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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 129

Omar no dijo nada más.

El silencio en la habitación era pesado, casi insoportable, pero él ya había tomado su decisión. Miró por última vez a los presentes, a su abuelo, a su abuela, a todos aquellos que esperaban que obedeciera sin cuestionar, como siempre lo había hecho en el pasado.

Pero esta vez no.

Se puso de pie lentamente, con una calma engañosa, como si dentro de él no hubiera una tormenta destruyendo todo.

—No voy a casarme —dijo con voz firme.

No era un pedido. No era una duda. Era una afirmación definitiva.

El abuelo frunció el ceño, incrédulo, mientras algunos miembros de la familia intercambiaban miradas incómodas. La abuela abrió la boca como si quisiera intervenir, pero no encontró palabras inmediatas.

Omar no esperó respuesta.

Dio media vuelta y caminó hacia la salida.

Cada paso que daba resonaba con fuerza en el ambiente tenso de la sala. Era como si, por primera vez en su vida, estuviera caminando fuera de las cadenas invisibles que lo habían mantenido atado durante años.

Detrás de él, el abuelo reaccionó.

—¡Omar Al-Sabah, detente!

La voz fue dura, autoritaria, acostumbrada a ser obedecida.

Pero Omar se detuvo solo un segundo.

No por obediencia. Sino por respeto.

Lentamente giró el rostro.

—¿Qué pasa, abuelo?

Su tono era sereno, pero había algo distinto en él. Algo más firme. Más roto también.

El abuelo avanzó hacia él con pasos pesados.

—No vas a ofender a esta familia de esta manera —dijo con enojo contenido—. Ya basta de aferrarte al pasado. Samyra ya no está. La perdiste. Es hora de que sigas adelante.

Las palabras cayeron como golpes.

Pero Omar no retrocedió. Por el contrario, dio un paso hacia adelante.

—Usted no entiende —respondió con calma—. No es algo que se pueda “superar” como usted cree.

Sus ojos se oscurecieron ligeramente, cargados de recuerdos.

—Todo lo que me queda en esta vida es esperar a Samyra.

El abuelo apretó la mandíbula.

—Eso es una locura.

Omar negó lentamente.

—No. Locura fue haberla lastimado.

El silencio se hizo más profundo. El aire parecía haberse detenido.

Omar respiró hondo antes de continuar.

—Si algún día ella me perdona… si decide volver… yo estaré aquí. La estaré esperando.

Sus ojos se elevaron, firmes.

—Y si nunca regresa… entonces viviré con eso. Pero no voy a reemplazarla. No voy a traicionarla otra vez.

El abuelo lo miró con incredulidad.

—¿Y estás dispuesto a destruir tu vida por una mujer que ya no está contigo?

Omar no dudó.

—Ella no es una mujer “que ya no está conmigo”. Ella es la única razón por la que sigo de pie.

La tensión explotó en el aire.

El abuelo dio un paso adelante, la voz más fría.

—Si haces esto, te lo quitaré todo. Tu nombre. Tu herencia. Todo lo que pertenece a los Al-Sabah.

Hubo un silencio. Un silencio absoluto.

Omar, en cambio, lo observó con una calma inquietante.

—¿Habla de mi herencia? —preguntó suavemente.

El abuelo asintió.

—Sí.

Omar respiró lentamente.

—¿Habla del apellido Al-Sabah?

El abuelo no respondió.

Omar dio un pequeño paso hacia él.

—Quítemelo todo entonces.

Las palabras fueron claras. Definitivas.

—Pero no podrá quitarme la verdad. Ni el amor que siento por ella.

El abuelo lo miró, sorprendido por la firmeza de su nieto. Por primera vez, parecía no tener control sobre la situación.

Omar no esperó más.

Se dio la vuelta y salió de la habitación sin mirar atrás.

El golpe de la puerta cerrándose resonó como una sentencia final.

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