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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 128

—¿Embarazada?

La palabra cayó en el silencio como una sentencia imposible de ignorar.

El rostro del hombre cambió de inmediato. Su respiración se detuvo un segundo, como si el mundo entero hubiera perdido estabilidad. Luego, algo dentro de él se quebró de una forma extraña: no fue solo dolor, fue alivio mezclado con incredulidad.

Sus ojos se humedecieron sin que pudiera evitarlo.

Y entonces, sin control, comenzó a reír.

Una risa corta, rota, casi desesperada, mientras las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas.

—Es mi hijo… —murmuró con voz temblorosa—. Estoy seguro. Es mi hijo.

Se pasó una mano por el rostro, intentando recuperar el control, pero sus emociones lo traicionaban.

Durante tanto había vivido con la sensación de haber perdido algo irremplazable. Algo que no podía recuperar sin importar cuánto dinero, poder o tiempo tuviera. Y ahora, esa posibilidad regresaba como un golpe directo al pecho.

Un hijo.

Con Samyra. La mujer que había perdido.

El hombre tomó su teléfono con rapidez, como si el miedo a perder esa oportunidad lo empujara a actuar sin pensar. Buscó un contacto específico y llamó.

Mientras esperaba respuesta, su pierna no dejaba de moverse. Su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho.

“¿Y si me rechaza? ¿Y si no quiere saber nada de mí? ¿Y si es demasiado tarde?”, pensó con angustia.

Pero incluso así, había algo más fuerte que el miedo: la necesidad.

—Tengo que protegerlos… a los dos —susurró para sí mismo.

La llamada fue respondida.

—Dime —ordenó con voz firme, aunque por dentro estaba completamente alterado.

—Señor… —respondió el investigador al otro lado—. Usted pidió discreción total.

—No tengo tiempo —interrumpió él, duro—. Escúchame bien. Quiero saber dónde está mi esposa… o mejor dicho, mi exesposa.

Hubo un breve silencio.

—Quiero saber dónde está, qué está haciendo… y también necesito confirmación. Ella está embarazada.

Su voz bajó un tono.

—Necesito saber todo. No importa el costo. Pagaré lo que sea.

El investigador entendió la gravedad del asunto.

—Lo investigaré de inmediato —respondió finalmente.

La llamada terminó.

El hombre dejó el teléfono sobre la mesa lentamente.

Por un instante, el silencio lo envolvió todo.

Pero su mente no descansaba.

Samyra. Embarazo. Todo se mezclaba en su cabeza como piezas de un destino que recién comenzaba a revelarse.

***

Horas más tarde, la noche había avanzado.

Omar regresó a su casa sin haber logrado calmar su mente. El resultado de la llamada seguía resonando en su interior como un eco constante.

Su abuela lo esperaba.

—Esta noche tienes una cena familiar —le dijo sin opción—. Debes asistir.

—No quiero ir —respondió él de inmediato.

—No es una petición —replicó la mujer con calma firme—. Es una obligación.

Omar apretó la mandíbula, pero no discutió más.

Sabía que con su abuela no había negociación posible.

Finalmente aceptó.

***

La casa estaba llena de invitados cuando llegó.

El ambiente era elegante, pero cargado de tensión oculta, como siempre ocurría en reuniones donde el poder familiar se mezclaba con intereses personales.

Fue entonces cuando la vio. Nayla.

Sentada como si nada hubiera pasado, tocando ligeramente su vientre apenas visible, con una expresión que parecía tranquila… demasiado tranquila.

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