda con cuidado.
—Muy bien...
Su expresión cambió ligeramente.
—Todo está perfecto.
Samyra soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿De verdad?
—Sí.
La doctora sonrió.

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