Al día siguiente, Omar no había dormido.
La noche se le había hecho eterna, llena de pensamientos que no lo dejaban respirar con normalidad. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Samyra, su distancia, su silencio, y la posibilidad de un hijo creciendo lejos de él.
Un hijo.
Esa sola idea le apretaba el pecho con una mezcla de emoción y miedo.
Pero había algo que no podía seguir ignorando: su familia.
Se levantó temprano, se vistió con calma, pero por dentro estaba en tensión. Había tomado una decisión, y sabía que no sería fácil explicarla.
“Si les digo lo del bebé ahora, van a intervenir. Van a querer controlar todo otra vez… y no puedo permitirlo. No ahora. No con Samyra en el medio”, pensó mientras caminaba por el pasillo.
Respiró hondo antes de entrar al despacho familiar.
Los abuelos ya estaban allí.
El ambiente era solemne, como siempre que algo importante iba a discutirse. Su abuela lo observó con atención, como si ya supiera que algo en él había cambiado.
—Omar —dijo la mujer con calma—. Te vemos tenso. ¿Qué sucede?
Él no dio rodeos.
—Mañana viajaré a Suiza.
El silencio cayó de inmediato.
La abuela abrió ligeramente los ojos, sorprendida, mientras el abuelo dejó el documento que tenía en las manos.
—¿Suiza? —repitió él, incrédulo—. ¿Para qué exactamente?
Omar sostuvo la mirada.
—Voy a buscar a Samyra.
El nombre hizo que la atmósfera cambiara.
Su abuela se llevó una mano al pecho como si el anuncio le hubiera golpeado físicamente.
—Omar… —susurró—. La perdiste. Hace mucho tiempo.
El abuelo, más duro, negó lentamente con la cabeza.
—¿Y qué harás si ella no quiere verte? ¿Si ya construyó una vida sin ti?
Esa pregunta fue la más difícil.
Omar bajó la mirada por un instante. No porque no tuviera respuesta, sino porque dolía demasiado imaginarla.
—Entonces lo aceptaré —dijo finalmente—. Pero necesito verla. Necesito saber la verdad de su vida… de nuestro hijo.
Guardó silencio un segundo, corrigiéndose mentalmente, sin decirlo aún en voz alta.
El abuelo frunció el ceño.
—Estás dispuesto a ir tras ella después de todo lo que pasó…
—Estoy dispuesto a asumir las consecuencias —lo interrumpió Omar con firmeza—. Pero no voy a quedarme aquí sin hacer nada.
El ambiente se tensó aún más.
La abuela intercambió una mirada con el abuelo antes de hablar de nuevo.
—Omar, escúchanos bien. Si vas, bien. Pero si ella te rechaza… si no hay posibilidad de recuperarla… entonces debes volver.
Omar la miró con cautela.
—¿Volver para qué?
El abuelo respondió sin dudar.
—Para casarte con la mujer que hemos elegido.
El silencio se volvió más pesado.
Omar cerró los ojos un segundo, como si estuviera conteniendo algo dentro de sí.
Cuando los abrió, había una calma peligrosa en su expresión.
—No puedo prometer eso.
El abuelo dio un paso hacia él.
—¡No puedes seguir viviendo en el pasado! ¡Samyra ya no es tu esposa!
La voz resonó en la habitación.
Pero Omar no retrocedió.
—Lo es en mi corazón —respondió con una firmeza que sorprendió incluso a los mayores—. Y lo será mientras yo respire.
El abuelo lo miró con incredulidad.
—Te estás destruyendo por una ilusión.
Omar apretó la mandíbula.
—No es una ilusión.
Hubo un silencio.
Finalmente, el abuelo habló de nuevo, más frío.
—Si decides ir, tendrás una condición.
Omar lo miró sin parpadear.

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