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Me perdiste, CEO árabe romance Capítulo 130

Al día siguiente, Omar no había dormido.

La noche se le había hecho eterna, llena de pensamientos que no lo dejaban respirar con normalidad. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Samyra, su distancia, su silencio, y la posibilidad de un hijo creciendo lejos de él.

Un hijo.

Esa sola idea le apretaba el pecho con una mezcla de emoción y miedo.

Pero había algo que no podía seguir ignorando: su familia.

Se levantó temprano, se vistió con calma, pero por dentro estaba en tensión. Había tomado una decisión, y sabía que no sería fácil explicarla.

“Si les digo lo del bebé ahora, van a intervenir. Van a querer controlar todo otra vez… y no puedo permitirlo. No ahora. No con Samyra en el medio”, pensó mientras caminaba por el pasillo.

Respiró hondo antes de entrar al despacho familiar.

Los abuelos ya estaban allí.

El ambiente era solemne, como siempre que algo importante iba a discutirse. Su abuela lo observó con atención, como si ya supiera que algo en él había cambiado.

—Omar —dijo la mujer con calma—. Te vemos tenso. ¿Qué sucede?

Él no dio rodeos.

—Mañana viajaré a Suiza.

El silencio cayó de inmediato.

La abuela abrió ligeramente los ojos, sorprendida, mientras el abuelo dejó el documento que tenía en las manos.

—¿Suiza? —repitió él, incrédulo—. ¿Para qué exactamente?

Omar sostuvo la mirada.

—Voy a buscar a Samyra.

El nombre hizo que la atmósfera cambiara.

Su abuela se llevó una mano al pecho como si el anuncio le hubiera golpeado físicamente.

—Omar… —susurró—. La perdiste. Hace mucho tiempo.

El abuelo, más duro, negó lentamente con la cabeza.

—¿Y qué harás si ella no quiere verte? ¿Si ya construyó una vida sin ti?

Esa pregunta fue la más difícil.

Omar bajó la mirada por un instante. No porque no tuviera respuesta, sino porque dolía demasiado imaginarla.

—Entonces lo aceptaré —dijo finalmente—. Pero necesito verla. Necesito saber la verdad de su vida… de nuestro hijo.

Guardó silencio un segundo, corrigiéndose mentalmente, sin decirlo aún en voz alta.

El abuelo frunció el ceño.

—Estás dispuesto a ir tras ella después de todo lo que pasó…

—Estoy dispuesto a asumir las consecuencias —lo interrumpió Omar con firmeza—. Pero no voy a quedarme aquí sin hacer nada.

El ambiente se tensó aún más.

La abuela intercambió una mirada con el abuelo antes de hablar de nuevo.

—Omar, escúchanos bien. Si vas, bien. Pero si ella te rechaza… si no hay posibilidad de recuperarla… entonces debes volver.

Omar la miró con cautela.

—¿Volver para qué?

El abuelo respondió sin dudar.

—Para casarte con la mujer que hemos elegido.

El silencio se volvió más pesado.

Omar cerró los ojos un segundo, como si estuviera conteniendo algo dentro de sí.

Cuando los abrió, había una calma peligrosa en su expresión.

—No puedo prometer eso.

El abuelo dio un paso hacia él.

—¡No puedes seguir viviendo en el pasado! ¡Samyra ya no es tu esposa!

La voz resonó en la habitación.

Pero Omar no retrocedió.

—Lo es en mi corazón —respondió con una firmeza que sorprendió incluso a los mayores—. Y lo será mientras yo respire.

El abuelo lo miró con incredulidad.

—Te estás destruyendo por una ilusión.

Omar apretó la mandíbula.

—No es una ilusión.

Hubo un silencio.

Finalmente, el abuelo habló de nuevo, más frío.

—Si decides ir, tendrás una condición.

Omar lo miró sin parpadear.

Se detuvo un segundo.

—Entendido, señor.

Esa misma noche, Omar no podía dormir se recostò en la cama donde ella durmió solo para consolarse.

Se levantó del escritorio y caminó hacia la ventana.

La ciudad brillaba bajo las luces nocturnas, viva, indiferente a su tormento interno.

—¿Cómo llegamos a esto… Samyra? —susurró.

La pregunta no tenía respuesta.

Solo eco. Solo culpa. Solo amor.

***

La madrugada era densa, silenciosa, casi irreal, cuando Omar despertó de golpe.

Tenía la respiración acelerada y el cuerpo empapado en sudor frío, como si hubiera salido de una pesadilla demasiado real para olvidarla. Sus sàbanas estaban empapadas de sudor, se quedó unos segundos mirando el techo, intentando ubicar dónde estaba, pero la sensación de angustia seguía ahí, adherida a su pecho.

El sueño aún lo atrapaba.

Samyra. Solo ella. En ese sueño no había distancia, ni errores, ni tiempo perdido.

Ella estaba frente a él, mirándolo como antes, con esa calma que siempre lo desarmaba. Omar podía escuchar su voz, sentirla cerca, como si por fin el mundo le diera una tregua.

Por primera vez en mucho tiempo, pudo tocarla.

Fue real… demasiado real. Pero esa paz se rompió de golpe.

Una presión extraña comenzó a extenderse en su pecho, lenta y profunda, como si algo invisible lo estuviera aplastando desde dentro. Intentó incorporarse, pero el aire se volvió escaso, pesado, insuficiente.

Se llevó una mano al pecho, tratando de respirar mejor, pero el cuerpo no respondió como debía.

Los pasos hacia el baño se volvieron inestables.

El pasillo parecía más largo de lo normal, deformado por el mareo que comenzaba a nublarle la vista.

—No… —murmuró apenas, sin entender qué le estaba pasando.

El dolor se intensificó. Un segundo después, sus piernas cedieron.

Omar cayó al suelo sin fuerzas, golpeando el frío del piso mientras su respiración se desvanecía entrecortada.

El último pensamiento que cruzó su mente no fue el miedo.

Fue ella. Samyra.

Y luego, todo se volvió oscuridad.

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